“Donner”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal · @Gonzalo_Glezcar.
“Supongo que éste será mi testamento. Esto es para Diane… Al final del día van a venir a hablarte de esto. Y van a decirte lo que pasó. Pero lo que te digan no es lo que realmente ha pasado. Así que espero que escuches esto. Estaba tratando de hacer algo bueno…”. El  cadencioso titubeo de un fatigado Bruce Willis, presto a enfrentar su plausible final, reverbera acerado -en la voz de un Ramón Langa que le presta todo su viril empaque- componiendo el breve mensaje que, a modo de soliloquio, abre la escena. Y que encierra una determinación. Dejar el testimonio que esclarezca los motivos que dan razón de los actos de un hombre. De su significado. Antes de que el tiempo le dé alcance. Le dé caza. Y que parece encerrar, implícitamente, el manifiesto de su realizador. El de una vida destilada a través del matraz de cuarenta años de oficio que decide cerrar, con ésta, su última obra.

Intuir a un creador. Comprender una filmografía. Ese conjunto desmadejado de teselas sobre el que volcamos el anhelo de conformar con ellas el mosaico coherente del que emerja la imagen del hombre detrás del nombre. Ejercicio de composición intuitiva del puzzle desarmado de una vida. Seguida su cronología, algo crece en ella al margen del estilo. La definición de una idea. Subversiva ante el aire de un tiempo que sopla en su contra, mientras barre buena parte de un mundo que arde en deseos de decirse libre. Y que, asombrosamente, logra hacerla, en él, comercial.

Embebida su carrera en el contexto cultural de la iridiscente supremacía comprendida en el american way of life, su objetivo se posa sobre la imagen que sugiere el vacío encerrado en la tendenciosa falacia del cínico modelo de éxito social al que hemos venido consagrando nuestros denuedos y quebrantos. La farsa que encierra su dorado oropel. A través del hálito que infunde su obra, alejada de toda moralina burguesa, postula subrepticiamente una ética cierta centrada en el individuo. Pero diametralmente opuesta a la que oficialmente incardina a éste como ente autosuficiente sublimado por el sostenimiento de una identidad a la que rendir culto a través del votivo fetiche consumista. Sino como fuente de acción. De transformación y cambio, de sí y de su medio, a través suya. Y cómo ese medio -la comunión de sus iguales- es su sola vía de enmienda ética. Y única senda segura de redención colectiva.

Enfocándose la justicia social desde una perspectiva en la que la noción de éxito no es concebida como meramente individual, aunque sí lo sea el compromiso para que éste sea, los sujetos se yerguen como agentes capaces de asumir la posible determinación frente a todo cuanto menoscaba los fundamentos que sostienen el bien común. De hacer lo correcto. Abriendo el angular para incluir la muy optimista posibilidad de que los individuos puedan llegar a cambiar. Pues si algo puede mejorar, sostiene, es porque hay alguien que está dispuesto a cambiar. O a propiciar que esto suceda.

Sabe al hombre vulnerable. Y a la sociedad cómplice con su silencio. Y por ello no desea privar a sus personajes de la inherente debilidad de la condición humana –hasta Superman tenía su kryptonita-. Observa las aberrantes formas emergentes de un sistema económico y social cuyo relato acaba por ungir de dignidad y respetabilidad emprendedora lo que no es sino rapacidad, codicia o venalidad. Y frente a éste, hace a sus protagonistas encontrar en sí la fuerza precisa para enfrentar sus fantasmas. A pesar de todo. De todos. En el obstinado intento por lograr hacer algo bueno.

Hay hombres que me reconforta saber que están ahí. Vitalistas. Personas dispuestas a apostar por un modelo humano y un paradigma social basado en la entrega de lo mejor del individuo, frente a aquellos que sólo desean arrebatar para sí. Seres dispuestos a sostener el valor del papel de la responsabilidad ética del sujeto en la dignificación de la moral pública, y en el contagio del gozo por extraer de la vida el valor del instante y de la fraternidad con el otro. Cada vez quedan menos. Apenas ya sólo livianos sueños de celuloide frente a la marmórea realidad. Etéreos. Como lo fue aquella azarosa noche de vigilia mía en la que este niño del Bronx de noventa y un años -que troqueló mi infancia, mi subjetividad, mi persona- decidió atravesar el lienzo del crepúsculo. Pues ya saben ustedes. Un Goonie nunca dice muerto.

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