“La equidistancia”, por Manuel Fernández Palomino.

Manuel Fernández Palomino.

Manuel Fernández Palomina es Senador del PSOE por Jaén.
El desmedido intento de manipulación de la derecha respecto de la sentencia del caso “Gürtel”, nos muestra la estrategia extendida por el Partido Popular cada vez que, con frecuencia ya inusitada, suena alguno de sus numerosos casos de corrupción. Se trata de que los fallos judiciales, los autos, las sentencias, por claras y diáfanas que resulten, sólo puedan existir unos breves instantes en su estado original, al más puro estilo goebbeliano; porque antes incluso de la emisión de la resolución judicial puede ya estar perfectamente diseñada y preparada la “fake news” habitual, con la que taladrar repetidamente inteligencias, y conseguir que la música que llegue a los oídos de la gente sea otra bien distinta de la que sale del Tribunal de turno.

El interruptor de la adulteración de la realidad salta antes incluso de que las notas de prensa judiciales lleguen a los medios. Los instrumentos de convicción están prestos, con tres armas fundamentales realmente poderosas.

La primera de ellas la constituye todo un ejército de prensa cavernosa con una capacidad desmedida para crear universos paralelos; la segunda, una desaforada aptitud para responder a una acusación con un ataque,- y es que ya lo decía el referido Goebbels “si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”-, y la tercera, un robusto dispositivo de titulares ficticios que, con velocidad asombrosa, retumbarán una y otra vez en los parlamentos, y en los periódicos, las radios, las televisiones y las redes sociales manejadas por las derechas económica, mediática y política. Es la derecha de la corrupción, pero también la derecha del arte de la adulteración y el mangoneo.

Hace tiempo que lo entendieron y que lo incorporaron a  un inconfesable Evangelio claramente goebbeliano: lo importante ya no es lo que pase, sino cómo tergiversarlo y hacer que la versión retorcida suene más y entre profundamente en los oídos y el intelecto de la gentes; gentes a las que creen, en la línea de lo que pensaba el Ministro de propaganda nazi, “con capacidad receptiva limitada y comprensión escasa”.

Hasta aquí el trabajo de propaganda de la derecha. Pero hay otro elemento básico que hace que la estrategia propagandística de un partido corrupto pueda tener éxito. Y es la acentuada querencia por la equidistancia de quienes se creen independientes. Equidistancia que también, lógicamente, se empeña en cultivar y cosechar la propia derecha; esto es, hacer por desviar al resto del paisaje y paisanaje políticos los pecados que solo son de ellos; así, los corruptos no serían ellos, el partido popular, sino “los políticos”; los gamberros del Congreso no serían tampoco ellos, el partido popular y VOX, sino “los diputados del Congreso”; la bronca no sería suya, sino que es “la bronca política”. Es un argumento que además, curiosamente, compran hasta avezados y acreditados periodistas no fagocitados por el poder de la caverna, tal vez por un poco comprensible temor a que puedan tacharles de algo así como falta de independencia; esa independencia que guardan como “oro en paño”, y que, sin embargo, resulta ser todo lo contrario a la equidistancia.

Porque es así; equidistancia es lo opuesto a independencia, a justicia, a objetividad. La corrupción tiene un nombre, y ese nombre no es “los políticos”, sino, -ya lo dice la sentencia Gürtel-, el “Partido Popular”; el gamberrismo parlamentario tiene un nombre, y ese nombre no es “el hemiciclo”, sino la derecha radical compuesta por VOX y PP; la bronca no es bronca, sino que es la banda sonora de la corrupción, el ruido con el que el Partido Popular pretende tapar en los parlamentos y en la calle su inmenso escenario de inmoralidad.

La equidistancia es la trampa y el alimento de los corruptos, es la tabla de salvación de los malos políticos, y no aporta nada bueno a la capacidad crítica de las voces más señaladas. Se entra en la política, y supongo que también en el periodismo, huyendo de la equidistancia, y si en un momento del viaje se la busca como estrategia para que el ruido llegue a todos, es que no se lleva nada bueno en la mochila, y el viaje a la política, o no iba limpio, o se torció por el camino.

Hay buenos y hay malos; hay quien hace las cosas bien y quien las hace mal; hay políticos honrados y políticos corruptos. Puede parecer el más básico “Catón” de esta vida y de estos tiempos; pero alejarnos de él nos hace sencillamente cómplices de esos “malos”, cómplices de los que se aprovechan de quien trabaja mucho y bien, cómplices del lado oscuro de la política y de la vida.

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