“Florentino”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
El olor de su after-shave permanece incólume en mi memoria. Su fragancia, arrastrada a su paso por entre los grupos repartidos a lo largo del aula, etéreo testimonio silente de autoridad. Aún hoy me la sigue evocando. Arremolinados, grupos de no más de cinco alevines por mesa -con no más de otras tantas primaveras encima- nos esmerábamos en desentrañar ese misterioso arcano que se encerraba tras el mecanismo de la suma.

Abiertos, vemos emerger torrentes de zanahorias, conejos, gallinas y demás ralea de nuestros cuadernillos de portadas amarillentas. Conformando el enigmático universo a desentrañar. Perdidos, todos, en el laborioso laberinto del aprendizaje inductivo emboscado en lo particular, nos esforzamos -luego lo sabría- en fingirnos entender lo que hacemos.

¿Guarismos? Concepciones demasiado elaboradas para que mi mente infantil los manipulase con ágil seguridad. Puestos en tensión, mis escasos rudimentos de comprensión matemática me llevan a intentar franquear la situación de la manera menos pedestre que, bisoñamente, podía concebir. Tenuemente -para borrarlos luego- trato de dibujar, junto a las cifras que componen la ristra de cuentas, los puntos equivalentes a éstas conforme a como aparecen típicamente representadas en las caras de un dado. Así, de un modo nada sutil -lo concedo- acabo contando, sí no más bien cantando, los que finalmente quedan representados. Mi mejor recurso en tal fecha. El único. Todo comienzo es frágil.

Consciente de la precariedad de mi sistema, la siempre dubitativa inseguridad del debutante me asalta. Incitándome a levantar la mirada para observar el ensimismamiento contenido en el silencioso canturreo del proceso seguido por mis compañeros de mesa. Recorro sus lechosos rostros fruncidos por un incontable registro de gestos. Rumiando para sí las cuentas, sacuden sus cabezas mientras me asalta la duda sobre su aparente dominio en el manejo de una -para mí- aún inasible abstracción.

Azorado ante la normalidad con que parecen desarrollar sus respectivos monólogos interiores, mi mente busca el origen de mi vergonzante falta de destreza con la vista colgada de mis enfrentados vecinos. Perdido el foco. Difuminada su imagen. Algo parece faltar en ella. En ellos. Mancos.

Agachado un instante para recoger el lápiz -que intencionadamente dejo caer- mi rostro dibuja una lúcida y maliciosa sonrisa. Ocho manos dubitativas replegando y contrayendo sus dedos en un incesante juego espasmódico bajo la mesa encierran la respuesta a mi perplejidad. Furtivos a los ojos del profesor, surge ante mí la precaria base oculta tras el aparente dominio de un abstracto.

Pasado el tiempo hay costumbres que conviene dejar atrás. Uno acaba por entender que una operativa seria no puede estar basada ni en dados ni en dedos. Y sin embargo, mucho de la indigencia intelectual de ello permanece -con pasmosa normalidad- en nuestra realidad política supuestamente adulta.

Observar la incoherente guerra de cifras emprendidas por las instituciones de los diferentes estamentos del gobierno –central y autonómico- en torno a los conciudadanos fallecidos por la trágica pandemia, para establecer sobre éstas su relato -con la anuencia acrítica de una clase periodística servil-, no resulta menos infantil ni vergonzoso que la insolvencia preescolar que presencié antaño. Dotada así -por omisión- de un curioso álgebra susceptible de ser moldeado conforme a los intereses partidistas, la nación desiste y tolera la pérdida de todo aroma de autoridad capaz de centrar un ecuánime y crítico debate público asentado sobre la incontestable certeza matemática que debieran arrojan los números. Cuantificadores y calificadores de una única realidad común.

Consolidada la práctica del sesgo faccioso de las cifras con las que es bombardeado, al ciudadano -incapaz ya de confiar en la certeza de dato alguno proporcionado por las instituciones- sólo le resta la convicción de saber que éstas son resultado de manejos bajo mesas que, lejos de aulas ya, no pueden sino hacerle sentir estar siendo tratado como un párvulo.

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