Editorial: «El último Waterloo»

Carles Puigdemont ha alquilado, por un precio prohibitivo para casi cualquier mortal, una mansión en Waterloo, a 20 km de Bruselas. Residencia ya para vivir, convivir y conspirar. No será empero este periódico quien critique los gastos personales de nadie, pero sí los atentados a la democracia.
En los últimos días de la primavera de 1815 los ejércitos franceses de Napoleón y los de los menos ilustrados aliados, iniciaron y culminaron una gran batalla que terminó con los días políticos del Emperador de Francia. Tras su caída llegó la reacción en Francia, vuelta después a la dictadura y la tristeza de La cartuja de Parma.
Waterloo para los independentistas no es una batalla, es una cueva donde refugiarse los malhechores contra la democracia. Ya no decimos contra la ley, aspectos normativos que conviene tomar con moderación, sino contra la democracia de un pueblo que no merece que menos de la mitad imponga una república a más de la mitad de sus electores.
Ya nos contarán las veladas en forma de confabulaciones. Ya tratarán de convertir el refugio, la caverna o la mansión, en un lugar evocador de la última cena. Porque para mitos y cuentos son imbatibles.
Lo que no se dice nunca, por vergüenza de los vencedores y por la humillación de los perdedores, es que en Waterloo hubo 63.000 bajas.

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