Indalecio Prieto y José Antonio Primo de Rivera

Eusebio Lucía Olmos.

Por Eusebio Lucía Olmos.
Quizás como reacción a la generalizada crispación que nuestra sociedad en general, y la vida política en particular, viene sufriendo, proliferan últimamente los cantores de la “tercera España”, más o menos camuflados, y con mejor o peor voluntad. Las tragedias personales de muchos personajes históricos son buena prueba de ello. Y un buen ejemplo es ofrecido por los que subrayan el supuesto atractivo que sintió el socialista Indalecio Prieto hacia el fascista José Antonio Primo de Rivera, y a la viceversa. Sería largo de analizar sus dos interesantes y poliédricas personalidades, que dejaron buenos ejemplos de atracción y repulsión, como resultado de sus dos polifacéticos egos extremadamente acusados. Y, por supuesto, cómo han sido después narrados sus encuentros y distanciamientos por sus amigos y detractores, incluidos los de sus propias organizaciones, barriendo interesadamente para uno u otro campo. De hecho, el órgano de prensa falangista, el semanario “F.E.”, trató siempre con especial inquina tanto a Largo Caballero, “el dimitido de estuquista”, como a Indalecio Prieto, “el farsante adiposo, que ha pasado de vender el periódico en la calle, a ser propietario burgués y endomingado, mostrando su oronda humanidad bajo la librea de un traje señoritil de etiqueta, desde el fondo de un magnífico automóvil con radio y todo, rodeado de policías para guardar sus preciosos kilos” (“F.E.”, 1 de marzo de 1934).

Sirvan simplemente como ejemplo dos episodios de la relación entre ambos. Un primer incidente que da muestra de la irreprimible violencia joseantoniana se vivió en las Cortes, a mediados de diciembre de 1933, a los pocos días de haber sido elegido diputado por Cádiz y fundado la Falange. Se debatían en aquella sesión las responsabilidades contraídas por el régimen de la Dictadura, refiriéndose Prieto en su intervención al contrato suscrito por la Compañía Telefónica Nacional con el Estado, que consideraba no sólo deficiente, “sino que todos sus aspectos constituyen un latrocinio”. José Antonio, no sólo por ser hijo del dictador, sino por haber sido antiguo abogado de la compañía, reaccionó de inmediato saltando de su escaño y, gritando “¡Mentira!, ¡canalla!”, cruzó el hemiciclo para abalanzarse contra Prieto y otros miembros del grupo parlamentario socialista, con los que se intercambiaron una serie puñetazos en medio de un gran alboroto. Al presidente, Santiago Alba, le costó arduos esfuerzos imponer la paz en el salón.

Unos meses más tarde, sin embargo – el 3 de junio de 1934 –, el propio Prieto relata como el joven diputado hizo ese mismo camino de cruzar el hemiciclo, para estrechar su mano por haberse opuesto a levantarle la inmunidad parlamentaria. En carta a Agustín Mora, desde México en 1942, le cuenta el episodio de la defensa que hizo en el Congreso de los Diputados del voto contrario al suplicatorio para procesar a José Antonio. Explica que en aquella fecha aún “Sólo había cruzado la palabra con José Antonio Primo de Rivera en una ocasión – sería en la anterior bronca –. Fue en el Congreso, cuando me levanté a impugnar el suplicatorio para procesarle. Concluía yo de defender a mi correligionario el diputado Juan Lozano contra idéntica acusación de tenencia de armas. Me pareció que el rasero debía ser el mismo para amigos y adversarios, y defendí con igual vehemencia al fundador de Falange. Éste, terminada la votación, que le fue favorable, atravesó los bancos de los diputados de la CEDA [Confederación Española de Derechas Autónomas, de Gil Robles], dirigiendo duras frases a quienes de éstos votaron en contra, y llegando a mi escaño me tendió la mano y me dio las gracias muy conmovido.” Más adelante, el líder socialista insistió: «Primo de Rivera, no conforme con las palabras amables que entresaco del discurso –cuyo texto taquígrafo aparece inserto en sus Obras completas–, terminado el debate y concluida la votación, que le fue tan adversa como a Juan Lozano, vino hasta mi escaño, donde estrechándome la mano, me reiteró su gratitud y pronunció en voz alta duros vituperios para los diputados derechistas que, contra él, habían unido sus votos a los del lerrouxismo».

Cierto es que, a raíz del encarcelamiento de Primo de Rivera, la simpatía de Prieto hacia él se intensificó. Los falangistas no franquistas defendieron posteriormente la idea de que José Antonio representó la gran oportunidad perdida de España, pues hubiera podido librarla tanto de las divisiones debidas a la República como de la brutalidad del franquismo. El propio Indalecio Prieto opinó premonitoriamente de este modo, en su “Convulsiones de España”, con ocasión del traslado de los restos mortales del monasterio escurialense al Valle de los Caídos, el 30 de marzo de 1959: “Era un hombre de corazón, al contrario de quien será su compañero de túmulo en Cuelgamuros. José Antonio ha sido condenado a una compañía deshonrosa, que ciertamente no merece, en el Valle de los Caídos. Se le deshonra asociándole a ferocidades y corrupciones ajenas.”

Igual es que ni Primo ni Prieto eran tan seguidores de las doctrinas que defendían, como ellos mismos creían y se ha pretendido hacer ver…

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