“La inclusa de Madrid (y II)”, por Eusebio Lucía Olmos.

Eusebio Lucía Olmos.

Tradicionalmente, el personal que ejercía un trabajo en la Inclusa lo había venido realizando de forma gratuita o, todo lo más, por la manutención y algo de ropa y leña. En 1651, con la extinción de la Cofradía de la Soledad y las Angustias, quedó la Inclusa a expensas de los bienes y del dinero contante que pudiera obtener de los donativos directos. La administración pasó también a ser autónoma, a la vez que por esa época, tanto las amas de cría como muchos de los trabajadores reclamaban ya una paga económica fija. Hubo, pues, que recurrir a otros métodos de recaudatorios. El primero fue que trabajadores y nodrizas salieran directamente a pedir limosna por las calles e iglesias madrileñas, extendiéndose cédulas, firmadas por las autoridades del Concejo, para que los mendicantes pudieran demostrar el loable fin de su pública petición. A partir del siglo XVII se decidió también dedicar para la Inclusa una parte de las ganancias obtenidas de dos espectáculos que siempre tuvieron en Madrid una notable afición y, por tanto, unos sustanciosos ingresos para sus empresarios: el teatro y los toros. Los dos principales coliseos de la capital habrían de ceder una parte de sus beneficios para el mantenimiento de la Inclusa: el teatro del Príncipe –antes célebre Corral de la Pacheca, y hoy teatro Español– y el hoy desaparecido de la Cruz, en la calle de este nombre. De igual modo, la plaza de toros de Madrid debía dedicar parte de la recaudación obtenida en sus espectáculos a la Inclusa, además de organizar anualmente una corrida importante, la denominada de la Beneficencia, que aún continúa celebrándose.

No obstante, la escasez de recursos económicos fue una constante a lo largo de toda la historia de la Inclusa, con las nefastas consecuencias para su gestión. Las nodrizas siempre se quejaron del mínimo estipendio recibido, que era además abonado frecuentemente con meses de retraso. La carencia presupuestaria imposibilitaba también realizarlas un examen médico adecuado sobre el estado de salud, tal y como los doctores aconsejaban, a las numerosas candidatas tanto de Madrid como de los pueblos próximos, que la mala situación económica arrastraba a esa ocupación. Las que se presentaban para amamantar a las numerosas y hambrientas criaturas eran originarias de las clases sociales más depauperadas, careciendo en la mayoría de los casos de las más elementales condiciones de higiene íntima, así como de los mínimos conocimientos para llevar a cabo un buen cuidado y alimentación de aquellos niños. En períodos y estaciones anuales en que escaseaban las nodrizas, las pocas que aceptaban las condiciones impuestas eran admitidas sin más, asignándoseles enseguida dos o tres lactantes, teniendo en cuenta que por su estado físico sólo podían amamantar malamente a uno. Y, además de esos lactantes, tenían que cuidar de otros dos o tres destetados más, a base de papillas u otros alimentos, función que desempeñaban de cualquier manera y sin dedicarles una mínima atención y, menos aún, muestras de cariño. Por si fuera poco, a estas obligaciones propias con los niños, las nodrizas debían también incluir entre sus funciones la realización de las tareas domésticas internas, como la limpieza de todas las dependencias del centro.

Ni que decir tiene que estas condiciones hacían penosa la convivencia en los centros, no ya sólo por las escasas disponibilidades económicas, sino por el hacinamiento con el que se veían obligadas a convivir todas las personas allí domiciliadas: niños, nodrizas, celadoras, monjas, personal sanitario y administrativo, directivos… La literatura nos ha dejado fidedignas muestras de este difícil ambiente. El desasosiego y malestar que producía este clima en las nodrizas repercutía directamente no sólo en cuanto a la escasa calidad de la alimentación y cuidados que suministraban a los pequeños a su cargo, sino en ser el origen de continuos conflictos entre ellas. Aquel variopinto grupo de mujeres de humilde extracción social, pero con graves problemas íntimos, bien fuesen de origen familiar, sanitario, social o económico, procedentes de muy diferentes orígenes geográficos y, como consecuencia, seguidoras de distintas costumbres, apiñadas en dormitorios y salas de lactar, representaban el mejor caldo de cultivo posible para protagonizar entre ellas desavenencias y disputas de todo tipo e intensidad, con la consecuente repercusión añadida a las ya calamitosas condiciones del cuidados de los niños a su cargo. Ante la escasez de mujeres que, a pesar de las dificultades, estuviesen mínimamente capacitadas para ser admitidas en la nómina de nodrizas, los responsables del centro se veían obligados a restarles importancia aún en los casos más llamativos de estos conflictos. Su separación del centro hubiera significado dejar de amamantar a los niños, que hubieran ido falleciendo de inanición, lo que no podían consentir por haber sido ellos entonces los acusados directamente de sus muertes. Era preferible que todo se redujese a la deficiente alimentación y escasos cuidados para los pequeños, incluso con las continuas trifulcas y grescas entre las mujeres.

¿Y qué era de los niños, a todo esto…?

Cumplimentada la admisión, el niño pasaba de los brazos de la persona que hasta allí lo hubiese transportado – madre, abuela, tía…, padre quizás… – a los de la hermana portera, que se lo llevaba a la encargada. Sin ser habitualmente examinado su estado de salud por los médicos, por mucho que así se hiciese constar en los estatutos del centro, era aquél directamente entregado a las nodrizas que se hacían cargo de su primera alimentación y someros cuidados. Sin ser ellos aún conscientes, los pequeñines perdían las naturales caricias y carantoñas de sus madres, que sin duda les habían suministrado en los escasos días transcurridos desde su nacimiento hasta su entrega al centro, habiendo sido seguramente de tan infinita intensidad como dolorosa la previsión de la imprescindible cesión. A cambio, los pequeños se iban a encontrar con los bruscos tratos de las nodrizas que, sin el menor cariño o afecto, se hacían cargo de su custodia con toda frialdad, siendo tratados ya, a partir de su llegada, como unos pobres “incluseros”. Manifiesta falta de cariño que se convertiría en permanente e indeleble secuela marcada de por vida en las personalidades de aquellos niños. Esa aspereza de trato que continuamente recibían les iría de haciendo únicamente obedientes a los frecuentes castigos, a la vez que tristes, envidiosos y vengativos, rivales de sus compañeros, y huraños, ariscos y asustadizos con cualquiera que se les acercase. Y en ese medio vivirían normalmente hasta que cumplieran los 6 ó 7 añitos.

A partir de ser destetados, las severas y rígidas normas imperantes en el centro les eran ya de total y estricta aplicación, viéndose sometidos no sólo a un rígido horario sino a un régimen disciplinario que no hacía más que reafirmar la consolidación de las negativas características personales que se les habían ido fomentando desde su llegada. A la temprana edad de 3 añitos eran separados niños y niñas sin excepción alguna, por lo que hermanillos que habían entrado a un tiempo eran cruelmente desunidos, sin el más mínimo miramiento a la vinculación y dependencia del menor con respecto al hermano, con lo que ahondaban más aún en la angustia y tristeza de ambos.

El propio archivo de la institución nos permite acercarnos a un significativo ejemplo: Fallecida una mujer, las obligaciones laborales del marido no le permitían hacerse cargo de los dos hijitos de 3 y 4 años, por lo que no tuvo más remedio que entregarlos en la Inclusa. No es necesario detallar la compañía que entre ambos pequeños se hacían los primeros días de su orfandad, teniendo en cuenta la ausencia materna y la anunciada separación de su medio habitual de vida por parte del padre. Lo que no esperaban los hermanillos era que a su ingreso en el centro hubieran de ser totalmente separados por ir cada uno a las distintas secciones, elevando al infinito la pena que ya traían. Fue tal la enorme tristeza que afligió a ambos, que no hacían más que llorar desconsoladamente, dejando de comer y de relacionarse con otros niños. Hasta tal punto se degradó su salud, poniendo en serio peligro sus vidas, que las cuidadoras se creyeron en la obligación de poner el caso en conocimiento del director del centro, quien, sorprendentemente y a la vista de sus circunstancias, decidió ignorar la regla levantando la obligatoriedad de separación de ambos sexos, con lo que la pareja volvió a compartir ánimos dentro de su desgracia. El cambio experimentado no se hizo esperar, pues los hermanillos volvieron a comer y comenzaron a relacionarse con otros niños e incluso hasta reír, olvidando poco a poco en su infantil desmemoria, la fatal desgracia que había originado su estancia en aquella terrible institución.

Tras muchos años de insistencia médica, por fin en los albores del siglo XX quedó aceptada la entrada de las madres en la Inclusa acompañando a sus hijitos, si bien fuese por unos pocos meses en una primera etapa. Con esta decisión se consiguió una manifiesta disminución de la mortalidad infantil, al continuar los niños recibiendo con la leche materna sus consiguientes ventajas alimenticias y sanitarias. Hasta tal punto que, una vez demostradas fehacientemente dichas ventajas, fue ampliado el tiempo de permanencia de las madres hasta que los niños cumpliesen la edad de 5 años. Eso no quiere decir que no hubiese madres que dejasen la casa antes de que las criaturas cumpliesen dicha edad. Unas, por ser readmitidas en sus familias, llevándose con ellas a sus hijos en una feliz recuperación de la vida familiar; otras, porque les salía trabajo pero se veían obligadas a dejar al niño internado mientras resolviesen el problema laboral, si bien continuaban como madres visitando a sus hijos y sacándoles de paseo cuando sus obligaciones laborales se lo permitiesen. Había también casos, cuando la madre había iniciado una nueva relación sentimental y la nueva pareja no aceptaba al hijo, en que tenía ella que elegir entre uno u otro. Estas nuevamente dolorosas separaciones se solían convertir ocasionalmente en perpetuas, cuando la nueva pareja estable tenía una nueva prole que iba haciendo olvidar a aquel hijo “inclusero”, con el consiguiente resquemor de por vida para éste. No obstante, si la madre no renunciaba por escrito al hijo, no se les podía dar en adopción, por lo que cuando cumplían los 5 años, o eran recogidos por la madre, o pasaban a los colegios de La Paz, Desamparados o San Fernando.

Pero había otros niños que salían a “crianza externa”. Todos los especialistas médicos prefirieron siempre como sistema más favorable para el desarrollo del niño en familia, tanto por razones éticas como sanitarias, el ser amamantado por una sola nodriza, evitando con ello los contagios y enfermedades producidas en las criaturas internas en las Inclusas. Siempre hubo familias pudientes que, de una u otra manera, recogían niños incluseros para ser luego criados, más que por sus componentes, por los miembros del servicio doméstico de sus opulentas casas, dando así respuesta a ciertos requerimientos misericordiosos que les hacían llegar párrocos o capellanes. El coste económico que les suponía era mínimo con relación al aseguramiento de los correspondientes premios celestiales como respuesta a tan bondadosa acción. Pero también existían matrimonios que, por haber perdido un hijo en los primeros meses de su corta vida, solicitaban la cesión de un niño inclusero para ser criado en su domicilio, con las consiguientes ventajas de todo tipo que tal solución comportaba, tanto para la criatura que vivía una cálida vida familiar, alejada de la frialdad institucional, como para los padres temporales, que mitigaban en parte con ese nuevo miembro familiar la enorme pena de la falta del por ellos concebido. Tal situación, así como su buena conducta y costumbres, debía de ser certificada por escrito a la Institución por el juez de paz o el cura del pueblo, a cuya presentación era autorizada de inmediato su salida, así como la continua información de manera periódica sobre la vida y el cuidado de la criatura. Por esta crianza, la Inclusa les abonaba a los padres temporales una mínima retribución – en muchas ocasiones percibida con muchos meses de demora, por las dificultades económicas que el centro sufría –, hasta que el plazo concluía, que solía ser entre los 6 y los 10 años, cuando los niños eran devueltos al centro. Una nueva y dolorosa separación, en caso de haber mantenido una satisfactoria relación familiar.

Aunque, por desgracia, los niños recogidos eran muchos más que las ofertas de padres dispuestos a darles alimento y cuidado, por lo que esas normas reglamentarias, rígidas como todas, eran flexibilizadas poco a poco en la práctica, permitiéndose la entrega de los niños sin tanto requerimiento formal a familias de jornaleros – vecinos de Madrid o de poblaciones de las provincias limítrofes – que se ocupaban de su crianza a cambio de una escasa retribución, lo que les suponía una cierta mejora en sus cortos ingresos económicos. Aunque, con excesiva frecuencia, los beneficios esperados, tanto para los padres temporales como para los niños, eran ciertamente exiguos tanto en lo anímico como en lo material. Los casos de mala alimentación y cuidado de los niños eran no sólo conocidos sino reiteradamente aireados por escritores que denunciaban en sus relatos las miserables condiciones que las pobres criaturas debían de soportar, llegándose a tener que ganar el sustento con trabajos a todas luces contraindicados para sus cortas edades. Las diferencias de trato con el resto de los hijos de la familia de acogida eran notorias, haciéndoseles notar de continuo su procedencia por lo que, lejos de mejorarse la frialdad y el retraimiento respirados en el centro, era normalmente agravado aquel mal ambiente con la rivalidad e inquina hacia los hijos de la casa, mucho mejor tratados hasta en los más mínimos detalles. Es más: en lugar de velar por la educación y progreso del niño que había tenido la desgracia de perder a su madre a temprana edad, las familias encargadas de su custodia pretendían sacar mayores beneficios de los legalmente pactados con su compromiso, siendo no sólo escasamente alimentados y cuidados, sino empleados por ellos, o incluso apalabrados con terceros, en labores penosas para sus cortas edades que reportaban a sus criadores un ingreso adicional por sus ayudantías en trabajos en labores domésticas, rurales o los más diversos oficios. Y todo ello sin la menor responsabilidad legal, por ser los padres temporales meros custodios de los menores, sin establecer vínculo de adopción alguno. Las pobres criaturas eran así consideradas de manera natural, sólo por “ser hijos del pecado”, referentes de los últimos escalones de la escala social, verdaderos parias de las sociedades encargadas de su “normalización”, aunque no recibiese carta de naturaleza en ellas la existencia de castas discriminadoras.

Cuando, raramente, las felices circunstancias favorecían el hecho de que los niños acogidos en las familias se imbricasen en la vida normal de éstas, recibiendo por los padres similar trato al dado a los hijos, sintiéndose por tanto verdaderos hermanos de éstos, algún otro nefasto padecer les esperaba aún. A la muerte de los padres, no podían ser incluidos en testamento alguno, por el mero hecho de ser incluseros, persiguiéndoles este apelativo de por vida. A no ser que solicitasen una certificación de los datos que obrasen en el libro de registro de la Inclusa, con su fechada correspondiente salida al domicilio del matrimonio en cuestión, y que fuese presentado al juez y atendido por éste. Contadísimos casos pudieron darse de éstos, si bien es preciso reconocer no ser tan escasos los de familias honradas y cariñosas que sabían dar a los incluseros el calor humano que en la suya propia habían perdido, llenándoles de amor y bienestar en todos los aspectos, como si de hijo o hermano natural se tratase.

A pesar de estar establecido desde inmemoriales épocas los reconocimientos médicos periódicos a los niños en crianza externa en los pueblos en que residían, con objeto de comprobar su estado de salud y el ambiente en el que se criaban, la escasez de recursos económicos para abonar a los médicos los gastos de desplazamientos necesarios para visitar a éstos motivaban que se dilatasen aquéllos con excesiva frecuencia. Era así ciertamente frecuente que los niños se criasen en tan deplorables condiciones sanitarias que su mortandad prematura superase con creces las tasas habituales. Incluso, algunos que eran reenviados al centro para su tratamiento y curación, llegaban ya con una salud tan deteriorada que nada podían hacer los médicos por salvar sus vidas. Otros eran cambiados de nodriza, o llevados a otro pueblo con otro matrimonio sin avisar a la Inclusa, siendo utilizados los niños como monedas de cambio para abonar otro tipo de deudas. Una triquiñuela más era también habitualmente empleada en tan dolorosas circunstancias por los temporales padres, amparada por la desorganización administrativa de la entidad. Cuando sobrevenía la muerte del pequeño, en lugar de ser comunicada inmediatamente a la Inclusa, la familia demoraba el aviso unos cuantos meses, durante los que continuaban percibiendo el mínimo estipendio correspondiente. La solicitud de un siguiente inclusero, o el voluntario envío del certificado de defunción por parte del cura del pueblo o el juez de paz, eran las únicas llamadas de atención para corregir la anómala situación.

El Instituto Provincial de Puericultura (antigua Inclusa) y el Colegio de la Paz funcionaron como tales en los edificios de la calle de O’Donnell hasta 1982, habiendo pasado por él miles de niños, de los cuales muchos, según se sospecha hoy, pudieron ser bebés robados. Los entonces acogidos fueron trasladados al antiguo Colegio de San Fernando (Ciudad Escolar Provincial), en la carretera de Colmenar Viejo, donde siguieron recibiendo asistencia y enseñanza hasta que cumplían la edad de 18 años.

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