Editorial “El juego del pañuelo”

Hemos tenido la mala suerte de tener como estadistas en cada una de las partes a Mariano Rajoy y a Carles Puigdemont. Tan desgraciada fortuna que cada vez que uno responde al otro se echan a temblar instituciones, ciudadanos y democracia.
La pasividad de Mariano Rajoy se leerá en las enciclopedias. La negación de una realidad, darle la espalda a los problemas y dedicarse a lo superficial, nos hará pagar a todos como país un precio que ni un solo español merece.
El reto incesante de Puigdemont, su dependencia póstuma de la CUP, su atrevimiento inconsciente, su envalentonamiento mítico, le convierte en la peor pareja de baile del Presidente del Gobierno de España.
Como en el juego del pañuelo o como las epístolas de dos amantes imposibles, las cartas parecen carreras a satisfacer a los suyos en vez de solucionar un problema que lleva enquistado demasiado tiempo.
Bien es verdad que nadie puede saltarse la legalidad y disfrutar con imprudencia de patente de corso la violación de la ley y de las normas. Y Puigdemont se ha saltado el Reglamento del Parlament, el Estatut de Cataluña, la Constitución y casi todas las leyes.
Pero también es verdad que no cabe en cabeza humana que el problema político se solucione sólo aplicando la norma. Para ello debe funcionar la mano izquierda y la inteligencia de los hombres y mujeres que nos representan.
Inteligencia que pasa por saber solucionar el problema con sentido de Estado. Buscando salidas a la amenaza y a la demagogia. Inteligencia a la que son transparentes ambos dignatarios.
Porque, como en el juego del pañuelo, más que la inteligencia, inquieta el despiste y la carrera.

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