Editorial “18 Brumario”

Carlos Marx comienza el 18 Brumario de Luis Bonaparte diciendo: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se le olvidó agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”
¿Y si el resultado de las elecciones del 21 de diciembre fuera el mismo?, ¿y si la mayoría parlamentaria independentista, que no electoral, volviera a declarar la independencia?, ¿y si tuvieran que volver a aplicar el artículo 155? La historia se repetiría, ya no sólo como tragedia, sino como las dos cosas, como tragedia y como farsa.
Demostraría que no nos basta a los constitucionalistas con aplicar la ley, llevada a su máxima expresión por la petición hoy del Fiscal General del Estado. Porque no bastaría con el rigor de la mecánica penal, sino que faltaría inteligencia política.
Demostraría que no bastaría a los independentistas con la ficción de declarar una República Catalana en un mundo abierto, en una España democrática, donde más de la mitad de los electores, además, no son independentistas. Faltaría también inteligencia política.
Inteligencia política para sumar en la Constitución, en la igualdad y en el marco de nuestro país, a dos millones de catalanes que han decidido no ser españoles. Es la política además de la norma, el sentido común además del Código Penal.
Marx critica y parodia el golpe de estado dado por Luis Bonaparte el 2 de diciembre de 1851, consecuencia, dice, de la lucha de clases. Una burda imitación del golpe de estado de Napoleón Bonaparte un 18 de noviembre de 1799 (18 Brumario).
Puede que el 21 de diciembre se obtenga una mayoría constitucionalista en el Parlament y que la situación retorne a una normalidad sin que el problema siquiera se haya resuelto. O puede que el 21 de diciembre el resultado fuera el mismo y, en consecuencia, el problema tampoco se habría resuelto.
En cualquier caso el problema estaría por resolver. Porque unas elecciones son un paso hacia la solución, pero no son la solución en sí misma, ni en su convocatoria, ni en su resultado. Porque la historia tiende a repetirse dos veces: una vez como tragedia y la otra como farsa.

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