“La amenaza”, por Mari Ángeles Solís.

Mari Ángeles Solís del Río.

Mari Ángeles Solís del Río · @mangelessolis1.
“Nunca la mano derecha fue tan sabia como cuando votó a la izquierda…”… Decía un antiguo proverbio. Mientras, el atardecer desangraba el cielo anunciando tormenta. El cielo estaba color vino, y ese color rojizo, ese color de sangre, hacía presagiar ruido de facas en alguna calleja, olor a muerte en las emboscadas, terror… terror de estar vivos y ser testigos de todo, dolor de empezar el día oyendo sólo aullar a los lobos.

En la calle empinada se reflejaba la luz de la luna, la humedad de las piedras lo transportaba sobrepasando lamentos como si, nadie, absolutamente nadie, lo escuchara… sólo el silencio. “¿Quién anda ahí?- preguntó una voz seca y trasnochada, como escupida del interior de una cueva. Una voz de mujer respondía, una voz débil y asustada, pensando en el llanto de aquel viejo que lloraría ante la lumbre, cuando, al despuntar el día, viese el vestido de su hija arrastrado por la calle… pero no había respuesta. Ellos habían vuelto.

Ellos habían vuelto o, tal vez, nunca se fueron. Solo esperaban el momento. Una madre se derrumbaba en la fuente, mientras moría, poco a poco. En las pupilas, su chiquillo de trece años arrastrado en los surcos por las mulas… no sabe en qué se equivocó, pero el patrón lo tenía muy claro.

Ellos volvieron… y nadie se atrevía a decir sus nombres, nadie se atrevió a decir “¡canallas!”, canallas por tantas muertes, canallas por tanto silencio, canallas por creeros los dueños…

La calle seguía reflejando la faz triste de la luna. Un grito en los zaguanes tambaleó los cimientos… pasos secos y firmes, de crueldad y miseria. Estercolero de almas sin piedad que se creen dueños… y solo son capaces de vociferar. Pero alguien había bajado la guardia. Alguien no supo que, por la libertad, había que luchar, había que conquistarla día a día… pero, tan acostumbrados estaban a sentirse libres que, en un descuido, les dejaron pasar.

Y volvieron pisando fuerte. Insultando y humillando sin piedad. Volvieron como quien hace suyo lo ajeno, como quien se cree dueño del alma, como quien espera en la sombra buscando el momento en que, la presa despistada, sale a respirar.

El atardecer siguió desangrando el cielo… mientras las frentes marchitas se inclinaban a llorar, mientras los surcos de las manos se hicieron heridas, mientras las voces de niños dejaban de cantar… Y miedo de ver pasar, ante ellos, los negros fantasmas, ávidos de venganza, ilusionistas de mentiras que les harían agonizar. Fue sólo un despiste, dios, fue solo un despiste…

La luna siguió reflejando luz en la calle empinada. El cielo macabro gruñía como quien va a parir un monstruo. Arriba, impasibles, ellos… eran tres y se jactaban de silencio que gritaba “Libertad, ¿dónde estás?.

Parecían tres jinetes anunciando el fin del mundo. Ni mujeres, ni niños volvieron a rechistar. En sus rostros implacables, reflejada la prepotencia, del que sabe ganador porque tiene su faca en mano y, por delante, la calle desierta.

Cuentan que reían, mientras se desangraba en silencio, no solo el cielo, si no también el pueblo… Y sólo fue un descuido. Pero pasearon las calles silenciosas, sin gemidos… calles con sombra de otro tiempo que volvía del olvido.

Eran tres, y volvieron, violentamente como un viento cargado de hastío, con la soberbia que vende mentiras, y sometieron la vida, sometieron la muerte… se apoderaron de todo, hasta del silencio.

Pero, dios, fue sólo un descuido…

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