“La Unión Europea y el amigo ruso”, por Carlos Mª Brú Purón.

Carlos Mª Brú Purón.

I.-Europa ¿ameba?-
“Rusia es europea, muy profundamente. Yo creo en esta Europa que va de Lisboa a Vladivostok”. Con estas palabras, el Presidente Macron saludaba recientemente en Brégançon a su invitado ruso, un impertérrito Putin quizá perplejo en su interior.

Ciertamente, el francés hacía uso de amable retórica, rendía culto a aquella Catalina la Grande para la que “Rusia es un país europeo”.[1] Citar Vladivostok es saltar del meridiano greenwicheano 25 hasta el 180, la distancia en línea recta de Lisboa hasta su límite natural en la costa rumana al mar Negro es de unos 2.500 kilómetros, pero una zancadita más hasta aquel puerto siberiano supondría añadir otros 12.000 y pico. Y aún limitándonos a lo históricamente cierto, la Rusia subcontinental vecina, la de Dostoievski y Tolstoi con la que don Emmanuel creía regalar los oídos de don Vladimir… vayamos con cuidado.

Porque estas palabras de Macron rozan un tema tan constante como movedizo acerca de algo que, al menos en su base geográfica e ineludible vertiente institucional, debe ser estricto.

Europa no es una ameba, no cabe se encoja en términos de reducto carolingio,”del Loira al Rhin”[2], ni se estire hasta multiplicar por cuatro veces nuestra aceptada superficie.

II.-Regiones.-
Por otra parte, la existencia de regiones en el planeta es una realidad, Ulrich Beck y Edgar Grande hablan de “una cosmopolitización regional”[3]. Ya que consiste en una realidad a su vez “reticular”[4]: es inconcebible región alguna no acompañada –bien o mal, o “así, así”- de otra u otras. Y si para su determinación han de tenerse en cuenta factores históricos, culturales y socioeconómicos, no cabe burlar el determinante territorial: su elusión, ignorante o calculada, más adelante se volverá a la contra. Y no solo por el añadido artificial -¿pegote? – que supone acaparar al vecino, sino también por detraer éste de un conjunto que le es propio y en el que esa ausencia malogrará unas políticas por hacer en común.

Nos es bien conocido el tema a partir de la solicitud del Gobierno turco en aras del ingreso de su país de la Unión Europea, decisión del Consejo Europeo de diciembre de 2.002 a favor de apertura de negociaciones a partir de 2.014, y -eso sí, por causas coyunturales tal la deriva autocrática de los gobiernos Erdogan- estancamiento de un proceso cuyo mejor desenlace no es otro sino la cancelación definitiva. Oponerse al ingreso de Turquía fue tónica común en señalados líderes europeos como Kohl, Giscard, Schmidt, Amato, Felipe González, recogidos y modestamente corroborados por el autor de estas líneas[5] quien argumentaba acerca de ese irregular vaciamiento: el enclave de un 3´3 % de la superficie del país en un ámbito estrictamente europeo (zona de Estambul) no debe enajenar la radicación puramente asiática del 96´7% % restante ni, sobre todo, cancelar su posible futura labor moderadora en un sudeste continental en ascuas.

III.- El lindero oriental, aproximado, de Europa.-
Inexistente una problemática grave en cuanto a los confines – preponderadamente marítimos- nórdico, meridional y occidental de la Unión Europea, la vertiente oriental exige una delimitación que, a salvo mejor opinión, coincidiría con una línea que, ascendente de Sur a Norte arrancaría de la frontera grecoturca junto a Estambul, seguiría por la costa occidental del mar Negro, atendería el trazado de los Cárpatos hacia el punto de confluencia de éstos con Polonia, subiese hasta el Báltico y, precisamente desde el golfo de Finlandia arribase hasta su culminación en el Ártico. Esa configuración nos da, como máximo, una UE comprensiva de los 28 Estados actuales, 27 si culmina el Brexit , a más de – si alguna vez quieren y pueden- Islandia, Noruega, Confederación Suiza, Albania, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia Norte, dificultosamente Kosovo; ello sin perjuicio de los microestados enclavados en el área, tales Andorra, Lichstenstein, Mónaco, San Marino, inconcebiblemente, dada su naturaleza, Vaticano (aunque cabría una relación cooperativa análoga a la que este Estado mantiene con el Consejo de Europa).

Lo que significa, en lo que aquí nos ocupa, que las pretensiones (curiosamente, las hubo) de Marruecos, en letargo de Turquía, eventuales de Ucrania, Bielorrusia, caucásicos, quedan fuera. Mucho tendría que cambiar la psicología rusa para siquiera pretenderlo, tampoco debería dar fruto: a Rusia le corresponde encabezar una región que mucho puede ofrecer y dar en un proceso de paz y prosperidad sostenible a escala mundial (de libertad y justicia internas no cabe inmiscuirnos, tan solo intentar influir).

IV.- OSCE y Consejo de Europa.-
Se me dirá que Rusia y Turquía pertenecen a estas dos Organizaciones tenidas por europeas.

Efectivamente, Rusia se incorporó ab initio a  la OSCE, Organización intergubernamental nacida en 1976 del Acta de Helsinki que apaciguó en parte la tensión bélico-frígida existente, y sus representantes junto con los de otros 46 países, hacen lo que pueden –se reúnen, hablan y hasta emiten comunicados- en materias de seguridad (armas, droga, etc.). Poco más.

Y si la incorporación en 1.996 de Rusia al Consejo de Europa parece significativa, téngase en cuenta que en esta Organización, el carácter espaciado, secreto y necesitado de consenso del Comité de Ministros, el meramente deliberativo de la Asamblea y la no ejecutoriedad de la valiosa jurisprudencia del Tribunal de Derechos Humanos, llevan a la jactancia para algunos de “estar dentro” y, al mismo tiempo, la inocuidad de esa pertenencia respecto un impulso democratizador en Rusia, Turquía y análogos que, haberlos, haylos (véanse Georgia, Armenia, etc.)

Pero la temática de esas dos “organizaciones internacionales de coordinación”[6] elude el tratamiento de un problema fundamental y acuciante, el económico. A ese respecto, a más de Agencias supra y supuestamente independientes (Banco Mundial, FMI), aparte el festejo anual de los de verdad poderosos (Davos),  el esfuerzo interestatal reside en los G-20 y G-7.

Del G-20, a constatar su amplitud y consecuente relativa inanidad.

V.-El caso del G-7.- Del G-7(sucesor del G-8 tras la expulsión de Rusia), mermado su peso económico (hoy próximo al 40% del PIB mundial), libre de esa estructura burocrática autofagocitaria de otros centros, reconozcamos que es un instrumento imprescindible en cuanto de hecho constituye  un – digámoslo con David Held[7] – “proceso (s)  de interconexión económica, política (…)”, capaz de “crear cadenas de  decisiones y resultados políticos entrelazados”, en definitiva conducentes a “la consolidación del derecho cosmopolita democrático”.

Numerosas reuniones de G-8 y actual G-7 han sido inútiles cuando no próximas al estropicio, pero la reciente de Biarritz (agosto 2019), gracias al empeño y habilidad del Presidente del país anfitrión, ha cosechado aceptables resultados: aceptación trumpiana de conversaciones con Irán, posibilidad de amago en el contencioso arancelario, acción proAmazonia…

Pero, como era de prever, ha vuelto el problema de

V.- ¿Rusia, sí o no?.- Como es sabido, en 2.014 se dio un “¡hale, puerta!” por parte del G-8 a Rusia como sanción a este país por la anexión que llevó a cabo de la península de Crimea, en los papeles parte integrante de Ucrania.

Y hete aquí que hoy el propulsor de la vuelta al G-8 mediante el reingreso ruso ha sido Trump, cuya motivación no deja de infundir sospechas dadas  precedentes complicidades en aquellos manejos “hackeo-electorales” que vaya Vd. a saber si no aspira a repetir.

Mientras que Macron, atento a la legalidad internacional, persiste de momento en la sanción. Eso sí, ha llevado a las “conclusiones”  de Biarritz un proyecto de  encuentro ruso-ucraniano más otros países en aras de resolver los problemas fronterizos entre ellos, el  más grave por su belicosidad en las zonas Donetsk y Lugansk, muy alejadas de Crimea geográficamente y en cuanto significación.

V.-Crimea.- Respecto a la cuestión de Crimea, creo que procede distinguir:

  • A) La incorporación a Rusia fue, sí, de malas maneras. Pero tampoco lo fueron las ucranianas del pasado para hacer suya esa península. Será tema de constante debate, en el que no cabe ignorar los siguientes factores: a) demográfico -58% de origen ruso, 25% ucraniano,12% tártaro, todos hablan ruso-, b) geográfico –la península es casi isla, tan solo un delgado istmo la une a Ucrania, el puente de Kerch es ya “istmo” con Rusia, c) estratégico – desde el siglo XVIII la flota bélica rusa tiene su base en Sebastopol, y el Gobierno ucraniano lo acepta ¡hasta 2042!, d) histórico –desde la victoria sobre los otomanos, durante dos siglos ambos hoy Estados formaron una nación, el pseudo-federalismo soviético hizo de Ucrania una de tantas repúblicas socialistas soviéticas, pero Crimea a su vez  “autónoma”; el 11 de febrero de 1945 Churchill, Eisenhower y Stalin lanzan desde Yalta (Crimea) el manifiesto más determinante para un futuro global de paz que haya sido nunca conocido, la cesión en 1991 por Gorbachov fue rechazada por los crimeanos mismos, hubo referendos en uno y otro sentido y todos saldados “a la búlgara”, pero lo real es que en 1994 el 70% de los habitantes de la península se pronunciaron por la doble nacionalidad, etc., etc.

Todo ello induce a prever una Crimea rusa por mucho tiempo, si bien dotada de un régimen autonómico que permitirá –otra vez Beck y Grande[8]-una “integración diferenciada” similar a la que estos autores  propugnan  para la UE.

  • B) Pero salvando, eso sí, las distancias en baremo democrático, que exigirían en Putin o sucesores un gran esfuerzo para aproximar su país a la media occidental. Y la vía es el respeto de los derechos humanos, entre ellos el de la Convención del Consejo de Europa, institución a la que pertenece Rusia. Y si esos derechos se infringen sistemáticamente, como habitualmente ocurre en ese país, y con mayor intensidad en la incorporada Crimea tal como parece está ocurriendo[9], la reacción no debe ser otra que la de las sanciones practicables. A la espera –larga- de obtener la ejecutoriedad a las sentencias del Tribunal de Estrasburgo, de momento debe mantenerse la exclusión del G-7 que, no obstante el faroleo del Kremlin –“más necesita el G-8 de Rusia que Rusia del G-8”[10]– le resulta imprescindible en su estrategia autoritario-capitalista (¿a lo López Rodó?) de crecimiento económico.

VI.-  Amicus.- En todo caso, lo imprescindible es el contacto, y he aquí la diplomacia  de Emmanuel Macron cuando redondeó la entrevista proponiendo a Putin “un acercamiento intenso entre Rusia y UE” a través de un esfuerzo conjunto, sin necesidad de sospechosas mediaciones trumpistas. La utilización persuasiva de un eventual reingreso en el G-7, junto con las previstas conversaciones sobre Ucrania, pueden y deben presionar, o al menos incentivar, a que “el amigo ruso” dé pasos hacia aquella  “transnacionalización de la democracia”  que Jürgen Habermas[11] reclamó.


[1] Vide en Davies, Norman, “Europe, a History”, ed. Harper-Perennial (Nueva York) 1998, pág 11.
[2] En términos de Ch. Dawson, “Los orígenes de Europa”, Rialp 1991, pág. 295.
[3] Beck,U. y Grande, E., “La Europa cosmopolita”, Barcelona 2.006, pág. 350.
[4] Idem, pág. 323.
[5] Vide Brú & allia, “Exégesis de los Tratados vigentes y constitucional europeos”, Thomson Civitas 2005, págs. 204 y ste.
[6] Vide, entre otros, Pastor Ridruejo, J.A., “Curso de Derecho Internacional Público”,Tecnos1996, p.702
[7] Held, D., “La democracia y el orden global”, Paidos 1997, págs.317 y 321.
[8] Becx &Grande, op.cit., pág. 335.
[9] Vide la crónica de Pilar Bonet “ Los nuevos rusos expropiados de Crimea”, en El País de 03/09/2019.
[10] Vide información en La voz de Galicia, 23/08/2019.
[11] Habermas, J., “En la espiral de la tecnocracia”, Madrid 2016, pág. 62.

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