El mito de Orfeo

Por Mari Ángeles Solís del Río.
Retazos de recuerdos se nos agolpan a veces, obstaculizando el futuro. Ya lo dijo un poeta: “el recuerdo entristece lo mejor de la vida”. Porque, suele ocurrir, que relegamos a un segundo plano el momento actual, mientras divagamos por otros tiempos intentando rescatar algo de lo que pudo quedar, sin pensar que el camino sigue hacia adelante. Y, puede ocurrir, que un pequeño paso en falso, nos haga caer en el abismo.
Relatos mitológicos nos hablan de Orfeo. Y, por unos segundos, pido que cerremos los ojos y escuchemos la lira. Así enamoró a Eurídice, un amor más allá de la muerte. Así logró dormir a Cerbero, un amor más allá del rencor. Porque nadie dijo que el inframundo estaba al final del precipicio, o sólo era el final de un túnel rocoso, donde la luz que marcaba el final sólo llegaría escuchando con el alma.
Aquella lira que Orfeo tocaba, hacía descansar las almas de los hombres. Calmaba a las bestias, movía árboles, rocas, detenía el curso de los ríos.
Orfeo brilló con luz propia. Poeta, músico… inventó la cítara y añadió dos cuerdas a la lira, pasando a tener nueve cuerdas, en honor a las nueve musas. Pionero de la civilización, enseñó a la humanidad las artes de la medicina, la escritura y la agricultura. Con su lira marcando con sus notas melodías indescriptibles, llegó incluso a ganar la batalla al canto de las sirenas. Fue cuando se unió a la expedición de los Argonautas, donde protegió a sus compañeros de aquel canto y de ser devorados, ahogando las melodías de las criaturas marinas.
Pero hablar de Orfeo, es hablar de Eurídice. Su gran amor. Cuentan que murió por la mordedura de una serpiente, maldita criatura que se arrastra desde los orígenes. Orfeo lloró amargamente su pérdida, a orillas del río Estrimón. Cogió su lira y tocó, esa música era puro dolor, tristeza que aprisiona el alma y la despedaza. Su melodía no sólo reflejó su llanto, sino que las ninfas, los dioses, fueron alcanzados por esa envenenada flecha del dolor. Y todos ellos, le aconsejaron que fuese en busca de su amada, que viajase hasta el inframundo para no separarse de ella por nunca jamás.
Así fue que Orfeo inició el camino hacia el inframundo en busca de su amor. Los peligros saltaban a su paso, pero con la música de su lira, lograba hacerlos a un lado. Hasta los tormentos se ablandaron con sus notas… sus sentimientos eran tan fuertes, tan profundos, que logró rescatar a Eurídice para regresarla al mundo de los vivos. Sólo había una condición. Él debía caminar solo, delante de ella, sin poder mirarla, ni mirar atrás, hasta que hubiesen atravesado las tinieblas y alcanzasen el mundo superior. Una vez que los rayos del sol bañasen por completo el cuerpo de Eurídice, él podía volverse a mirarla.
Orfeo caminaba ansioso, impaciente, todo el trayecto con una sensación indescriptible, sin ni siquiera poder mirar atrás para asegurarse de que su amor le seguía y no había perdido el camino. Los demonios salían a su paso y él debía mantenerse firme y erguido sin volver la cabeza. Parecía eterno aquel sendero sin respuestas…
Por fin llegaron a la superficie. La desesperación de Orfeo era tal, que, al empezar a ver los primeros rayos de sol, un movimiento brusco le hizo volverse, y un segundo más sin ver a su amada sentía que le haría perder la razón… pero fue ese segundo lo que le sepultó!!! Los rayos de sol no habían cubierto del todo el cuerpo de Eurídice. Tenía aún un pie en el inframundo… y, así, al igual que la música se la lleva el viento, el cuerpo de Eurídice se desvaneció en el aire… y esta vez, para siempre.
Quizá lo importante no esté al final del camino. Quizá sea el propio camino el que nos enriquezca. Somos almas con sentimientos, que se estremecen con poemas, con música. Todos tenemos algo de Orfeo, porque siempre hay necesidad de mirar atrás, más aún cuando está lo que amamos… No olvidemos que no somos más que peregrinos, vagando bajo el mismo cielo, por sendas paralelas.

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