“El alma oculta”, por Mari Ángeles Solís.

Mari Ángeles Solís del Río.

Antes o después tendría que decirlo, confesar su crimen: “No quiero a nadie. Soy una roca”. Y, al deslizarse su voz, el espejo saltó en mil pedazos, devolviendo una imagen distorsionada de sí misma.

Las alas del viento, arañaron lo que antaño fue una piel suave. Y, aquel lejano cantar, no era más que un maleficio que recordaba haber escuchado en tierras altas. Se había hecho tarde para todo: tarde para vivir y tarde incluso para morir.

Tras la cortina se veía una silueta macabra, paseaba de un lado a otro con clara actitud nerviosa. Pero ya no esperaba nada, ya todo había muerto. Había regresado de tierras altas, la había visto con sus propios ojos… aquella bestia escondida que se encontraba siempre al acecho.

Cuando el agua resbalaba por la roca buscando su vertiente, las pequeñas gotas golpeaban de manera insistente queriendo llamar la atención, como si fueran lluvia de primavera que, cuando llega, se olvida de haber regresado.

El pequeño balcón daba a la calle. Ahora estaba vacía. Con un golpe en seco seguro acababa todo. Aquel sufrimiento de haber visto lo más sucio y podrido de la humanidad la había marcado, e intentaba rebelarse sobre aquel sentimiento. Pero no era capaz de dar un solo paso hacia adelante. No lograba encontrar, entre los recuerdos de su maleta del tiempo, la pieza del puzle que encajaba: no era otra que el olvido.

Pudo verse a sí misma reflejada en los pocos trozos que quedaban del espejo. Parecían aristas de intención asesina. Y sabía que no era ella, que un odio extraño la estaba, tristemente matando. Nunca debió ir allí.

Acaso, lo mejor, era dejar que todo muriera. Ella no era así, ella no era el odio que había visto en aquellas gentes… pero sabía que no la dejarían vivir, sabía que rastrearían sus huellas hasta encontrarla y apuñalarla.

No había otra salida. Debía dejarse morir… pero, antes de recostarse en la esquina para convertirse en algo inerme, decidió coger una de las aristas del espejo. Vio sus propios ojos reflejados, secos, sin llanto. Quiso salvar algo bueno. Entonces, clavó la arista en su pecho y, cuando los chorros de sangre inundaron su vientre, sacó su propio corazón y lo puso en el centro de la sala. Seguía palpitando, en el suelo, como si fueran vientos del pasado los que le daban vida, y vientos del futuro los que le hacían vibrar.

Agonizando ya, su cuerpo se desangraba… casi sin consciencia. Una luz blanca y brillante entró por la ventana posándose ante la víscera, sola en medio de la sala. Y le dio dos alas, y le impulsó a volar…

El cadáver de la esquina sonrió y le murmuró, “¡¡vive, vuela, vive, vuela!!…”. Pero lo más importante que debía saber el alma limpia, jamás pudo decírselo el alma negra y oculta… antes expiró. Y se repetiría la historia, tal vez… Cada alma limpia que empieza a brillar lo tiene que saber, volar a tierras altas donde habita la maldad y el odio, lugares donde casi siempre llueve y casi nunca se ve el sol, tierras tristes y macabras donde habita el horror.

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