“Dummies”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
Un perfecto óvalo enmarca su semblante, endulzando la rigidez de unas facciones milimétricamente esculpidas. El trazo estilizado de su ceño, obstinadamente extraviado y cuidadamente inexpresivo, abriga el latente desdén de quien -instalado en una altanera superioridad- abriga recelo de toda presencia que pueda opacar su ego. Su boca, ligeramente abierta, dibuja la contenida e impersonal sonrisa por la que el hálito congelado de una naturaleza muerta se resiste a ser exhalado. Mientras, sus rígidos miembros fuerzan su postura en un escorzo -resueltamente exhibicionista y artificioso-, dibujando la estructura muscular latente bajo la sofisticada parafernalia de su traje.

Una figura, a su lado, diríase ignorarle. Sus labios, rojos, tamizan a través del cedazo de color la tez glacial de su rostro. Los estilizados brazos, levemente ocultos bajo las gráciles mangas de su blusa, y el sutil esbozo de su silueta -a través del ceñido del cinturón- endulzan el contenido hieratismo de su pose. Negras, sus largas pestañas prometen el vuelo contenido de dos mariposas fortuitamente atrapadas en la red del interrogante oculto bajo la fría tersura de su rostro.

Ante ellos, otras tantas siluetas -de desdibujadas expresiones- igualmente dispuestas y ataviadas, imitan los medidos gestos vacíos de sus enfrentados interlocutores. Espejándose. Bajo la impenitente claridad de los focos que les iluminan, la anodina reunión de formas parece imbuida -toda ella- de un tono de elevada y grandilocuente sofisticación, en la que la monocorde y superficial condición de sus integrantes queda opacada frente al diseño de la puesta en escena.

La impresión, que una sumisa perspectiva en contrapicado y cuidada iluminación cenital imponen, conforma un juego de escaparatismo cuyos componentes -mudamente unidos y mutuamente distanciados- pretenden representar. Aferrados a su medido estatismo, en el quiebro de sus poses, juntos fingen ante el observador el inconcluso movimiento que la impostada afectación de sus congelados gestos sugiere. Rígidos sus cuerpos, los maniquíes bailan.

La fútil tendencia con que la vitrina política ha venido a ser abigarradamente copada por una pléyade post-moderna de sintéticas figuras aparentes de dudosa consistencia -más allá de meras perchas en un expositor de moda- comienza a perfilarse como un riesgo cierto para la solvencia misma de nuestro sistema convivencial. Pertrechados del más engolado de los descaros -que sólo la ignorancia provee- se han erigido en reguladores del tiempo común con que una sociedad ha de evolucionar. Abocando a la parálisis social e indefinición institucional, a todos.

Arribistas. Fatuos, y conscientes de la estrechez de su registro interpretativo, sólo logran encontrar fundamento a su presencia pública asentando su acción en el estatismo. Y su discurso en naderías. Haciéndonos intuir, con desasosiego, que en el término «postureo» no se encierra un simple neologismo coyuntural, sino el significante que mejor enuncia la condición propia de sus vacuas naturalezas.

Mientras el decurso de la vida continúa, nuestra sociedad permanece embelesada ante la escena que nos es dada. En la esperanza de una palabra de determinación, de un movimiento resolutivo -que jamás llega a concretarse-, las figuras comienzan a mostrar sin recato, ante nuestra expectante mirada, el embuste de una promesa de pensamiento y acción eternamente pospuesta. Inconclusa. Enraizando en la contención de sus gestos la traición al instante -y cuanto de bueno la Vida ofrece en él- a una sociedad que no puede permitirse perder más el tiempo.

El escaparate de temporada de esta Nueva Política de saldo ofrece consigo lo que promete. Las rebajas de nuestro sistema institucional. El mercadeo de la voluntad popular, consubstancial a aquél que usa como medio de cambio aquello que se le confía para la frívola consecución de lo que ambiciona. La traicionada esperanza mitigadora de los males de una sociedad por cuenta de aquéllos que no hacen sino contribuir, por omisión, a éstos.

En tanto dure la receta interpretativa del No decir-No pensar-No actuar como garantía de permanencia de las figuras que decoran la escena pública, nuestra maltrecha sociedad seguirá padeciendo de irresolución. De la de aquellos que anteponen su persona o facción al interés general. De la de aquellos que sólo pueden concebir y ambicionar ser alguien. De la de aquellos cuyas estrechas miras les impiden imaginar nada superior a sí mismos. En tanto dure, seguiremos habitando esta fiesta de los maniquíes. No los toques, por favor.

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