Lo inevitable…

Por Mari Ángeles Solís del Río • @mangelessolis1.
Se enfrentan a lo que nunca quisieron ser… las palabras mal utilizadas, mal intencionadas, con perversión. A veces, ellas mismas se reduelen, se esconden en sus heridas. Pero “no hay mal que por bien no venga», así pensarán algunos.
Es la picaresca de cada día que nos envuelve en caminos absurdos que no llevan a ninguna parte. Lo sabemos, un psicópata puede pasar años manipulando y engañando con tal de conseguir su objetivo, creando su propia tela de araña… y aún así, hay quién se deja llevar. Personas que, tal vez un día, fueron honestas… o, tal vez no, puede que también fuese un espejismo. Y es lo inevitable, ver pasar el río mientras dejamos que la sociedad se envenene, renunciando a sus principios para llegar a más, a controlar más, a enredar más.
Pero, es fácil. Aún podemos cerrar los ojos y buscar nuestro ideal… es fácil. Es fácil sacar fuerzas y volver a luchar, por el bien, por la libertad. En principio, basta con cerrar los ojos…
Y, lo reconozco, yo cierro los ojos y veo mi pequeño mar, con sus aguas cristalinas, mi estanque de paredes encaladas, colgando del pueblo blanco, el recuerdo de las noches de agosto, las nieves del día cinco y los fuegos de artificio como punto final. La silueta de la Iglesia que recorta el horizonte. Aquellos hombres que en diciembre, al alba, camino del campo, ofrecen sus manos como reliquia, su sudor como tesoro… esos hombres de campo de sabiduría inmensa, que vi tantas veces en las tabernas y con sus palabras taciturnas me enseñaron la verdad de la vida. Esas gentes me dan la fuerza para continuar.
Por eso, para mí lo inevitable es, de vez en cuando, parar. Sentarme bajo el olivo de Machado y pensar… sólo así, encuentro la verdad. Porque entonces es cuando veo el hueco de ese hombro siempre presto a que apoye mi sien. Y vuelven mis días azules… con mis palabras talladas en piedra. Todo aquello que dije, todo aquello que me callé. Por esa mano siempre cerca y la frente plegada. El silencio, acaso lo único que no aprendemos en vano.
Para alcanzar lo inevitable, sólo es cuestión de esperar. De regresar…
Renuncio a la perversión, renuncio al insulto de la boca que ofende, de la boca sucia del viajero con su equipaje lleno de maldad. Renuncio a la ofensa fácil de quien quiere subir a fuerza de pisar.
Porque soy socialista y creo en la libertad. Porque soy socialista y creo en la igualdad. Porque soy socialista y creo en la diversidad… el camino sólo podemos hacerlo hombres y mujeres de la mano, sin ofensas, sin utilizar argumentos retorcidos para conseguir un minuto de gloria. En mi socialismo no cabe el insulto ni el engaño.
Y mi socialismo es este. El del olivo de Antonio Machado, el de la nana de Miguel Hernández, el de la verde luna de García Lorca. Mi socialismo es ese, el de ese viejo en la taberna, con su chato de vino, que tras un largo día rompiéndose la espalda en el campo, cuando ve los ojos sorprendidos de una niña de siete años en esa escena, acaricia su cabeza y le dice: “niña, no hay futuro sin libertad».
Lo inevitable es el origen, es el fruto de la tierra trabajada con sudor, es un pueblo de infancia feliz, de cielo azul y agua clara. Lo inevitable es futuro, libertad y verdad.

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