“La ¿dignidad? de la caza”, por Carmen Vicente.

Carmen Vicente Muñumer.

Por entre unas matas seguido de perros, no diré corría, volaba un conejo. De su madriguera salió un compañero y le dijo:
-“Tente, amigo, ¿qué es esto?”
-“¿Qué ha de ser?”, responde; – “sin aliento llego. Dos pícaros galgos
me vienen siguiendo”.
-“Sí” – replica el otro- “por allí los veo,
pero no son galgos, son podencos”.
-“¿Qué? ¿podencos dices? Galgos y muy galgos; bien vistos los tengo”.
-“Son podencos, vaya, que no entiendes de eso”.
-“Son galgos, te digo”.
-“Digo que podencos”.
En esta disputa llegando los perros, pillan descuidados a mis dos conejos, los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa.

Llévense este ejemplo.

Siempre me ha gustado esta fantástica fábula de Tomás de Iriarte (1750-1791), claro que por otras razones que no son las que expongo en este artículo. La cuestión es que podencos o galgos, el fin de temporada de caza deja sin futuro a muchos de estos animales.

Y lo primero que me viene a la cabeza es el por qué de esta caza, y si los cazadores tienen clara la respuesta a esa pregunta.

Bien, como artículo de opinión que es, voy a exponer mi visión sobre ello. Yo vivo en un pueblo de tan solo 514 habitantes, la base de nuestra subsistencia es el campo y la ganadería. Las inclemencias del tiempo, las plagas, ya sean en forma de bacterias o animales (topillos, conejos…) pueden dañar nuestra forma de vida. Entiendo y comprendo que se controle la población del conejo o liebre en zonas rurales, cuya riqueza y sustento, como he dicho, se basa en la agricultura principal y casi exclusivamente. Y lo defiendo únicamente dentro de ese motivo y contexto, y cuando fuere necesario.

El problema viene cuando se hace solo a modo de “competición”, equiparando sus galgos a los del vecino, intentando quedar por encima del otro a toda costa. A veces exponiendo sus logros en piezas o grandes carreras hechas por sus canes, como si éstos fueran una prolongación de su avaricia. Es entonces cuando se pierde todo el sentido y motivo de la caza, y cuando se comienza a utilizar al galgo como objeto de nuestro triunfo sobre el otro, como otra forma más de hacer dinero…mucho dinero. Y pongo un ejemplo:
Dona, fue una galga que se proclamó campeona de España. Ya en semifinales, su dueño reconoció que le llegaron a ofrecer por ella hasta 45.000€ y estamos hablando del año 2014.

¿Y si no cumplen las expectativas del dueño? Simplemente son “desechados”. Mayoritariamente son abandonados, pero también se utilizan otros métodos como el conocido como “pianista”, es decir, tocando el suelo con las puntas de las patas traseras, para alargar su agonía y sufrimiento. También son tirados a pozos, o quemados vivos. Otros usan sus propias escopetas o la de algún conocido para pegarlos un tiro.

Ahora me viene a la cabeza los manuscritos de Juan Mateos, con los cuales se editó el libro Origen y Dignidad de la Caza. Y me pregunto, hoy en día, ¿Qué tiene de digno abandonar a su suerte a más 50.000 galgos al año? ¿Qué tiene de digno colgarlos en árboles, quemarlos o matarlos a tiros?

Entiendo la caza como forma de equilibrio entre nosotros, nuestros animales y la naturaleza.

Un experto cazador navarro, se hacía esta pregunta : “¿quién es mejor cazador, el que se cobra más piezas, o el que respeta el medio natural que le rodea y a nuestros fieles animales?” Y se quedaba con la segunda opción.

Y es que no todos los cazadores son malvados hombres ansiosos por hacer dinero fácil con el uso de un animal. Es cierto. Pero por desgracia, no es menos cierto que hay una gran parte bajo esa tendencia en este país, y que provocan un grave problema a estos pobres animales. Como personas civilizadas que somos, debemos ayudarlos encontrando una solución a tanta barbarie.

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