Kabul es Shaigon

Kabul es Shaigon

Al cierre de estas líneas, los talibán se encuentran a 50 kilómetros de Kabul, la capital de Afganistán, después de controlar 17 capitales de provincia. Algunos medios los sitúan a apenas 11 kilómetros de algún distrito. Una ofensiva que en sólo dos días ha permitido a los insurgentes duplicar su poder en el país.

Este jueves proclamaban que habían logrado controlar siete de las nueve provincias del norte, donde se han impuesto con mayor facilidad. La huida de los militares regulares del Ejército afgano ante la ofensiva ha facilitado a los talibán un avance sin precedentes.

Sin embargo, su poder puede tornarse efímero a coro y medio plazo. Es cierto que controlan capitales, pero no las provincias. Sus fuerzas se encuentran divididas por el crisol de corrientes tradicionales y modernizadas que conviven. También a nivel político.

Si bien han mostrado un giro radical en sus políticas, no está claro que puedan llegar a formar un Gobierno homogéneo. Es cierto que los insurgentes tienen una delegación de paz o que mantienen conversaciones directas con Estados Unidos.

O con el Ejecutivo afgano y otros estados del Golfo. Incluso colaboran en el diálogo para hallar soluciones humanitarias con la ONU y ONGs. Su modernización es evidente ya que son activos en redes sociales y llegan a organizar comités civiles para abordar asuntos de las comunidades locales.

En cambio, no terminan de despejar las dudas que planean sobre los talibán acerca de aceptar un modelo democrático en el futuro. Un modelo que es contrario a sus principios.

Además, sus políticas son dispares. Mientras que proclaman sus políticas flexibles a nivel local, siguen practicando la brutalidad militar, sobre todo en las grandes ciudades.

Éxodo masivo de la población de Kabul

En las urbes como Kabul, se les teme y la población civil ha comenzado un éxodo irremediable tratando de huir a Pakistán, por ejemplo. Y es que los insurgentes son responsables de 2.978 bajas civiles sólo en 2021, según la Comisión Independiente para los Derechos Humanos en Afganistán.

917 muertos y 2.061 heridos tiñen de sangre sus proclamas en favor de una supuesta democracia en el país. No muestran una política homogénea porque ahora ya no son un movimiento pastún. Ahora militan uzbekos, turcomanos, hazaras o tayikos, cada uno con sus propios intereses.

Será difícil que se implante una estrategia pacificadora basada en la moderación, como la del mulá Abdul Ghani, negociador talibán en Doha (Qatar).

Así las cosas, con tanta división interna, sin una visión conjunta de futuro, la toma de Kabul no supone necesariamente la restauración del Emirato Islámico.

Más bien, al contrario, el inicio, dicen los expertos, de una guerra civil a nivel global en Afganistán. Además, no se puede descartar que países vecinos como Pakistán o Irán alienten con financiación a sus propias milicias pro o contra los talibán.

Porque los insurgentes, que tan fulgurante avance han protagonizado, capturan capitales, pero son incapaces de consolidar sus victorias. Con sus conquistan logran titulares en la prensa internacional, pero eso es efímero.

Vendrán nuevos baños de sangre en los que la peor parte se la llevará la población civil. El propio general Scott Miller, principal comandante militar de Estados Unidos en Afganistán, lo admitía en rueda de prensa.

“La guerra civil es ciertamente un camino que se puede visualizar si se continúa en la trayectoria en la que está ahora”, señaló.

La caída del débil Gobierno de Kabul desencadenará una fragmentación total en el país. El peligro es que eso es el caldo de cultivo perfecto para la vuelta del yihadismo a Afganistán.

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