«Carta de Milarepa desde el Tibet» (XX), por César García Cimadevilla.

César García Cimadevilla caricaturizado.

Me estás metiendo en un lío “pistonudo” como decía tu papi, que en paz descanse. Ahora quieres que me convierta en el narrador de las tres o cuatro historias que están sucediendo en diferentes dimensiones, como historias literarias paralelas. Sabes muy bien que por muy buda que sea, cuando entro en el espacio-tiempo soy como cualquiera, como tú, incluso menos porque no tengo tus conocimientos, que pareces una esponja que todo lo absorbe aunque no siempre lo rumias y digieres. No soy tan buen narrador como tú, por lo que me estás pidiendo algo que escapa a mis dotes, pero lo voy a hacer por nuestra amistad y por haberme servido de instrumento tantas veces. No sé cómo quedará pero tú lo has querido. En el mundo real observas los brotes, rebrotes, multibrotes, transmisión comunitaria, primera ola, segunda, tercera… Me temo, como también temes tú, que en buena parte se debe a que hay muchos que no se lo están tomando en serio. Que se mueran unos pocos parece que no les afecta, mientras no sean ellos, claro. Hace unos días hablaste con alguien que te decía que la mortandad por el Covid no es más terrible que la muerte por cáncer, por ejemplo, y hasta ahora nadie se ha llevado las manos a la cabeza. Tú le respondiste que el cáncer no se contagia, al menos de momento. Puedes entrar en la habitación de un enfermo de cáncer, acercarte, besarle, abrazarle, sin miedo al contagio. No es que los muertos por cáncer sean menos muertos que los del Covid, lo que ocurre es que cuando no hay contagio os tomáis la muerte con más tranquilidad, al fin y al cabo sois mortales y de algo tenéis que morir. Hay mucha inconsciencia en la actitud de algunos, botellones, fiestas privadas, lo que sea, otros mueren de cáncer y no se arma todo este lío. Hasta que no veáis al Covid delante de vuestra puerta, con un garrote en la mano, muchos no se darán por aludidos. Y de nuevo el dilema de la economía o la salud. La economía no resistirá otro confinamiento general. Se te ocurre –no dejas de elucubrar, eres como un niño juguetón- que si no se puede diseñar una economía de supervivencia, porque nadie está dispuesto a renunciar al Estado del bienestar, tal vez se pudiera diseñar una economía circular, como los diferentes círculos del infierno dantesco. Una economía de supervivencia, en un círculo, bien protegida. Otra economía para los capitalistas y los defensores de la libertad absoluta, caiga quien caiga. Se les podría poner en otro círculo, como en una especie de corral de peleas de gallos, con un letrero bien grande y en color rojo. El que aquí entre que pierda toda esperanza, aquí se pelean los gallos, buscando acumular moneda acuñada. Quien entre sabe lo que le espera y no será ayudado por papá Estado. Como mucho una ley elemental para que no entren engañados. Se me ocurre que es una idea bastante loca. No se pueden tener varias economías a la vez, separadas por cajones estanco, bien podrían los gallitos del corral acapararlo todo y apoderarse del mundo, aniquilando la economía de supervivencia. Quien quiera comer que lo pague y cada día a precios más altos. Dejaremos para otro episodio las luchas tribales a garrotazos por cuestiones tribales o ideológicas, mientras los jefes de tribu luchan, los demás mueren por una rara enfermedad de la que nadie hace caso.

En la otra dimensión, la de los congelados, estamos tú y yo levitando de acá para allá. Se me ocurre que si tienes la famosa pulsera no tendrías que estar congelado. Un fallo narrativo. O si quieres déjalo así, no importa, porque tu doble se mueve como un cohete, con pulsera o sin pulsera. No me has dicho si quieres viajar a otra parte o seguimos en el laboratorio de la vacuna. Hay noticias de parones por enfermedades entre las cobayas que sufren enfermedades que no se sabe si son producidas por la vacuna o ya las tenían y brotan ahora. Sientes un gran respeto hacia esas cobayas humanas, se sacrifican por los demás. Dejando de lado los aspectos éticos que desconoces, como si algunos han sido engañados o tentados con ayudas monetarias que les vienen muy bien, sobre todo si pertenecen al tercer mundo, y dejando de lado si eso es imprescindible o no, que tanto tú como yo sabemos poco de ciencia, el que toda la humanidad pueda beneficiarse de quienes libre y de forma tal vez heroica han decidido arriesgarse y sacrificarse por los demás es algo a tener en cuenta. En cuanto a la otra dimensión, como tenemos poco tiempo, sentemos las bases rápidamente. Te lo planteas como una novela distópica que quiere convertirse en utópica. Un mundo en el que todos lleven en el brazo el reloj biológico-genético, como en esa película. Pongamos los contadores a cero, o mejor a cien, cien años para todos, igualdad absoluta, punto de partida equitativo y justo. Ahora necesitamos un algoritmo perfecto que identifique los auténticos valores y nadie confunda el racismo, por ejemplo, con la generosidad, la empatía, el afecto, el amor… Que nadie pueda decir: ¡Uy! Yo creía que ser racista, xenófobo, genocida, asesino, violador, explotador, manipulador, corrupto, entre otras cosas, era seguir valores distintos, pero valores. Me han engañado, ahora resulta que solo los otros valores acumulan tiempo en ese reloj sofisticado, solo posible en las novelas utópicas o distópicas. Todos con cien años en cuanto comience la historia y todos sabiendo muy bien cuáles son los valores que suman y las conductas predadoras que restan. El algoritmo recoge también que la conducta de subida de precios diaria es depredadora y resta, no suma. En ese mundo estamos nosotros, como conejitos de indias. A ver qué pasa. “Chi lo sa”, como con la economía de supervivencia y la economía de los gallitos de pelea. Nuestro deseo sigue siendo el mismo.

QUE LA PAZ PROFUNDA OS ACOMPAÑE A TODOS EN EL CAMINO

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