Los relatos de Aina. “Tripas”, por Aina Rotger.

Aina Rotger Carlón.

Suena la guitarra, deja notas tranquilas mientras acuna al niño que duerme. Su madre le canta nanas para pasar el hambre, para distraer el estómago y la noche gélida.

No se ha separado del instrumento en todo el viaje, abrazándolo como abraza al niño en su regazo. Ella siempre canta, en las largas caminatas y en los campos de refugiados, entre el barro y el frío del invierno, o a la luz de la primavera cuando la espera se hace más agradable. Pero un día tiene que elegir entre el niño o la guitarra y elige a su hijo. Aún le queda la voz para arrullarle, ya se comprará otra cuando las cosas mejoren. Le tiembla la voz un poquito, pero es mejor el trozo de pan a cambio que el estómago vacío, rugiendo.

Cuando llegue, acabará en el metro pidiendo limosna, mientras canta música de su país, incluso se aprenderá alguna canción de la radio y animará los vagones con el ritmo. Ella, que había sido una cantante reconocida, se perdió entre la muchedumbre por la guerra, Estuvo a punto de grabar un disco, pero el sueño se disolverá entre lodazales, barcos minúsculos y tiendas de campaña.

Y ahora la aplaude el vagón entero, el chico que lee, la joven del móvil, el anciano del bastón, la mujer del bolso grande, la despistada que no mira el reloj. Y uno, uno entre la multitud, un músico con oído la invitará a un concierto.

Volverá a subirse a un escenario, donde las razas no importan y la voz es un pasaporte. Y ese día recordará la nana que le cantaba a su hijo, y le vendrá todo el lodo a la boca, todo el frío, todas las caras girándose en el metro, todas las olas balanceándola, toda la mugre acumulada, y le saldrá voz de superviviente, voz de estómago, voz de tripas, y en ese momento se sentirá en casa, a salvo sobre los tablones secos.

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