“Ecdisis”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Epidérmico. Sin más profundidad ni alcance, el nivel del debate público al que se nos ha habituado -y que forma parte consubstancial del disfuncional apuntalamiento del régimen vigente- exacerba su nadería a la vista de toda nueva elección. Enrocado en un retórico frentismo -sostén de un artificioso e inmoral faccionamiento social- arrastra su anodino discurso hasta lograr atrincherarse en los surcos surgidos en la fruncida frente de aquél que, con desagrado y extrañeza, presencia cuán bajo puede caer un sistema. Cuán poco puede importarle el bienestar de sus ciudadanos. Ni despreciar más abiertamente su inteligencia.

Acariciando la esperanza de una movilización electoral espoleada al son de elementales disyuntivas, las fuerzas concurrentes fingen, en el intento de arañar un puñado de votos, la más enconada de las hueras disputas en la consecución del ansiado éxito que el delicado equilibrio actual pueda brindarles. Infantil y sobreactuada puesta en escena que permite la tregua con la que apartar los prioritarios intereses generales. Descaradamente –descarnadamente- desatendidos. Y la respectiva, debida y consabida rendición de cuentas. Olvidada –ésta- en medio de la vacía vorágine de dimes y diretes, a la que los medios de comunicación contribuyen a dignificar con ampulosidad cortesana. Y aquiescente complicidad.

Tras el cascarón de la vana apariencia del absurdo -y el mal gusto-, sólo merece la pena prestar atención a la causa aparente -pues difícilmente se logra jamás penetrar en la real- que lo actualiza, nutre y perpetúa. La pretendida alteración de un equilibrio de coaliciones que, tras desnaturalizar su esencia ejecutiva constituyente –si acaso hubo llegado alguna vez a tenerla-, diluyéndose en juegos de intrigas, sólo evidencia la caprichosa y mera consideración privativa e instrumentalista que esta nueva generación política tiene de la operativa institucional. Y de la ciudadanía, a la que ésta sirve y tiene por solo propósito.

Falta fatal en la que la coartada de la adecuación de las fuerzas partidistas al más reciente resultado demoscópico, procedente o -más bien- inducido en la opinión pública, sólo en ésta redunda. No contribuyendo sino a empalidecer toda asunción de responsabilidad ante cualquier iniciativa ejecutiva mínimamente compleja y políticamente expuesta que pueda ser preciso, conveniente y pertinente impulsar. Hasta el punto de lograr emancipar así al decisor, y a sus socios de gobierno, de toda implicación en la decisión tomada. Y sus posibles consecuencias. Divorciando el acto de ejercicio de poder del mínimo atisbo de su naturaleza fundante. El compromiso.

Pues la dimensión sacral fundante del poder, del que dimana –emboscado tras su aséptica apariencia institucionalizada- su general acatamiento, no parte sino del principio sacrificial que asumen aquellos que lo ejerzan como garantía de la continuidad cierta de la comunidad a la que sirven. Con la finalidad de desterrar en su labor la incertidumbre de la vida ciudadana y lograr la emancipación social a través del encadenamiento del dirigente a la suerte que exige, y a la que aboca, el desempeño de su papel.

Por ello, cuando desde las instancias del poder no se contribuye a proyectar horizontes de certeza, ni se dan muestras de mayor arrojo en sus decisiones que los manejos que arrojan sus sombras -para afianzar sus propias certezas a costa de la seguridad del colectivo- hay algo radicalmente substancial que se está violando en lo más profundo del fundamento de la cosa pública. Que se mueve sibilinamente en el espacio que media entre la dignidad del hombre de estado que sabe que no hay más opción ética que la de dejarse la piel en el empeño, y la de aquél que simplemente mudará de ésta las veces que fuere preciso. Reptando.

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