“In memoriam Marisol”, por César García Cimadevilla.

“In memoriam Marisol”, por César García Cimadevilla.

Querida amiga: Cuando recibí la noticia algo se desgarró en mi interior. Todo fue silencio y oscuridad, como digo en aquel poema que escribí para mi muerte y que te envié, junto con todo el poemario y las cartas de Milarepa como regalo de Navidad. No me preguntes por qué lo hice, fue un impulso irresistible. Ahora sé que fue una despedida. Muchos creen que con la muerte se acaba todo. Yo no soy de esos. Por eso intenté darte un poco de amor para guiar tu camino al más allá, como se expresa en el libro tibetano de los muertos. Solo recibí una constante preocupación, la de que alguien cuidara de tus queridos animales. Siempre he pensado que quien ama a los animales no puede ser mala persona, y lo sigo pensando. Me llegaban sensaciones sobre un caballo, un burrito, un perro, un gato, gallinas… Yo intentaba consolarte, no sufras por ellos, ni un solo pelo de vuestra cabeza cae al suelo sin que vuestro Padre celestial lo conozca. La muerte es un misterio, como lo es la vida, como lo es todo. Si yo fuera Dios, como escribí en aquel relato inacabado, sí tal vez intentara evitar el sufrimiento y la muerte de mis criaturas. Pero hay un misterio que no se puede desvelar. Es el del tiempo. Todo debe cambiar, todo debe morir en el tiempo, es una ley cósmica. Lo que resulta incomprensible e inaceptable es el mal, la maldad. Como me dijo Milarepa en un tiempo, no es posible la libertad sin que alguien pueda decidir ser malo, abrazarse a la maldad. El por qué algunos lo hacen resulta bastante incomprensible. Es como elegir entre volar en el cielo, iluminado por el sol, o dejarse caer en el fondo del abismo. Es una atracción misteriosa, sin el menor sentido. Milarepa me dijo que el mal existe y existen los malvados. Esta sociedad no puede aceptarlo y busca todo tipo de disculpas para justificar lo que no puede ser justificado. El mal es una elección, como lo es el bien, y somos libres de elegir. Todo lo demás son disculpas.

Estoy tan roto que decidí esperar para escribirte esta carta, pero de nuevo el impulso me obligó a levantarme de la cama y sentarme ante el ordenador. Es lo que me sucede habitualmente cuando creo que Milarepa tiene que dictarme un mensaje, haga lo que haga al final me levanto y me pongo a escribir, porque es la única manera de acabar con ese impulso, con esa idea obsesiva-compulsiva, como la llamarían algunos. He tenido que hacerlo porque llevo sintiendo tu presencia todos estos días y tal vez el que yo te diga estas cosas te ayude a encontrar la paz y el camino hacia el mundo espiritual. Es curioso que muchos crean en que se puede viajar a la otra punta del universo a través de un agujero negro, un agujero de gusano, pero es imposible que los vivos nos comuniquemos con los muertos, porque estos ya no están, en ninguna parte, en ningún espacio. Tú estás en mi corazón y puedo hablarte ahí, sabiendo que me estás escuchando.

Muchos pensarán que no tiene sentido mi aflicción. Solo te vi una vez y por un corto espacio de tiempo. Nos comunicábamos por wasap y alguna vez por teléfono, no habitualmente y solo para cuestiones del alquiler y de la situación de tu casa. Quienes así piensan no saben que todos somos hermanos y no solo los que llevan la misma sangre o los que se tienen mucho afecto tras una larga y profunda relación. Como dice Milarepa en el interior de todos nosotros late la chispa divina, la que es capaz de amar profundamente incluso a los desconocidos, la que reconoce la chispita divina que también habita en los animales, en las plantas, en todo lo que existe. Tú fuiste capaz de reconocerla y eso me indica claramente que eras y eres una buena persona.

Lamento profundamente que no consiguiera tu confianza para que me hablaras de todo aquello que yo llegué a saber por otras personas. Lo entiendo, apenas nos conocíamos, yo era un hombre y tú una mujer desconfiada, con razón, como los gatos que saben lo frágiles que son y lo dura que se vende la supervivencia. No sé si hubiera podido ayudarte o evitar lo que algunos llaman fatum o destino y yo los caminos misteriosos de la vida hacia el mundo espiritual.  Me hubiera gustado poder intentarlo, escuchar de tu voz lo que tuve que escuchar de la voz de otros, con su perspectiva, con sus razones más o menos razonables. Aunque no he podido confirmarlo yo siempre estuve convencido de que tú eras mi hermana en algo de lo que esta sociedad no quiere oír hablar. Éramos hermanos por doble razón. Y no solo por la razón espiritual de Milarepa –formamos parte de un Todo y somos más que hermanos, somos lo mismo- que me hace ver a un hermano tirado en el suelo, con mascarilla, aunque esté muy lejos y no le conozca de nada, como me hace ver hermanos en todas las personas que habitamos este planeta, enfermos o sanos, con virus o sin ellos, con las diferencias que la caprichosa biología ha querido endilgarnos a cada uno. Lamento que no pudiera hablar contigo como con una hermana y ofrecerte mi amistad, mi cariño y mi ayuda en lo que necesitaras. A veces la desconfianza nos hace huir, como los gatos, de aquel que más nos quiere. A veces una errónea dignidad nos hace sentirnos humillados cuando alguien nos ofrece algo generosamente, sin buscar nada a cambio. Pero te entiendo. Entiendo lo que pudo ser tu vida, de la que no conozco mucho.

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