Fitzgerald

Gonzalo González Carrascal.

Por Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
“Pobre hijo de puta”… masculla Dorothy Parker. Contempla el cuerpo frío de un patricio del Parnaso de cuarenta y cuatro años. El de la voz que mejor y más bellamente constató un tiempo. Los años del más fulgurante exceso y posterior caída ad ínferos. El arrebato de una sociedad imbuida en una dinámica de dinero fácil y desaforado consumo satisfaciente. Una época en la que todo quería lograrse en el instante porque, simplemente, no había mañana. La Era del Jazz, a la que él contribuyó como nadie a levantar acta y cristalizar con una prosa dotada del más delicado de los encantos. Una era que fue, y que sigue siendo, a pesar de lo que era. Nada cambia para quien no quiere aprender. El Hombre jamás lo hace. Su vida es un permanente ver volver.
En el féretro, la sombra del genio abraza su propio destino, en un ejercicio de la más extrema coherencia. Convertido él mismo en su personaje, nunca dejó de ser el lúcido relator de su propia historia. Tras su ascenso y caída, sólo le resta el olvido. Ese olvido ya intuido por Gertrude Stein, al bautizar a ese grupo de geniales locos al que él pertenecía, perfectamente alojados en sus felices años veinte parisinos, como ‹‹La Generación Perdida››. Animales ya de un tiempo propio, ajeno al tiempo. Frutos de aquello a lo que la vida quísose asemejar, al menos, en un momento dado. El tiempo pasó sobre ellos. Sólo eran ya su excrecencia y testimonio.
El retorno a su formulación en referencia al millón de jóvenes españoles emigrados desde el inicio de una crisis que lejos queda, siquiera, de ser atajada, debiera hacernos cuestionar seriamente la consistencia del relato político y social que habitamos. La incapacidad de hacer del espacio nacional un ámbito de oportunidades de realización y crecimiento para todos sus ciudadanos evidencia una insolvencia ejecutiva y política de tamaña magnitud como la de los errores que la misma insolvencia ejecutiva y política indujo en la consecución de la actual crisis que padecemos.
Generación Perdida. Su dureza parece no afectar nuestra sensibilidad, una vez acostumbrados a su enunciado. -Nada impide más efectivamente ver en perspectiva que un primer plano.- Su expresión, en extremo lacerante, contrapone a la promesa del nuevo tiempo que, por derecho propio, corresponde a toda nueva generación vivir –o, al menos, intentarlo-, la negación misma de su propio desarrollo. Así quedan, pues. Perdidos. Extraviados. Relegados. O echados a perder. Es lo mismo. Pues sólo se tiene por perdido lo que no se intenta siquiera encontrar. Los olvidados de una época que no se desea recordar. Abocados a ser semillas llamadas a morir sin fruto, en su propia tierra.
Un millón de jóvenes ciudadanos españoles relegados a un olvido políticamente necesario. Su salida permite el acicalamiento de los datos oficiales de desempleo, la reducción de la presión social en el mercado de trabajo, así como el aborto de toda dinámica regeneracionista que el brío de una juventud desencantada podría desatar. Sobran. Su ausencia permite el desentendimiento político en la solución de un problema socioeconómico nacional de primer orden. Sobran. Pues su mera consideración cuestiona el diseño, previsión, gestión y desarrollo de una planificación nacional que brilla por su ausencia. Sobran. Pues su sola mención renueva el recuerdo de lo que son fruto: los excesos, la falta de inteligencia y cortoplacismo en las decisiones políticamente tomadas,… así como la aquiescencia social ante una situación económica pretérita –en nada lejana-, puramente especulativa aunque aparentemente favorable, y en la que se quiso creer, a pesar de saberla todos ficticia y pasajera. Sobran. Pues son testimonio de la inepcia de la que todos hemos participado. Sobran. Pues son nuestro reflejo en el espejo de la vergüenza. Lo que no queremos ver de nosotros mismos. La incógnita problemática de una ecuación que no se desea resolver.
Y sin embargo, a poco sentido que tengamos de respeto hacia la nación que decimos ser, debemos afrontarla. Es una exigencia ya ni siquiera moral, sino constituyente. Si somos lo que decimos ser, hemos de estar a la altura del relato que nos dota de sentido como comunidad política. La recuperación de los perdidos es un mandato constitucional. Acudiendo a nuestra Carta Magna, Título I (De los derechos y deberes fundamentales), Capítulo Tercero (De los Principios Rectores de la política Social y Económica), emerge ante nuestra mirada, y para nuestro sonrojo, el Artículo 42: “El Estado velará especialmente por la salvaguardia de los derechos económicos y sociales de los trabajadores españoles en el extranjero y orientará su política hacia su retorno”.
Cuando una sociedad se convierte en un espacio convivencial, donde la alternativa se resuelve entre la precariedad o la salida sin opción de retorno, no es un espacio de convivencia sino de exclusión y sometimiento. Quiebra su propia razón de ser y la condición ciudadana queda relegada a mera etiqueta formal, sin contenido alguno. Está en nuestra mano exigir una política en máxima mayúscula que, alejada de intereses mezquinos y cortoplacistas, frutos de la más infantil e irresponsable inmediatez, reelabore el espacio socioeconómico en su sentido más amplio, para dar cabida a todos. De fallar en este punto, los perdidos seguirán existiendo para nuestra vergüenza, pero seremos nosotros, como sociedad, los que lo seremos. Para aquél que se ve abocado a partir de su país, ni París -ni ciudad extranjera alguna- fue jamás una fiesta.

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