“De las cadenas” (2), por José V. Rioseco.

José V. Rioseco.

Amigo lector: ¿escuchas tú esos gritos que se oyen por ahí decir “Vivan las cadenas”? ¿Oyes chillidos que parecen decir “muera la nación”?

Porque las cadenas es lo contrario de la libertad, porque quién esta encadenado nunca es libre. Por eso, yo me pregunto si habrá alguien que prefiera estar encadenado a ser libre.

No parece lógico, ya sea el individuo o el grupo, pensar que alguien prefiera estar privado de su libertad, de su capacidad de tomar decisiones, de escoger su propio camino aunque éste le lleve a lugares o situaciones potencialmente peligrosas o perjudiciales para él.

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encumbre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Esto escribía hace ya cuatro siglos aquel descendiente de marranos (judíos conversos) que fue uno de los más grandes, sino el más, de los escritores en lengua castellana. Por eso es muy difícil comprender cómo puede haber individuos, y aun pueblos que deseen ser sometidos con cadenas.

Sin embargo así ha sido, según nos dice la historia, y probablemente seguirá sucediendo en el futuro.

Los apoyos, los aplausos y los buenos deseos de los pueblos que apoyaron el nazismo, por ejemplo, ¿no apoyaban la falta de libertad? ¿Acaso los regímenes totalitarios no tienen como una de sus cualidades esenciales el delegar la libertad individual, y aún la de la sociedad, en un pequeño grupo, e incluso a veces en una sola persona ? ¿Qué fueron -y aún son- los regímenes comunistas sino formas de gobierno esencialmente liberticidas ? Si esto es así, ¿cómo se puede comprender que haya individuos que apoyan a formas de gobierno que atentan contra la libertad individual o colectiva?

Pero ahí está la historia y aún, incluso, la actualidad. Millones de personas han vivido y aún viven sin poder ejercer su libertad.

El cuatro de julio de 1776 se escribió uno de los capítulos más hermosos de la historia de la Humanidad. En la Declaración de Independencia  de las colonias americanas de Inglaterra, uno de los párrafos dice: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad “. La libertad como derecho que no se puede enajenar, que cada uno tiene el suyo, y que ninguna autoridad sea ésta cual sea le puede quitar al individuo. El hombre es pues libre.

Sin embargo la historia está llena de situaciones en la que el hombre no pudo disfrutar esa libertad. No estoy hablando de la esclavitud, ni siquiera de los totalitarismos impuestos por la fuerza. Ahora estoy pensando en las “democracias” que, aun siendo mayoría en el mundo occidental, sin embargo apoyan, ensalzan y aún votan a partidos de hecho liberticidas.

Hace dos siglos en España el pueblo español, en una de esas crisis políticas y sociales tan frecuentes en el siglo XlX, gritaba “vivan las cadenas”. Las cadenas, sí, que impiden al hombre usar su libertad cuando no prohíben, incluso, hasta la capacidad de pensar. Quien no esté con la corriente imperante, la del poderoso, es culpable; sea éste el zar el furher, el caudillo o la opinión mediática. El que disienta será condenado.

Cuando leí por primera vez 1984 de Orwell, me pareció un libro demasiado imaginativo. “Eso en España y en estos tiempos no puede pasar”, pensé. .¿Un ministerio de la Verdad ? Imposible. “No es necesario”, me insistía. ¿Que las palabras signifiquen lo contrario de lo que se entienden por ellas? Eso es absurdo. ¿Que cada uno nos censuremos a nosotros mismos y seamos espías de nuestros vecinos y amigos? Aquí eso jamás. Y sin embargo…

Igualdad ya no significa tener los mismos derechos y las mismas penas en caso de igual delito. Si alguien dice que en cierto periodo de la historia hubo un gran progreso económico o que la seguridad en las calles era mayor que hoy… es posible que esté delinquiendo; si consideramos que nuestros gobernantes no deben mentirnos y que esto es suficiente para echarlos del poder, se nos tacharía sencillamente de tontos, de ingenuos e incluso de atrasados propios de otras épocas.

Al pricipio de este escrito te preguntaba, querido lector, si oías chillidos de “muera la nación”. ¿Lo oyes? Se oye en España. Sí, la nación, eso que no es más que el pueblo unido para apoyarse, buscar un fin común que nos ayude a conseguir fines que de otra forma no podríamos. La nación es la que consigue que cuando una casa arde en el pueblo todas las gentes se reúnan para apagarlo porque uno solo no podría. Es esa en la que en la Galicia de hace pocos años se reunían los domingos para limpiar y mejorar los caminos y “corredoiras” que el mal tiempo deterioraba. La nación es la que aporta alimentos al que la desgracia se los ha quitado. La que ya anciano te alimenta y da cobijo. La nación es la que en caso de peligro, sea éste el que sea, se une y todos a una tratan de defender vida y hacienda.

Por eso te pregunto amigo lector: ¿has oído por ahí decir “muera la nación”?

Que no vivan las cadenas y que siga viviendo la nación. Ese es mi deseo.

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