“Hesíodo”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo­_Glezcar
Uno es aquello que hace. Aquello que le hace-que le hacen-ser. El ejercicio de la función impone, inexorable, la razón de nuestra conducta. El sentido de nuestras decisiones. El valor de nuestros actos. A ojos propios y ajenos. Desprovistos de función, quedamos a la deriva. Náufragos existenciales frenteal horizonte cerrado de posibilidades desplegadas por la realidadsocial habitada.

Atrapados en el esquema estratificador que éstaimpone,acabamos por ubicar nuestras vidas dentro de su marco de sentido. Aquél que permita decirse, de modo verosímil, fatídicamente necesario. El de ser resulta insoslayable de la historia, de las ciegas fuerzas de una difusa economía o del carácter de su pueblo.

Subterfugios queevitan profundizar en la incómoda razón que define los límites reflexivos y formativos admisibles a los que se ve expuesta la ciudadanía. En los mecanismos de elección vital más convenientes y generalmente asumidos.En el medido calado del debate público que azuzanuestras mentes, así como su premeditado alcance. Todo ello contenido de sus posibles consecuenciasporlas costumbresimpuestas, garantes de la permanencia del statu quo dado.

Fruto del planteamiento de los intereses de aquellos que acaparan y regulan sus recursos productivos, la apuesta a la que responde el diseño de la estructura económica del país se erige como gran conformadora de nuestro mundo –interno y externo-, ante la que se pliega el conjunto de la arquitectura institucional de la que es reflejo. Mera veladora -ésta- de la continuidad de las bases de ordenación de la riqueza que la sostienen.

Así, cada régimen representa la particular consecución del modelo humano derivado de la necesidad que su esquema productivo impone. Y cuyo éxito o fracaso extienden sus consecuencias más allá dela duración del conjunto de biografías implicadas en el tiempo y espacio comprendidos por éste. Sublimándolas o arruinándolas.

Del mismo modo que la república autárquica agraria minifundista postulada porThomas Jeffersonrepresentó, en su momento, la opción por un modelo económico -esto es,humano- antagónico frente al industrial de Alexander Hamilton -que acabó por imponerse, moldeando su nación-, toda sociedad define -y queda definida- a través del enviteque ésta encarna. De la que dimana, tácita,la repartición de su riqueza así como las expectativas de bienestar y justicia social que ésta sea capaz de proveer a sus integrantes. Siendo cada uno de nosotros inconscientes reproductores de la estructura moral más adecuada a tal propósito.

Al calor de los incendios que están asolando la mal llamada España vacía-abandonada por la promoción del presente modelo productivo terciarizadode enfoque eminentemente especulativo y urbano-así como de la sempiterna espada pendida de la crisis de los precios alimentarios, el rugir del malestarproveniente de nuestros olvidados campos debiera hacernos reflexionar sobre el tipo de sociedad que se nos ha hecho alumbrar.

Centrado nuestro esfuerzo nacional en la ensoñación desmaterializada de los servicios, la atención y respeto de nuestras instituciones a los mecanismos efectivostangibles más evidentes de reproducción de nuestra sociedad han sido descuidados. Alejándonos de la necesidad lógica y del rigor quela fastidiosa fisicidad -de la que dependemos- impone, y que entra en abierto conflicto con la cómoda virtualidad fantasiosa en la que se desenvuelve el relato de nuestras arropadas dinámicas citadinas de consumo.

Desenfocada, nuestra visión ha dejado de percibir la dureza efectiva sobre la que se asienta la realidad materialde nuestro sustento. Sesgados por el diseño mismo que habitamos, se nos ha hecho imaginar que se puede vivir de espaldas al campo y a la vieja –pero muy vigente- concepción moral que aún preservan sus gentes. Y de la que todos provenimos y dependemos.

Una moral que no encaja con el lánguido y complaciente modelo general al que nos han llevado a parar aquellos que fundamentan su ventaja en éste. Una moral realista que aún alberga la sensatez de reconocer que el tesón es indispensable para obtener sus frutos pero que no es garante de éstos, o que el verdadero valor no puede estar supeditado a una simple moda. Una moral inútil para los propósitos para los que hemos sido criados, pero que no podemos permitirnos ignorar. Labradacon el sacrificado sudorde sus gentes. Sus trabajos y sus días.

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