“Carta de Milarepa desde el Tibet”, por César García Cimadevilla.

César García Cimadevilla caricaturizado.

Querido amigo y hermano en el Todo: Sé que no esperabas esta carta, al menos tan pronto, porque consideras que no necesitas consuelo en esta emergencia planetaria. Sé muy bien que no tienes miedo a la muerte y que consideras que ya has vivido bastante y que tu vida ya estaba completa, aunque aceptarías con cierto entusiasmo la posibilidad de que se te diera un poco más de tiempo para disfrutar a tu manera de la vida, lo que sin duda haces muy bien. Sabes que no te escribo a ti, aprovecho que das a la luz pública mis mensajes para decir algo, lo que sea. No hay receta mágica para la fragilidad humana. No dispongo de la cura para el coronavirus. No se trata de solucionar un problema, aquí y ahora, sino de que la humanidad se encamine hacia el único lugar posible: el amor.

Sé muy bien que el amor no es la solución a todos los problemas del ser humano. Amar no evita morir, la mortalidad es parte de la naturaleza del ser humano, como lo son sus limitaciones, muchas, tal vez demasiadas. No se trata de vivir para siempre en carne mortal, de poseer una ciencia casi mágica que cure todas las enfermedades, de poseer estructuras sociales, políticas, económicas, que funcionen a la perfección. Nada de eso es posible, y mucho menos si el ser humano convierte a los demás seres humanos en instrumentos de su pequeño ego que intenta inflar hasta transformarlo en un Cosmos.

Comprendo bien tus sensaciones y sentimientos. Para ti el estar solo dentro de tu hogar, el sentirte solo, el ocupar el tiempo en tus cosas, escribir, leer, escuchar música, lo que sea, no es algo que te preocupe. Llevas solo mucho tiempo, te cuesta salir y relacionarte. Para ti no es un castigo no poder salir de casa, al contrario, el castigo sería que te obligaran a pasar todo el tiempo fuera de ella. Una emergencia sanitaria, un estado de alarma, no es para ti el fin del mundo, el Apocalipsis. Ni siquiera morir aislado, de hambre, pongamos por caso, es algo que te encoja las tripas. Por suerte para ti esta sociedad en la que vives aún es capaz, al menos, de proveer alimentos para algunos, no para todos, por desgracia. Te preocupan tus seres queridos, mejor dicho, tus seres más queridos, porque sé que quieres a todos, a toda la humanidad, aunque a algunos más que a otros, como es natural. Te preocupa su dolor, su angustia, su miedo, aunque tú no lo tengas. Te preocupa que la especie humana pueda extinguirse por unos bichitos diminutos, no porque creas que la humanidad es única en el universo o porque este planeta y este tiempo son los únicos de los que dispondrá el único ser inteligente del universo y sería una pena que el Cosmos se quedara vacío, que su belleza no pudiera volver a ser percibida por seres conscientes, porque tú crees en otras cosas, por ejemplo en que el universo es demasiado grande para que sus únicos habitantes sean estas hormiguitas de dos patas que se creen tan inteligentes; por ejemplo, en que la consciencia no desaparece cuando su recipiente se convierte en polvo, porque tú de alguna manera crees en la reencarnación, aunque tu memoria no llegue a recordar vidas pasadas, hasta que eso que llamas consciencia individual se expanda hasta fundirse con la consciencia de la Totalidad. Sé muy bien que crees en estas cosas y que no te avergüenzas de creer en ellas porque no se trata de creer en lo que digan otros que les ha dicho el mismísimo Dios, sino porque tú mismo has experimentado en tu vida el milagro del amor cuando te ahogabas en el fondo del abismo de la soledad o porque sigues milagrosamente vivo cuando sabes que deberías estar muerto desde hace mucho tiempo. No has renunciado a tu criterio propio, a la racionalidad, a la inteligencia, a la lógica, pero eso no significa que tengas que renunciar a tus experiencias más íntimas y profundas, lo mismo que a tu lógica, que te dice que si la inteligencia fuera producto de una vinculación aleatoria de partículas, también los bichitos diminutos del coronavirus podrían ser inteligentes y entonces habría que echarse a temblar, porque tal vez hayan decidido inmolarse acabando con los seres humanos.  Tal vez ellos estén también hartos de su miserable vida depredadora, intentando sobrevivir a cualquier precio, sin una pizca de amor que calme sus infinitos deseos, como le sucede al ser humano, que se pasa la existencia intentando engañarse creyendo que las posesiones le darán lo que no puede conseguir del amor, porque en este planeta donde habitas hay tan poco amor que repartido entre todos no alcanzaría ni a un céntimo de euro. Este planeta está en bancarrota de amor y lo malo es que los bancos centrales no podrán inyectarlo en el mecanismo económico porque el amor no es moneda de cambio, es el sentimiento profundo de un ser humano hacia otro y del otro hacia el uno y de todos para con todos. Y eso son decisiones individuales que deben transformarse en globales, no sirven mayorías o minorías, aquí solo existe una posible decisión de todos y cada uno de los seres humanos. Elegir el amor es la única alternativa, no para acabar con el coronavirus, pero sí para encaminar a esta sociedad hacia algo que merezca la pena, aunque pueda llegar un momento en el que todos tengáis que refugiaros en vuestros búnkeres para evitar a los bichitos. Todo es más fácil con amor, incluso el apocalipsis de una especie. Tampoco me disgusta que te lo tomes con humor. Como tú dices, si no hay amor, al menos tengamos un poco de humor. Pero esto te lo seguiré contando en la segunda parte de esta carta, porque la medicina hay que tomársela cucharadita a cucharadita, o pildorita a pildorita, si se trata de pastillas.

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