La luz que nunca se apagó

Mari Ángeles Solís del Río.

Por Mari Ángeles Solís del Río · @mangelessolis1.
A veces, aunque se apague la lámpara, la habitación sigue iluminada… a veces, la luz es infinita.

Recuerdo hoy, 9 de diciembre, una frase de Pablo Iglesias. Una frase que reza: “Los socialistas no mueren: los socialistas se siembran”. Por eso, esta fría madrugada de diciembre, viendo vacilar la llama de una vela… en este triste aniversario… he querido rescatar, para compartir aquí, las palabras que un día dediqué a aquel hombre honesto y humilde, de barbas blancas, que marcó un antes y un después en la historia de nuestro país.

Mis palabras sobre Pablo Iglesias:
Cerrad los ojos, imaginad un camino largo, a pie, en busca de la esperanza. Un camino desde la sombra, hacia la ciudad de la luz, la ciudad de las oportunidades, la ciudad del futuro. Una madre triste, con dos hijos, uno de ellos ya con la sombra de la tuberculosis abrazando su cuerpo… y ese camino que llevaba a la esperanza, se vio truncado por otra muerte. Ya no se vislumbraba el futuro. Ya sólo se vislumbraba, una buhardilla fría con goteras, con tristeza, sin luz…

Aquel niño era Pablo, huérfano de padre, huyendo de la oscuridad de su ciudad natal y de la tristeza sobrevenida, esa que revolotea sobre las cabezas de quienes, nacidos en la pobreza, nacen con la predisposición de cambiar el mundo. De donar la piel de sus manos para que este mundo sea un poquito mejor… A veces, cuando queremos rebuscar entre los recuerdos ajenos y ahondar en le herida, acaso para sentir qué sintieron aquellos que, con las manos vacías, con humildad, fueron capaces de dar esperanza a un país, esa esperanza que a ellos mismos les negó la vida.

Pablo vivió en la buhardilla apenas un año. Fue internado en un hospicio en soledad, con la única compañía de una enfermedad que le consumía y a la vez le fortalecía; una enfermedad, consecuencia de la pobreza, de las condiciones inhumanas en las que había transcurrido su infancia. Pero su fortaleza supuraba por los poros y las llagas que el propio sufrimiento había abierto en su alma. Una fortaleza que le hizo aprender un oficio, el de tipógrafo. Una fortaleza que le hizo escaparse, una Navidad, hasta la oscura buhardilla para ver a su madre, aunque eso le supusiera fuertes castigos. Una fortaleza que le dio un lugar digno en la historia de España.

Un año después de aquella escapada, fue dado de baja en el hospicio y había adquirido la habilidad necesaria para mantener a su familia. Acabó sus estudios y empezó a trabajar en una imprenta, con la convicción de que se escondía en su interior, toda la valentía y todo el compromiso de un líder obrero.

Recorrió varias imprentas madrileñas y, finalmente, cerró su círculo ingresando en la sección de tipógrafos de la Federación Madrileña de la Internacional. Autodidacta. Escuchaba a Francisco Giner de los Ríos y a Raimundo Fernández Villaverde.

Una fecha clave en su vida fue el 26 de junio de 1870, cuando los tipógrafos madrileños le eligieron delegado al consejo local de la AIT. Transcurrido un año, aparece su primer escrito en el boletín Solidaridad, titulado “La Guerra”, todo un alegato al pacifismo y a favor de la clase obrera. Siguieron años de persecución y violencia, desencadenada por la reunión de los internacionalistas, aquel dos de mayo, en el Café Internacional, entre los que se encontraba él, Pablo, se encontraba él, Pablo Iglesias. Durante estos años, aparece el periódico semanal La Emancipación, nexo de unión de los grupos obreros madrileños.

Sagasta asciende al poder en 1881. El movimiento de las tesis obreras se hace imparable, sobre todo por la influencia de Paul Lafargue, médico y revolucionario marxista. Pablo Iglesias inicia correspondencia con Engels. Y así se empieza a relatar la historia…

…Un 2 de mayo de 1879, un grupo de intelectuales y obreros, reunidos en torno a Pablo Iglesias, fundaron clandestinamente el Partido Socialista Obrero Español, en Casa Labra.

Pero quizá no fue ahí donde empezó la historia. Quizá la historia empezó en aquella buhardilla en la calle de la Morería número 8. Una mujer viuda, triste; un pequeño ensombrecido por la tuberculosis y un niño, aprendiz de tipógrafo, que escondía en su alma, la madera de un líder obrero.

Un 9 de diciembre de 1925 falleció en Madrid. La ciudad de sus sueños. La ciudad que le acogió, a él, a su familia y a su pobreza. Le velaron en la Casa del Pueblo y a su funeral acudieron 150.000 ciudadanos. Murió humildemente, como nació. Un líder que fue un hito en la historia de España, que fue, y que es. Un hombre que removió conciencias, que abrió caminos. Un santo laico y un hombre, al fin y al cabo, porque no es preciso catalogar, cuando hemos sido testigos de tantos avances sociales, de tanta valentía, de tanta honestidad, que aún hoy nos hacen creer en la transformación social desde las sombras hasta la luz, desde el vacío hasta el compromiso con nosotros mismos y con el futuro.

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