“He perdido memoria”, por César García Cimadevilla.

César García Cimadevilla.

Los médicos me dicen que mi memoria ha perdido un setenta y cinco por ciento de su capacidad. Me han reconocido esa minusvalía. Pero hay algo que sigo recordando. Yo era guardia civil. Aquella mañana me había tomado solo un café porque no tenía tiempo. Sé que trabajaba en el SEPRONA y que iba en tren al trabajo como todos los días. Sí recuerdo que aquella mañana me cambié de vagón porque vi a un compañero. Fue un extraño toque del destino. Nunca veía a compañeros en otros vagones, pero aquella mañana sí vi a uno y eso me salvó la vida. Sé que me jubilaron a los 36 años. Y aunque he perdido un setenta y cinco por ciento de memoria todavía recuerdo cómo tras la explosión intenté sacar a gente del vagón. Cuatro se me murieron en los brazos. Pude recoger su último aliento, pero ni siquiera tuve tiempo para desearles un buen viaje al más allá. Ustedes no saben lo que es eso. No es lo mismo que tener un gatito muerto en los brazos, atropellado por un coche o mordido por un perro. No es lo mismo que recoger el último suspiro de un animal envenenado a disparado por un furtivo. Hay algo más. Arrancamos los asientos y los utilizamos de camilla. No saben lo que es contemplar los ojos abiertos de los muertos, el silencio de los heridos que trasportábamos, el sonido infernal de los móviles. Ustedes no pueden saber lo que es eso. Una semana más tarde me destinaron al País Vasco, luego me jubilaron. Hay mañanas en las que no quiero levantarme. No tengo nada que hacer y aunque he perdido la memoria siempre recordaré lo ocurrido aquel 15 de marzo, hace ya quince años. Por suerte tengo a mis perros. Me obligan a levantarme de la cama. No sé cómo lo saben, pero conocen la hora de levantarse. Me pueden dejar media hora, si me ven muy mal, pero luego comienzan a lamerme y a mordisquearme. Uno me lame la cara y la cabeza y el otro mordisquea los dedos de los pies. Me veo obligado a levantarme. Sobre todo si me hacen cosquillas. Me quieren mucho y yo les quiero a ellos. No hubiera podido soportarlo sin su cariño. He perdido mucha memoria, pero hay algo que siempre recordaré. Hoy se cumplen quince años. Lo peor de todo era sentirme culpable de seguir vivo. Hoy lo llevo mejor, aunque no dejo de preguntarme por qué me eligió el destino para cambiarme de vagón.

Creí que estaba muerto
Llevaba pocos meses en Madrid. Aquella mañana tenía mucho sueño. Me senté abrazado a mi mochila. Temía perderla. La explosión fue como si todo el universo reventara. También reventaron mis tímpanos. No sé cómo llegué al suelo. Creí que estaba muerto. Tenía que estarlo. No era capaz de levantarme y tras aquella explosión todos en el tren deberíamos estar muertos, incluso en la estación, en el país, en el universo. Tras una explosión así todos deben de estar muertos. Me toqué el pecho y noté mi corazón galopando. Estaba vivo. No podía creerlo pero estaba vivo. Durante meses tuve problemas con los vecinos porque según ellos ponía el televisor muy alto. Puede que fuera cierto pero a mí me costaba escuchar las noticias. Tardé tres meses en cobrar el paro y a mis hijos les he prohibido subir en tren. No puedo escuchar el pitido de un tren, me vuelvo loco, por eso me mantengo alejado de las estaciones y de las vías del tren. Pero lo más duro de todo, algo que nunca olvidaré, fue escuchar los gritos de algunos heridos que no conseguían encontrar sus piernas. Recuerdo que entonces me dije que así era la muerte y no sé si me pareció mejor o peor de lo que yo había imaginado.

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