Democracia y políticas transversales

Ramón Porras

Por Ramón Porras.
La transversalidad, hoy día, es el espacio que, estratégicamente, se afana en ocupar la práctica totalidad de los partidos políticos, en España y fuera de ella. Resulta como una invocación que ha tomado relieve, al menos en España, desde que se produce la entrada en escena de las denominadas formaciones políticas emergentes. Pero su origen o atribución no nació ayer. Tal vez, este fenómeno ya estaba presente hace 20 siglos en las primeras comunidades religiosas en Occidente. La fe Judeo-Cristiana, en la antigua Roma, era esencialmente transversal, porque reclutaba con éxito sus acólitos en todos los estamentos de aquella sociedad. Pero, en política, otro universo distinto de las creencias religiosas, son otros los fundamentos que explican y justifican el aprovechamiento de la transversalidad que siempre es y ha sido fruto de la ideología; singularmente de la izquierda, aunque solo fuera de forma parcial. En el antiguo régimen e incluso más atrás, durante todo el medievo, sólo existía el poder feudal. La democracia era impensable, pura utopía, y ninguna significación cabía para una conducta transversal, que requiere como base, la institucionalidad de la democracia. Pero ésta no es sinónimo de transversalidad ni tampoco de ideología que constituye un sistema de valores, un modo de priorizar los recursos o de patrimonializarlos en beneficio de una clase social. Simplificando los conceptos, pudiera resumirse que democracia es un presupuesto, ideología, un marco de valores, y transversalidad, una estrategia que, acaso, pudiera identificarse con la ideología de esa izquierda posible (no solo social-democracia), y por último una aspiración de la derecha, en mérito exclusivo de una estabilidad que resulta, en ocasiones, socialmente injusta.
Además de esta breve reflexión existen otros interrogantes respecto de movimientos sociales que realizan una espuria instrumentación de la transversalidad, en aras de un supuesto progreso que no resulta tal, en la medida que tanto los populismos como los nacionalismos propugnan una esencialidad colectiva que, al no ser integradora sino excluyente, nos ofrece una esperanza de progreso que, a la postre, cercena incluso los postulados del liberalismo. Como es obvio, la estrategia de la transversalidad se aplica con los límites que impone el mapa del ADN, la xenofobia y la reprobación de las reglas que impone “el maldito Estado”, como señalara Gonzalo Díez.
La situación convulsa que zarandea los principios básicos de la Europa del bienestar respecto de la migración nos previene de que, por acción u omisión, los presupuestos básicos para la aplicación de la transversalidad electoral, está fallando: Italia, Polonia, Hungría, Austria… Pero no es el instrumento transversal el que disfunciona, sino el propio concepto de democracia. No valen las posturas de perfil, no valen los silencios ominosos. La democracia no admite adjetivos que la califiquen, porque entonces deja de ser democracia y para nada nos vale la transversalidad.

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