“Chernóbil, un desastre que no cesa”, por Carolina Gutiérrez Montero.

Carolina Gutiérrez Montero.

Carolina Gutiérrez Montero, investigadora biomédica.
El 26 de abril de 1986 tuvo lugar el accidente nuclear más grave (dentro de la considerada Escala Internacional de Accidentes Nucleares) que se recuerda, solo comparable con el de Fukushima ocurrido en Japón en el año 2011.

Ese día, fruto de una combinación de un mal diseño y de los errores producidos por los operadores, la central nuclear Vladímir I Lenin perdió el control de seguridad: un sobrecalentamiento descontrolado del núcleo del reactor 4 junto con dos explosiones y un incendio generalizado, dio lugar a uno de los mayores desastres medioambientales de la historia, causando a su vez graves efectos sobre la salud que persisten aún hoy en día.

El accidente de Chernóbil tuvo su origen en un mal diseño de la central nuclear, que además no disponía de un recinto de contención. Esto unido a que los operadores de la misma dejaron fuera de servicio voluntariamente varios sistemas de seguridad con el objetivo de llevar a cabo un experimento en el marco de un sistema en el que el entrenamiento era escaso, dio lugar a este desastre que afectó no solo a la región del norte de Ucrania (donde estaba ubicada la central) sino que los efectos sobre la salud se detectaron en zonas de Bielorrusia, Alemania y buena parte de Europa Occidental debido al polvo radiactivo que contaminó aire y suelo. La comida y el aire respirado fueron las vías principales de entrada de la radiación en los habitantes de estas zonas. Los elementos radioactivos se propagaron en más de 200.000 kilómetros cuadrados de Europa.

El reactor del tipo RBMK que tenía la central no hubiera sido nunca autorizado en países occidentales. La Unión Soviética por el contrario, sin ningún tipo de organismo regulador independiente que evaluase la seguridad de sus centrales, sí lo autorizó. Además las prácticas operativas de los reactores soviéticos no eran homologables a las de los países occidentales.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y recogidos en un informe publicado en el año 2005, y que han sido posteriormente puestos en entredicho, solo 50 muertes son atribuibles directamente a la radiación liberada en el momento de la explosión del reactor, siendo principalmente de trabajadores de servicios de emergencia que actuaron tras las primeras horas del accidente, sufriendo una exposición intensa y cuyo fallecimiento se produjo a los pocos meses de la tragedia.

Otros operarios que se encargaron de la descontaminación y cuyo desenlace no fue la muerte a los pocos meses, sufrieron importantes incapacidades físicas y psicológicas siendo en el 90% de los casos considerados inválidos.

Las afectaciones sufridas por los habitantes de las áreas anteriormente mencionadas se relacionan principalmente con el desarrollo de procesos oncológicos: 4.000 casos de tumores tiroideos en niños y adolescentes; incremento desconcertante de tumores en el sistema nervioso central en niños ucranianos; desarrollo de tumores raros y leucemias en niños de las zonas contaminadas de Alemania, Grecia, Escocia y Rumanía.

Nada despreciable fueron el número de casos de daño genético y malformaciones en bebés nacidos de padres expuestos a la radiación (más de 3.000), de abortos en toda Europa Occidental (200.000), así como el incremento de problemas en el sistema circulatorio, endocrino, digestivo y músculo esquelético detectado por las autoridades sanitarias de Ucrania, después del accidente en comparación con los detectados en años anteriores.

Muchos niños y jóvenes sufren hoy en día las consecuencias de los daños directos que sufrieron sus progenitores y que probablemente y por desgracia transmitirán a su descendencia generación tras generación.

Si de algo positivo sirvió este accidente fue para que el tipo de reactores RBMK se parasen definitivamente o se perfeccionasen gracias a programas de mejora de la Unión Europea, Estados Unidos y Japón. A su vez, tras el accidente, las compañías eléctricas del mundo propietarias de las centrales nucleares crearon la Asociación Mundial de Explotadores Nucleares, compartiendo información técnica, con el objetivo de conseguir los mayores estándares de seguridad y fiabilidad en la operación de las centrales nucleares.

En diciembre del año 2000 se cerró definitivamente la central, cerrándose la última unidad que quedaba en funcionamiento. Pero los principales problemas surgieron a raíz de cómo contener la radiación del reactor 4 que causó el accidente. Para ello se construyó un sarcófago para aislarlo del exterior. Debido a los deterioros del paso del tiempo hubo que cambiarlo en el año 2004. En el año 2016 se construyó el último que contiene actualmente el reactor, con una estructura y características especiales y a cuya fabricación han contribuido 28 países que han aportado los 1500 millones de euros que costó.

La tragedia de Chernóbil vuelve estos días a nuestra memoria gracias a una serie de televisión, pero la realidad siempre supera a todo. Las series pasan y a veces la memoria olvida.

Sin entrar en el debate de si energía nuclear sí o no, lo que es cierto es que el desastre de Chernóbil es para no olvidar. Y ahí están las pruebas de los miles de personas que sufrieron la radiación en su cuerpo, que viven con sus secuelas y que transmitieron muchas de ellas a sus descendientes. Por eso el desastre de Chernóbil no cesa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *