“La casa”, por Mari Ángeles Solís.

Mari Ángeles Solís del Río.

(Segunda parte)

…sabiendo que ésa, era la primera vez que pasaba por allí.

Mientras avanzaba por el camino podía sentir cómo todo su pasado se ponía en pie. El sol rozaba su piel, era el mismo sol, era la misma piel. Sí, aquellos eran los campos que se regaron con el sudor de sus padres, abuelos, bisabuelos… Huellas que habían quedado marcadas en el camino como una herida que ya dejó de sangrar, pero enseña una cicatriz alargada que recuerda a todo el que pasa siglos de vida y muerte.

Son latidos que escapan violentos como si temiesen no ver la luz. Se aceleraba su pulso según la arboleda reverdecía por su llegada. Él era el último de sus ancestros, el menor… el que casi no debía recordar porque cuando nació ya todo había cambiado, ya el tiempo se había quedado prendido en el espacio como marcando un límite que no se debía sobrepasar… cruzar la línea era despertar el dolor de la familia, el gran secreto oculto entre silencios.

Atravesó la arboleda miró hacia la casa. El viejo caserón, tal como se lo había descrito su madre con palabras turbias con sus labios resecos. Un caserón, ahora vacío, pero que había albergado tanta vida… ahora parecía que la naturaleza se había adueñado de él y formaban un dibujo enmarcado donde no existía movimiento alguno.

La puerta chirrió mientras la empujaba suavemente, como un lamento. Las voces le murmuraban, los retratos antiguos le daban la bienvenida y los muebles crujían. Tanta vida entre aquellas paredes. El dolor de su abuela por perder a su hijo, el llanto de su abuela mientras entre sus brazos agonizaba en sus últimos latidos su propio hijo. Siempre le contaron, “tu tío estaba enfermo… tuvo un fuerte dolor… se abrazó a su madre mientras la herida no dejaba de sangrar… hasta que murió”. No hay mejor forma de morir que cubierto de sangre en los brazos de tu madre. Es la misma escena que al nacer, naces cubierto de sangre y te abrazan los brazos de tu madre.

Allí, en el lugar de la escena, lo comprendió todo. Absolutamente todo. Todo se hereda, lo bueno y lo malo. Y es bueno que sea así, porque todo está dentro de nosotros mismos. La sangre es la mejor herencia que nos pudieron dejar nuestros antepasados. Todo se condensa ahí, en la sangre. Los pensamientos, los ademanes y el perfil de nuestro rostro.

Se sintió orgulloso de ser quien era. De poder tener un pasado. Sintió un honor indescriptible por pertenecer a sus ancestros, de llevar su sangre, incluso a pesar del dolor…

Cerró la puerta y regresó a su vida de siempre. Y emprendió su camino hacia el futuro… pero, antes de partir, tocó la puerta y la dejó entreabierta. Sabía que, en algún momento, buscando respuestas, tal vez con herida o sin herida, pero, seguro estaba, que volvería a aquel lugar…

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