“Me siento ecuatoriano”, por Antonio Miguel Carmona.

“Ecuador grita por su libertad”. Por Antonio Miguel Carmona.

Ecuador es el paraíso terrenal y sus gentes merecen proseguir el camino para construir una sociedad más libre y más igualitaria. El 10 de agosto de 1809 comenzó una andadura de éxitos y fracasos, de sueños y frustraciones.

Celebramos en la Agrupación Socialista del distrito de Salamanca, hoy sábado, 10 de agosto, desde las 18 horas, en la Avenida de los Toreros 16 (Metro Diego de León y Manuel Becerra), de donde fui concejal tantos años, el día más importante de una nación que sueña con seguir prosperando.

Aquel día fue destituido el Presidente de la Gran Audiencia de Quito, constituyéndose en su lugar una Junta Soberana de Gobierno. Comenzaba así Ecuador a caminar hacia la prosperidad no sin sentir el dolor de la represión a la libertad desde su propio nacimiento.

De inmediato la reacción realista dispuso las tropas desde Guayaquil, Pasto y Popayán con el fin de aplastar la revolución quiteña y ajusticiar a los rebeldes, héroes de la libertad. Ecuador, sí, desde el inicio, sufre el dolor a cada paso en un camino de libertad que se abre no sin antes cruzar la espesura de sus enemigos.

Ya se habían levantado varias veces los residentes frente a los chapetones (españoles), a veces por motivos fiscales, como la Revolución de las Alcabalas (1592) o la de los Estancos (1765). Otras tratando los indígenas de sacudirse el yugo de la metrópoli.

Sin embargo, el Primer Grito de Independencia en Latinoamérica provino de Quito, siendo, como digo, aplastado por los realistas, encarcelados aquellos héroes y resuelta la reacción a aplastar cualquier nuevo paso hacia la libertad.

Cuando el dos de agosto de 1810 trataron de liberar a los sublevados, los presos fueron ejecutados y un nuevo derramamiento de sangre hizo teñir a Quito sus calles y de oscuridad una memoria que les perpetuará siempre.

Hoy vive el Ecuador momentos de inestabilidad y traiciones. Llegan desde la costa y la sierra noticias que perturban a tantos ecuatorianos -que para mí son tan españoles o más que yo-, y no nos queda más remedio que apoyarles gustosamente en sus reivindicaciones. Aquellos progresos de la izquierda ecuatoriana se han visto postergados por una nueva reacción.

Conocí al que fuera ministro de Economía en 2005 y presidente de la República después, Rafael Correa, Como profesor universitario de la misma asignatura que imparto yo en la Facultad de Ciencias Económicas. Con Correa se inició una senda de cambio en este país americano que muchos de sus compatriotas, hoy en día, echan de menos.

Rafael, aquel niño que pasó las penurias de un huérfano de padre y, quedándose sin hermana a muy temprana edad, tuvo que trabajar desde bien chiquito y compaginar su esfuerzo con los estudios. Buen estudiante, Correa fue becado en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil donde se licenció en Economía. Brillante, visitó universidades en Bélgica y los Estados Unidos. Matemático y economista, econometra en suma, leyó una tesis en la que demostraba los errores cometidos en los ochenta por la política económica latinoamericana.

Profesor de Economía durante tantos años, comenta que aún echa de menos aquellos lustros de docencia e investigación, del departamento al aula, alumnos que le regalaban una sonrisa en clases magistrales que muchos aún hoy añoran.

Defensor de sus ideas, siendo ministro de Economía, puso en práctica una buena parte de sus investigaciones académicas. Predispuso que las rentas del petróleo se destinaran a la educación y la salud, sobre todo ya presidiendo el país, antes que a saldar una deuda convertida en yunque sobre el corazón del futuro del Ecuador.

A Correa se le acusa falsamente de corrupción. Una práctica, tan impostada como patética, de la derecha en el mundo, para derrocar a hombres libres como es el caso también de Lula.

¿Cuál será el futuro ahora de nuestro Ecuador? Hoy, de nuevo, Ecuador grita por su libertad. Frente a la traición, frente a la reacción, frente a la mentira. ¡Viva Ecuador libre!

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