La Cumbre del Clima, última oportunidad para el futuro de la Tierra

La Cumbre del Clima, última oportunidad para el futuro de la Tierra

La, tal vez, última oportunidad para el futuro de la Tierra pasa por lo que se concluya y construya en la Cumbre del Clima que hasta el 13 de diciembre se celebra en Madrid y que ayer arrancó con la vista puesta en el desarrollo del Acuerdo de París y días después de que la Unión Europea declarara la emergencia climática.

Y arranca a pesar de que, cuando Santiago Piñera, presidente chileno, ante la situación que atraviesa el país renunciara a su celebración en Chile, se pensó en que simplemente no se celebrara. Pero era necesaria su celebración aunque hay numerosos, y sobre todo pesados, escollos.

Obstáculos que protagoniza Donald Trump, quien ya ha iniciado el proceso para sacar a Estados Unidos del Acuerdo firmado en 2015, cuando hay una falta clara de liderazgo en la lucha climática, que China no dé muestras de un mayor esfuerzo en el recorte de gases de efecto invernadero, o Rusia, que todavía no ha presentado su programa orientado a reducirlos, o que la propia UE no termina de llegar a un acuerdo para el objetivo de cero emisiones en 2050.

El COP25 debe celebrarse y culminarse, y acabar con la idea de que la lucha climática internacional es un “proceso que implosiona”, como lo definió Teresa Ribera, ministra para la Transición Ecológica en funciones, la semana pasada.

Los países que participan en la Cumbre afrontan dos grandes desafíos. Por una parte, el reto político, para que sea, en palabras de António Guterres, secretario general de la ONU, en el discurso inaugural, una “clara demostración” de los países para “ampliar la ambición” contra el calentamiento.

Por otra parte, el reto técnico y económico, el desarrollo del Acuerdo de París y el establecimiento de los criterios con el fin de poner en marcha mercados de emisiones, un aspecto éste, que no se ha podido acometer por falta de consenso. Desde ayer, Madrid es el centro contra la lucha climática.

La COP es la convención de 200 países de todo el mundo en el marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Comenzó en 1992 y se fijó que los gases de efecto invernadero emitidos por el ser humano estaban determinando el cambio climático. La convención estableció que los países firmantes debían reducir las emisiones.

Las COP se celebran para desarrollar el tratado y en ellas participan los delegados y ministros de los países firmantes. Son anuales y cada año se celebra en un continente. En esta ocasión debía haberse llevado a cabo en Brasil, pero con la llegada de Jair Bolsonaro a la Presidencia, renunció.

La alternativa fue Chile, pero hace un mes renunció también debido a la situación social que atraviesa. Se ofreció, entonces, Madrid, siendo aceptada su candidatura. Chile conserva la presidencia de la cumbre, por lo que también dirige las negociaciones.

El primer acuerdo logrado por la Convención Marco sobre el Cambio Climático fue el Protocolo de Kioto en 1997. Después llegó el Acuerdo de París en 2015. Éste sustituye al de Kioto y obliga a los países firmantes a llevar a cabo ya la reducción de gases.

El objetivo principal del Acuerdo es que la suma de las reducciones sea suficiente para que el aumento de la temperatura media de la Tierra no sobrepase los dos grados centígrados comparando con los niveles preindustriales.

También que en lo posible, el aumento de temperatura se quede por debajo de los 1,5 grados centígrados, el límite que establece la ciencia para no llevarnos a efectos catastróficos y alcanzar un punto de no retorno.

El gran reto a largo plazo es lograr la neutralidad de emisiones para 2050. Entretanto, el objetivo intermedio se ha fijado en 2030 y para ello, hay revisiones periódicas al alza de los planes de recorte. La primera será ya, en 2020. El reto político es lograr el compromiso de los Gobiernos para fijar los límites y los medios en esta Cumbre.

A las dificultades políticas se unen las encontradas en el desarrollo del artículo 6 del Acuerdo de París. Ahí ha encallado la negociación, en el desarrollo del llamado mercado de emisiones.

Éste, que ya aparecía en Kioto, consiste en que si un país no consigue reducir sus gases como se había comprometido, podría comprar a otro Estado derechos de emisiones. En el de París, se abre la puerta al sector privado.

El principal conflicto se centra en cómo evitar la doble contabilidad, o sea, que un mismo derecho no se lleve simultáneamente en los balances de reducción de dos países. Si un Estado compra derechos de emisión a otro, este último debe cumplir con el compromiso de reducción de gases que ha vendido.

Otro de los grandes retos es el referente a los mercados de emisiones a los que deberán acudir compañías de los sectores que tendrán que hacer recortes. Uno de ellos es el de la aviación, que deberá comprar derechos de emisión para compensar las suyas.

En Europa ya existe este mercado bajo la filosofía de que las empresas que se ven obligadas a pagar por los gases que emiten irán avanzando hacia la descarbonización. En Europa ya existe, sí, pero ha supuesto 15 años hasta que ha sido eficaz y hasta hace poco no se había logrado desplazar a las centrales de carbón.

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