“Homenaje, memoria y mérito del profesor Francisco López Estrada”, por Antonio Miguel Carmona.

Francisco López Estrada.

Hace ya casi veinte años pasaba largas horas durante muchas tardes conversando con el catedrático jubilado de Literatura Medieval Francisco López Estrada. Ya entonces, el insigne medievalista español era conocido exclusivamente por los suyos a la par que olvidado por aquellos que se tachan a sí mismos de intelectuales y que no son más que un peso muerto en nuestra historia.

Así que, comienzo pues mis primeras palabras rindiendo tributo y homenaje a uno de nuestros más insignes medievalistas: Francisco López Estrada. Autor de tantas obras sin las que no se entendería la literatura medieval castellana y, por lo tanto, la literatura universal española.

Profuso en su pluma y generoso con sus amigos. Yo pasé horas junto a él escuchando, aprendiendo y discutiendo mohaxajas, jarchas y embajadas a Tamorlán. Él me preguntaba cada tarde, “¿qué hace un joven profesor de Economía, como tú, interesado en la literatura medieval que casi todo el mundo desprecia?” Es una larga historia.

Todo comenzó cuando el concejal de Tierno Galván, Manuel Ortuño, me dijo que había promovido la edición de un libro municipal, a propuesta de don Enrique, que contuviera todos los municipios que llevaban el nombre de Madrid, marcando su topónimo en el mapa. Uno de ellos, me comentó, estaba ubicado en Samarkanda, Uzbequistán. “¿Y eso?”, le pregunté. “Creo que allí estuvo Clavijo”, me respondió. “¿Clavijo?”, pensé. Sin proseguir con el cuestionario a Ortuño, corrí a buscar quién era el tal… Clavijo.

Efectivamente, Ruy González de Clavijo, madrileño nacido en la mismísima Plaza de la Paja, fue camarero real de Enrique III el doliente, el cual, devolviéndole los favores y regalos al Gran Tamerlán, mandó una expedición hasta los confines de Sarmarkanda, comandada por el joven Ruy (1403-1406).

A la vuelta, Clavijo redactó entonces un libro de viajes -que en realidad es un informe al rey castellano-, intitulado Embajada a Tamorlán. Según la Universidad de la Sorbona es el segundo libro de viajes más importante del medioevo después de El Libro de las Maravillas de Marco Polo. Ni Clavijo, ni su embajada, ni su relato, se conocen apenas en España para vergüenza de tantos.

Buscando obsesivamente información sobre Ruy González de Clavijo, me encontré con que precisamente el emperador de Asia le había agasajado al cónsul madrileño, agradecido por su visita, bautizar un pueblo al lado de Samarkanda con el mismo nombre que su lugar de nacimiento: Madrid. Y me encontré también con la tesis doctoral sobre el asunto de alguien que ahora ya era catedrático, emérito y jubilado: Francisco López Estrada.

En homenaje a ello y con el fin de recuperar la memoria colectiva, planificamos un viaje en avioneta siguiendo la ruta de Clavijo hasta Samarkanda, Uzbekistán, junto con los periodistas Carmelo Encinas, Juan Carlos Muñoz y el profesor Lorenzo Dávila. Viaje que en 2005, conmemorando los seiscientos años de la gesta, fue seguido por muchos medios de comunicación en una aventura inolvidable que solo trataba de hacer visible una de nuestras mejores obras.

Las sesiones preparatorias de dicho viaje tuvieron muchos amigos apostando por rememorar el relato: Rafael Fraguas, su hermano Antonio, Forges, el propio Manolo Ortuño, el escritor y catedrático Justo Sotelo… Y también, cómo no, tuvo como protagonista al joven doctorando sobre la obra, entonces ya catedrático jubilado, Francisco López Estrada. Y fue con la excusa de Embajada a Tamorlán, de la mano de López Estrada, cuando aprendí literatura medieval en vena.

Catalán de nacimiento, castellano por convicción, López Estrada se licenció en Filología en la Universidad Complutense, si bien la Guerra Civil le devolvió a Cataluña a defender la República. Perdida la guerra, vuelta a las letras, en 1943 leyó su tesis doctoral sobre la obra Embajada a Tamorlán de Ruy González de Clavijo. Pasó por diversas universidades, sin una residencia estable, aquello que el profesor Juan Velarde llama “guadalajarismo”.

Veinticinco años en la Universidad de Sevilla, como profesor, como catedrático y como decano, le hicieron pasar lo que él definía como “los mejores años de mi vida”. Ya en Madrid, catedrático de la Complutense, asistía a la tertulia del también filólogo Antonio Rodríguez-Moñino y del polígrafo José María de Cossío en el Café Lyon.

Sus clases, a las que yo por edad, ni siquiera nacimiento, no pude asistir, explican la delicia de sus comentarios sobre las obras más desconocidas de la literatura (especialmente lírica) castellana.

Precisamente su adaptación al castellano moderno del Cantar del Mío Cid suscitó no pocas polémicas que yo mismo tuve el placer de escuchar por su parte. Me regaló su Panorama crítico sobre el Poema del Cid, obra incuestionable que merece ser leída por todo aquel que cree que escribir es solo juntar un grupo de palabras en oraciones sucesivas.

España es un país donde se escribe más que se lee. Más del noventa por ciento -y soy generoso-, de la obra nueva que se agolpa en las librerías pertenece a autores que por conocer son conocidos sólo en su barrio (como mucho). Otros, impulsados por las grandes media o simplemente viviendo de la heredad de una obra anterior premiada por vendedores de papel por kilos. A veces me entretengo en comprar alguno de estos libros de autores “de éxito” e ir sacándole errores sintácticos, leísmos o simplemente frases agramaticales.

En tamaña comparativa, Francisco López Estrada sale reforzado y me devuelve al medievo como fuente de provocación. La transformación del latín al castellano, la historia de nuestra lengua, la deformación lingüística y popular que provoca un parto que ahora hablan nativamente seiscientos millones de personas y tiene por capital El Quijote.

No se centró exclusivamente López Estrada en la literatura medieval que a mí me dejaba embelesado. Autor de diversos estudios sobre escritores del XVI como Jorge de Montemayor, Pedro Espinosa o Gaspar Gil Polo y, por supuesto, sobre la obra de Miguel de Cervantes, le llevaron también a la admiración.

Trabajó con ahínco el Siglo de Oro y, posteriormente, estudió profusamente a Becker, a la Generación del 27 y, muy especialmente a Juan Ramón Jiménez. Hombre del medievo, estudioso sin descanso, capaz de viajar a otros siglos para encontrar una lírica adaptada a los acontecimientos.

Y, por último, quiero destacar con emoción su forma de escribir, su prosa incomparable de profesor delicado. Su capacidad de hilvanar frases destinadas a facilitar el conocimiento del joven estudiante en literatura medieval castellana.

Entonces, no pude por menos que disfrutar de López Estrada, de su palabra, su oratoria humilde, su erudición ilimitada y su cultura insustituible. Pasaron así los años y la política y la Economía me separaron de la literatura. Me olvidé de López Estrada.

El pasado viernes, cuando publicaron algunos de mis poemas en un libro coral, tuve ocasión de comentarlo con otros autores. Cómo es posible que nos arrastre la costumbre a olvidarnos de los días.

Durante el confinamiento, mientras contemplaba los asertos de economistas que no saben Matemáticas (por eso en España no hay economistas) y políticos frívolos que anteponen el insulto a la propuesta, buscaba en internet libros viejos que colecciono profusamente con el fin de engrosar mi biblioteca cuajada de obritas del XIX.

Me encontré en una tienda de viejo con una obra de mi amigo, ya fallecido, que el tiempo y mi propia mediocridad le habían hecho desaparecer de mi memoria. En la Biblioteca Románica Hispánica, dirigida por Dámaso Alonso, se encuentra Introducción a la literatura medieval de Francisco López Estrada, Gredos, Madrid, cuya primera edición data de 1966 cuando él daba clases en Sevilla.

Francisco López Estrada murió en 2010 sin yo saberlo. Alguna vez, en mi imaginación, pensé que aquel profesor que me permitía confesar mi amor por la literatura no podía vivir más de cien años y que bien seguro su cuerpo ya no estaba con nosotros.

Pero sí se encuentra aquí su recuerdo, su memoria infinita de aquellos que humildemente nos enseñaron las cosas importantes y las cosas que importan.

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