Karl, de Tréveris y Francisco, porteño

Carlos Mª Brú Purón.

Por Carlos María Brú Purón. ExDiputado a Cortes y al Parlamento Europeo.
Este año se cumplen los 200 del nacimiento de Karl Marx.
¿Qué utilidad se puede obtener hoy de sus textos? – Me limito a dos de ellos:

  1. a) Prólogo de la “Contribución a la Crítica de la Economía Política” (1858): “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino que el ser social es lo que determina su conciencia”. Observación realista, porque -como dice el teólogo Tillich- es un análisis que desenmascara.

Y prometedora, porque añade: “las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa (subrayado del transcriptor, quien recuerda cuales son esas fuerzas: mercado, globalización, justicia social y revolución tecnológica) brindan la solución al antagonismo (…) de las condiciones de vida de los individuos”.
Y hay que preguntarse: ¿es eso dirigismo totalitario?

  1. b) Crítica del Programa del Gotha (1875).- Decían él y Engels:

“De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades”: pero puntualizaban que eso sólo cuando “el desarrollo global del individuo haya aumentado las fuerzas productivas y los manantiales de la riqueza fluyan más abundantemente (…)”: en esas estamos.
¿Es eso leninismo, no apunta más bien al campo de acción del welfare, objetivo socialdemócrata?
El “ser social” en que nos encontramos hoy es complejo, pero detectables algunos factores básicos: el 1º, la trabajosa, lenta, pero ineludible globalización económica: si el PIB/año mundial puede estimarse en 80 billones de dólares USA, los movimientos financieros multiplican esa cifra por 70 veces más. En el siglo XX, la población mundial se multiplicó por 3´4 veces, y la riqueza por 12.
Si cuando Marx nació el 90% de humanos estaba en la pobreza absoluta, hoy sólo se encuentra en ella un 10% (600 millones), si bien esa pobreza es tremenda (1 $/día). En todo caso, ciertamente, otro gran empujón ha operado de 1990 acá: reducido a la mitad el número de pobres absolutos, reducido en igual proporción los carentes de agua potable y hoy –Bradford Delong- más de 4.000 millones de personas están conectadas a móvil, tableta o televisor. China e India protagonizan ese empujón, pero han coadyuvado, a través del liberalismo económico imperante, a una desigualdad pasmosa
Desigualdad, sí, abracadabrante:
Un cálculo incontestado del Crédit Suisse (2017) estima que el 1% de los humanos (65 millones de personas) detentan el 50% de la riqueza mundial; en UE, esa tasa baja al 33%. Piketty nos informa de que el enriquecimiento de los ricos se ha multiplicado 3 veces más del que ha favorecido al resto de la gente.
Lo cual no sería tan solo antisocial –que lo es-, sino que es antieconómico, porque los ricos no consumen más que el 40% de la cifra de sus ingresos, mientras los pobres el 100%: la demanda agregada y con ello la producción y el comercio, sufren la escasez de ingresos a que se ve sometido ese importante sector de la población.
Y si del diagnóstico pasamos al necesario remedio, el propio Marx en sus “tesis sobre Feuerbach” (1888) nos recuerda que “la vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución radical en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica”, con lo cual no anatematiza el espíritu religioso que si anatematizaba Feuerbach, sino que simplemente sitúa la acción social en su ámbito propicio, no otro que “la sociedad humana o la humanidad socializada”: de aquí su  famosa “undécima tesis”, a cuyo tenor “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.
O dicho de otra manera, lo que –hete la no rara coincidencia- en la Laudato si el Papa Francisco asevera: “La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia (porque) necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en dialogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana”.
Y trata Francisco el problema, trágico problema que en tiempos de Marx no se atisbó, la degradación del ecosistema en que nos encontramos. Rechaza el Pontífice la “voracidad” consumista, a su vez manipulada por “la minoría que detenta el poder económico y financiero” y que lleva al “vacío” de necesitar “más (…) objetos para (…) consumir”. En definitiva, el “producir para consumir, consumir para producir” de Octavio Paz, el representado por ese mundo en que, según el filósofo Byung-Chul Han, los “grandes almacenes” suplantan “la casa”.
No ve Francisco otra vía que el “aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz” mediante la recuperación de una “ciudadanía ecológica” en la que  “quienes disfrutan más y viven mejor en cada momento son los que dejan de ( vivo léxico bergogliano:) <picotear> aquí y allá” Y termina reconociendo que “no todos están llamados a trabajar de forma directa en la política, pero (…) se preocupan por un lugar común (…) para proteger, sanear, mejorar o embellecer algo que es de todos (a cuyo través) se recuperan vínculos y surge un nuevo tejido social (…)”
Volviendo al inicio: ¿no se acerca este “nuevo tejido social” a ese “ser social” capaz de exigir “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades”?
Porque en un mundo más justo, lo cual incumbe a la política, “el desarrollo global del individuo” de que hablaba Marx, es lo que posibilita “la solución al antagonismo (…) de las condiciones de vida de los individuos”.
Antagonismo que los administradores del recelo, cuando no del casus belli, se han encargado durante mucho tiempo en fomentar, pero que ha de dar paso –resume Francisco- a “sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo”.

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