Infortunio

Gonzalo González Carrascal.

Por Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
La mirada humana contempla la realidad de su propia condición, y de la de su mundo, a la luz del acervo de certezas y fantasmagorías que el lenguaje de su tiempo le transmite. Emboscada bajo aparente coherencia sintáctica, la carga imaginaria enlarvada en la construcción de lo dicho enturbia la mirada diciente, haciendo emerger en su mente la visualización de una ficción investida de incuestionable verosimilitud. Induciéndola a una lógica absurda, perturbadora y falaz, que acabe por consolidar una ficción suplente a medida de la mente y no así adecuando la mente a la realidad. Invirtiendo así el sentido del proceso. Induciendo a creer conocer una realidad que tan sólo es reconocida desde la apuntalada ignorancia de los  mecanismos que la rigen mediante el uso repetido de formulaciones vacías sostenidas desde instancias interesadas. Desplazando causas y efectos. Confundiendo mentes. Confundiéndolo todo. Haciendo de la realidad un permanente discurrir de sucesos e incidentes ante los que sólo pueda constatarse su ocurrencia y padecimiento.

Ineluctable juego de riesgo en que hombre y sociedad participan. Y al que se enfrentan en su torpe divagar. Permanente y acechante amenaza del franqueo hacia una condición adulta. Hacia una menor disposición sierva. Ésto es, ignorante. Individual y colectiva. Ante la que no puede sino celebrarse cada tentativa esclarecedora de concreción de los mecanismos de sucesión de la realidad. Pues conforman los jalones que, en lo que venimos llamando historia, han esclarecido y delimitado las áreas de certidumbre -al margen de injerencias ajenas al proceso de decantación- que el conocimiento cierto necesariamente impone.

Desde la ventana de su parca biblioteca, durante su forzado retiro, el acutissimus Florentinus aguza su melancólica mirada. El albor de un nuevo paradigma perfila un horizonte que atisba bajo mudada apariencia. Las formas que componen aquello que ve ven trocado su significado a la luz del novedoso sentido que las palabras y categorías le otorgan. Arrellanado en una nueva referencia emerge recortada ante sus ojos la silueta del mundo moderno. Y con éste, la del hombre llamado a habitarlo. Su lugar en el mismo, así como la consciencia de su capacidad de actuación en relación a sí y su suerte. Mientras medita sobre ello, que no es sino acerca del ejercicio del poder, vislumbra y fija la dualidad experiencial humana. Una sempiterna tensión vertebra su meditación al completo. Virtud y Fortuna se concitan enfrentadas en su mente, reformulando los márgenes de acción y responsabilidad del hombre para consigo mismo. Vislumbrando una nueva perspectiva.

“Con todo, y a fin de preservar nuestro libre albedrío, juzgo que quizá sea cierto qua la fortuna sea árbitro de la mitad de nuestro obrar, pero que el gobierno de la otra mitad, o casi, lo deja para nosotros. Se asemeja a uno de esos ríos torrenciales que, al enfurecerse, inundan los llanos, asolan árboles y edificios, arrancan tierra de esta parte y se la llevan a aquélla: todos huyen a su vista, cada uno cede a su ímpetu sin que pueda refrenarlo lo más mínimo. Pero aunque sea ésa su índole, ello no obsta para que, en los momentos de calma, los hombres no puedan precaverse mediante malecones y diques de forma que en próximas crecidas, las aguas discurrirían por un canal o su ímpetu no sería ni tan desenfrenado ni tan perjudicial. Algo similar pasa con la fortuna: ésta muestra su potencial cuando no hay virtud organizada, y por tanto vuelve sus ímpetus hacia donde sabe que no se hicieron ni malecones ni diques para contenerla”.

La consolidación de un entorno embebido de certeza es el resultado necesario de una virtud organizada y organizadora. Y la razón esencial de ser de ésta una vez establecida bajo adecuada formulación institucional. Ésto es, en tanto Estado. En la medida en que este artefacto albergue márgenes de incertidumbre hacia el tejido estatificado que conforma la estructura nacional al que sirve -bien por negligencia, inoperancia u omisión-, no hace sino evidenciar su incapacidad para establecer criterios organizativos coherentes con la realidad. Bien aplicado a una política urbanística y de protección de costas cuyos nefastos resultados hemos podido presenciar recientemente -impulsados desde un inadecuado diseño público de infraestructuras al calor de una dinámica especulativa del terreno asociado a una estructura económica volcada en el ladrillo y en un modelo turístico de bajo retorno-, bien aplicado a cualquier ámbito, todo error no debe sino remitirnos al cuestionamiento de la eficacia con que el sistema –en todos sus niveles competenciales- opera, así como los ámbitos de responsabilidad a los que toda disfunción alude.

Y es aquí donde el relato público de lo que sucede, fruto del papel que los medios de comunicación han de desempeñar, evidencia toda su importancia. La acrisolada composición que dice lo que es y que debe atenerse al ceñido seguimiento del suceso y de sus componentes. Pues toda composición inadecuada de éste no hace sino desviar la atención del foco de causación y potencial responsabilidad institucional que el acaecimiento de cualquier hecho conlleva. Contribuyendo bajo formulaciones vacías –empleadas inconscientemente o no, en todo caso acríticamente-, a la paulatina degradación institucional, y malversando así su deber de servicio público.

Ni hay furia en el mar ni lluvia jamás se cebó sobre población alguna. Sólo existen, o no, estructuras bien diseñadas y capacitadas para el análisis y contención de toda contingencia. Y sólo una sociedad está alumbrada a la luz de la virtud cuando bajo éstas así se desarrolla. El despliegue de un entorno estatificado incapaz de establecer los márgenes de garantía del alcance de toda contingencia se revela inoperante bajo clara disyuntiva. O el órgano no existe o su función no ha sido desempeñada. De modo que fuera de un principio de virtud, la formulación de un Estado contraviene su razón de ser, exponiendo a su población a la peor de las servidumbres. El albur de la Fortuna.

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