Hace ahora un siglo (9)

Por Eusebio Lucía Olmos.
El verano de 1915 fue especialmente caluroso. En Andalucía murieron varios obreros por este motivo, produciéndose también múltiples incendios en diversos puntos de su geografía. Los españoles que podían abandonaban las grandes ciudades para pasar el verano al resguardo de aquella persistente ola de calor. Los centros de veraneo estaban llenos de «nuevos ricos», que habitaban lujosas casas y exhibían ostentosas galas, pero mantenían sus maneras plebeyas. Despertaban la desdeñosa sonrisa de los señores «de antes», con los que en vano intentaban intimar. Se les podía ver en los casinos, haciendo grupo aparte, aislados, incómodos, suspicaces, como extranjeros recién llegados a un país hostil. La guerra les había ido alejando de sus antiguos ambientes familiares de pequeños comerciantes, para verse convertidos de la noche a la mañana en prósperos y agresivos especuladores, sin conseguir ser aceptados en el mundo al que aspiraban, cuyo rechazo les llenaba de humillación. Eran como náufragos en un mundo dorado que no les reconocía como suyos.
Los reyes, su familia y la Corte se trasladaron la primera parte del verano a La Granja, desde donde don Alfonso podía hacer frecuentes desplazamientos a la capital por intereses oficiales o privados. Cuando el calor de julio apretaba, fijaron su residencia en San Sebastián y Santander simultáneamente, a cuyas ciudades llegó el monarca luciendo sombrero de paja y corbata con los colores nacionales, que enseguida puso de moda entre las colonias veraniegas. Se dijo que con la pretensión de animar en una segunda oportunidad a las personas que, pudiendo concurrir, no lo habían hecho, a cubrir los empréstitos emitidos como suprema necesidad nacional. Ese verano hicieron también furor los abanicos con los retratos de los jefes de Estado de las naciones en guerra, los alfileres con la efigie del Kaiser para corbata y los dijes de reloj miniatura de un cañón francés, con lo que damas y caballeros exteriorizaban sus simpatías por unos u otros beligerantes. Pero también hubo madrileños castizos que, no sintiéndolas por ninguno de ellos, colgaron un cartelito de sus solapas que decía: «No me hable usted de la guerra». Los que no tenían otro sitio adonde huir del calor, no tenían más remedio que aguantar los cincuenta grados que se llegaron a alcanzar en Madrid, con su asistencia a las veladas en los teatros de verano, o a las novilladas nocturnas y luchas grecorromanas de la Plaza de Toros. O simplemente acudiendo a la caída de la tarde al parque del Oeste o a los jardines del Buen Retiro, donde la banda municipal, bajo las órdenes del maestro Villa, ofrecía interpretaciones nocturnas del «Parsifal», «La sinfonía del Nuevo Mundo» o «El aprendiz de brujo».
A pesar del calor sofocante, la mañana del domingo 17 de julio una numerosa manifestación de duelo de más de mil personas acudió al cementerio de San Isidro para dar el último adiós a la famosa cupletista Consuelo Vello, que había fallecido el día anterior, sin haberse repuesto de la intervención quirúrgica a la que había sido sometida unos días antes en el sanatorio del Rosario.  En el mundo de la farándula había sido conocida como “la Fornarina”, y era hija de un guardia civil gallego. Sus atractivas formas, junto a su encantadora sonrisa y su aire de inocencia, más que su calidad como cantante de los cuplés en voga, la habían hecho famosa en breve tiempo, habiéndola puesto de moda las revistas ilustradas, desde las primeras que recogían su actuación que la hizo famosa, en su desnudo del «Pachá Bum-Bum», hasta las que habían sido utilizadas para la campaña publicitaria de la perfumería Gal. En todas ellas se podía admirar la mayor parte de su anatomía, pudiéndose apreciar también en muchas cómo lucía en su garganta una estrecha cinta de la que colgaba aquel formidable y célebre brillante que, según decían, estaba valorado en ocho mil duros. Y es que su fama había saltado pronto nuestras fronteras, posibilitándole la firma de importantes contratos en el extranjero, donde su dedicación y afán de aprender le permitieron adquirir una cierta educación, de la que fueron base su facilidad para los idiomas a la vez que su nativa elegancia. Incluso venciendo las numerosas críticas adversas.
Las cuestiones sentimentales no le iban tan bien, pues la cupletista mantenía tormentosas relaciones con el famoso letrista de sus canciones, el escritor madrileño Juan José Cadenas. Disfrutando éste de una cómoda existencia junto a la famosa, mantenía a la vez relaciones con otras bellas cantantes, provocando escandalosas escenas de celos con Consuelo, quien sentía verdadera adoración por el poeta. Pero el atrevimiento del compositor había llegado al máximo cuando le retiró los permisos de interpretación de las canciones que para ella había escrito. Incluso había quien aseguraba ya que todos esos disgustos habían provocado en “la Fornarina” la aparición de la cruel enfermedad que la llevó a la muerte.
El tórrido calor de aquel verano invitaba a acudir en busca de remansos de frescor. A lo largo de las carreteras que salían de Madrid, y aprovechando amplios espacios al aire libre que acotaban con cercas de maderas y cubrían con frescos emparrados, beneficiándose al mismo tiempo del precio más barato de un vino que no pasaba los fielatos, habían ido apareciendo un buen número de ventorrillos y merenderos. Las tardes domingueras acudían a ellos numerosas familias que podían permitirse ese pequeño lujo, y que dejaban buenos rendimientos a esa incipiente industria hostelera, sobre todo desde que los tranvías facilitaban la salida del centro de la ciudad. En algunos, hasta se montaban bailes populares al son de un organillo o de una pequeña orquestina de cuatro músicos y el del bombo. Se consumían raciones de cangrejos, caracoles, pajarillos, chuletas y cabezas de cordero, conejos y aves de corral en salsa, acompañadas de grandes ensaladas de lechugas, tomates, pepinos y cebollas de la propia huerta, y tarugos de escabeche y aceitunas negras bien aliñadas. Se bebía valdepeñas de distintas calidades que el mesonero conservaba fresco en odres y cubas apiladas en la bodega, y que sacaba en frascas a las mesas. Algunos, a los que sólo les alcanzaba para pedir una buena ensalada, llevaban también ristras de chorizos, trozos de jamón o simplemente de tocino entreverado, que habían adquirido previamente en sus habituales puntos de venta, normalmente más económicos. Incluso había quienes llevaban camuflado un puchero donde llevarse a su casa los restos del condumio. Los chicos tenían costumbre de hacerse con las patas de las gallinas, para jugar después a tirar de los tendones haciendo encoger y estirar los dedos arrugados de largas uñas, como si estuvieran vivas. Chuletas de cordero y un par de ensaladas, regadas con unas buenas y refrescantes limonadas que eran especialmente de agradecer, solía ser el menú familiar más corriente, habida cuenta de la temperatura de los domingos de aquel agosto, que se iba mitigando a medida que el frescor de las próximas huertas se hacía notar tras la caída del sol.
Una noticia rompió la monotonía de aquel tórrido mes de agosto, como fue que los submarinos alemanes hundieron otros dos barcos cargueros españoles, el Peña Castillo y el Isidoro, en aguas del Canal de San Jorge, cuando ambos transportaban mineral de hierro. De los veintidós tripulantes del primero, sólo se salvaron tres. Los del segundo fueron avisados por el comandante del submarino atacante que, desde superficie, destacó un bote para mandar que el buque español se detuviese, subiendo a bordo un oficial que examinó la documentación de los tripulantes, comprobando que tanto éstos como el buque eran españoles, a pesar de lo cual les ordenó abandonar el barco sin pérdida de tiempo. Fueron inútiles cuantas protestas formuló el capitán del Isidoro, dándose la curiosa circunstancia de que era germanófilo, y al salir de Bilbao lo hizo pertrechado de una caja de botellas de champagne para obsequiar al capitán del primer submarino alemán que lo visitara. Pero no tuvo ocasión de ello, ya que tras abandonar urgentemente el barco junto con el resto de la tripulación en los correspondientes botes, fue aquél inmediatamente cañoneado por los alemanes, hundiéndose en menos de diez minutos, con la caja de botellas en su camarote. Sumergido el atacante, quedaron los tres botes a merced de las olas, hasta que fueron recogidos por barcos ingleses que los trasladaron al puerto de Cardiff. Tal suceso no alteró las relaciones del gobierno español con el alemán que, con buenas palabras de su embajador, príncipe de Ratibor, y promesas de interesantes compensaciones, intentó una vez más que aquél se inclinase hacia los imperios centrales.
Fue pródigo también aquel cálido verano en motines y huelgas a lo largo de toda la geografía nacional, exponentes de la pésima situación social que se vivía, al socaire de la «tregua patriótica» que demandaba el Gobierno. Por si fuera poco, los catalanistas incrementaron también su hostilidad al gobierno con afirmaciones separatistas y continuas críticas a su inoperancia, que quiso Dato acallar con la preparación de un viaje real a Barcelona para el mes de octubre. Pero éste sería malogrado por el veto de la Lliga, un exponente más de que el catalanismo reafirmaba su fuerza.

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