“Los debates televisivos entre González y Aznar” (I), por Eusebio Lucía Olmos.

Eusebio Lucía Olmos.

(Publicado el 31/10/15 en “El Socialista digital”)
Si bien las encuestas venían pronosticando desde marzo un empate entre socialistas y populares, los últimos sondeos de primavera indicaban un cierto repunte a favor de los primeros, debido a la aparición en escena de González, quien hasta entonces se había mostrado remiso a cualquier intervención en actos de campaña. Se anunciaba una gran participación en la próxima cita electoral, aunque bien es cierto que los 6 millones de indecisos serían determinantes en el resultado final. Al parecer, la inclusión del juez Garzón en las listas del PSOE, la devaluación de la peseta o el incremento del paro, no eran elementos suficientes para que definieran sus tendencias en la intención del voto. Los comités electorales de ambas formaciones políticas confiaban por ello en la baza decisiva: los debates cara a cara en televisión, por parte de los cabezas de lista de las dos principales opciones electorales. Hasta entonces, los socialistas, con su lema de campaña “VOTA FUTURO, VOTA PSOE”, insistían en sus cuatro puntos básicos: el papel de González por encima del partido, las realizaciones de sus gobiernos, la identificación de Aznar con el retroceso, y la escasez de ofertas en el programa popular. Éstos, por su parte, con la consigna “POR UN GOBIERNO PARA TODOS, AHORA”, basaban su estrategia en la corrupción, el despilfarro y el paro, que habían caracterizado el último gobierno socialista, mientras que Aznar suponía la puerta de la regeneración.

Felipe González continuaba siendo el líder más valorado, a bastante distancia de José María Aznar, aunque éste venía recortando diferencias. Por ello, precisamente, los cara a cara programados por vez primera en la historia de nuestra democracia eran de crucial trascendencia para los populares. Los equipos electorales del presidente del gobierno y del líder de la oposición pactaban todos los detalles de cómo se enfrentarían en varios debates televisados. Tras duras negociaciones por parte de ambos equipos, se acordó finalmente la celebración de dos contiendas, una en Antena 3 y la segunda en Telecinco, donde todo tuvo que ser negociado, desde el orden de las intervenciones hasta la altura de las sillas, la temperatura del plató, la situación de las cámaras o el color del decorado de fondo. Txiki Benegas, negociador socialista de los debates junto a Eduardo Martín Toval, al ser preguntando más tarde por esas negociaciones, reconoció que llegó a hacerse amigo de Javier Arenas – “después de darnos tantas tortas, con tanta tenacidad” –, quien junto con Rodolfo Martín Villa eran los encargados de representar al Partido Popular.

Manuel Campo Vidal fue el periodista elegido para moderar en Antena 3 el debate que abriría un nuevo capítulo en la comunicación política española. Aquel lunes, 24 de mayo de 1993, se enfrentarían por vez primera los dos principales candidatos a la Presidencia del Gobierno en un debate en directo ante las cámaras, que comenzó a las 22:30 para concluir a las 0:45, con un descanso intermedio de cinco minutos, siendo abierto por Aznar, y cerrándolo González. Los dos contendientes vistieron trajes azules y corbatas discretas. El candidato opositor, algo nervioso al comienzo, se fue asentando a medida que avanzaba el debate, hasta imponerse claramente en la primera parte con el conocido estribillo acusador de “corrupción, paro y despilfarro”, pero sin concretar los detalles de su oferta electoral. En la segunda, Felipe González recuperó parte de su aliento y posiciones, hablando siempre con aplomo pero a la defensiva, y repitiendo con insistencia su idea principal: el avance de España en las infraestructuras, los transportes, la educación, la sanidad y la protección social. Y sobre todo, martilleando con la ausencia de programa que, a su juicio, mostraba el PP. “La derecha”, aseguró, “sólo hace catastrofismo porque no tiene nada que ofrecer al país”. Además, González intentó protagonizar la noticia de la noche, anunciando que propondría al ex juez Baltasar Garzón, ya candidato socialista, como presidente de una comisión parlamentaria, que investigase la corrupción en los partidos políticos.

Aznar cuidó mucho su preparación del debate, siendo muy consciente de los beneficios que le podría reportar el triunfo ante aquel compromiso. Felipe González, por el contrario, se había acostado a las tres de la madrugada tras una gira por las islas Canarias, faltándole recursos para comportarse como el buen político que era, ni tan siquiera para emplear sus facultades de actor. Cometió el grave pecado de menospreciar al rival, dando muestras de una manifiesta arrogancia, incluso. En la mayor parte de sus parlamentos, González no se dirigió nunca a las cámaras o a Aznar, sino hacia Campo Vidal, como si éste, en su calidad de árbitro, fuera la única autoridad con la que pudiera relacionar la suya. Se olvidó de que comparecía allí como candidato a la Presidencia frente a otro rival similar, no como presidente. Cuando, durante el descanso, Roberto Dorado por indicación de Guerra, le intentó corregir aquella altanera e imperdonable actitud, se negó a escuchar la acertada sugerencia. Cierto es que Aznar no desarrolló una estrategia deslumbradora, limitándose a dar golpes continuos pero efectivos, con lo que le bastó para concluir el arriesgado debate con un digno papel. González y sus asesores confiaron demasiado en la experiencia del presidente, ignorando que el prestigio no es suficiente ante la codicia del rival. En varias ocasiones se vio a González desarbolado, sorprendido, con el rostro desencajado. En definitiva, y ante general sorpresa, para una gran mayoría de españoles el presidente del Gobierno salió derrotado de aquel primer pulso público por el aspirante Azar.

Al día siguiente vendrían las mutuas acusaciones entre sus diversos asesores, sobre quien le había recomendado a González menospreciar y no mirar directamente a los ojos del rival, así como pasar por alto la adecuación de su cargada agenda del día anterior, o la imperdonable falta de preparación de la contienda, en definitiva. La verdad es que era realmente complicado saber quién le había malaconsejado, pues en aquella campaña, por vez primera desde la restauración democrática, las responsabilidades electorales dentro de la organización socialista estuvieron bastante dispersas. El propio González, en lugar de la dirección del partido, como era natural costumbre, había designado los componentes de los comités de estrategia político-electoral y de listas, con cierto reforzamiento en ambos casos de miembros del comité federal. Era clara la intención de equilibrar las “sensibilidades” internas, en lugar de aprovechar la demostrada experiencia de quienes contaban con ella para aquellos cometidos. El partido socialista no era precisamente una balsa de aceite aquella primavera de 1993.

Aunque reservó para Alfonso Guerra el papel de coordinador de campaña, responsabilidad que había venido asumiendo a la cabeza de un experto equipo desde las primeras elecciones del 15 de junio de 1977, la prensa interpretó aquella decisión de González como un triunfo de los “renovadores” sobre los “guerristas”. A pesar de los buenos resultados que la dirección de campaña había obtenido para el partido hasta entonces, González dio para esta ocasión una asombrosa consigna a Guerra, obviando la experiencia que había ido éste acumulando: “Mi campaña, cuanto más separada del partido, mejor. Los partidos hoy se han convertido en una tara.” Es posible que el equipo especial al que encomendó su campaña personal – formado por la ministra portavoz del gobierno, Rosa Conde; el miembro de la comisión ejecutiva federal, José María Maravall; y el periodista y “experto comunicador”, Miguel Barroso – encontrara razonable tal indicación. Quizás hubiera que buscar también por ahí al autor de aquel equivocado consejo de evitar la mirada directa a los ojos del rival.

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