Brecha tecnológica de género

Carolina Gutiérrez Montero.

Por Carolina Gutiérrez Montero (investigadora biomédica)
La semana pasada celebramos un 8 de marzo que seguramente pasará a la historia: las calles de nuestras ciudades se llenaron principalmente de mujeres, pero también de hombres que junto a nosotras se unieron en una lucha sin precedentes por la defensa de nuestros derechos.
Una lucha en igualdad y por la igualdad, una lucha por nuestra visibilidad en un mundo que no puede existir ni tiene sentido sin nosotras y en el que tenemos tanto por decir y por dar.
Vivimos en un mundo en el que todavía es extraño encontrarnos en los titulares de los periódicos, noticias que nos pongan de manifiesto los avances científicos y tecnológicos llevados a cabo por mujeres, todas ellas grandes profesionales y cuyos descubrimientos no son reconocidos muchas veces como se merecen.
Hablamos de la brecha salarial de género pero no podemos olvidarnos de la brecha tecnológica, esa que nos coloca a las mujeres muchas veces fuera de ese ámbito al que podemos y debemos aportar tanto.
Es de suma importancia tratar el problema de la desigualdad de género en el campo de la tecnología desde diferentes ámbitos, siendo fundamental la educación: enseñar desde las escuelas que la tecnología, la innovación y la ciencia también es cosa de mujeres.
Sólo el 30% de los trabajadores en el sector tecnológico en Europa son mujeres, y de forma específica en España este sector sólo está ocupado por un 18% según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.
Desde luego, hasta que no se lleven a cabo políticas transversales con perspectiva de género en todas las acciones públicas relacionadas con la ciencia, la investigación, la educación y el conocimiento, esto no cambiará.
Por eso son de suma importancia también iniciativas como la de los premios Mujer y Tecnología otorgados por la Fundación Orange con el objetivo de dar visibilidad a la mujer en la ciencia, en la tecnología y en la divulgación científica.
En su tercera edición el premio ha recaído en la doctora y Profesora Titular de la Universidad Carlos III de Madrid, Concepción Alicia Monje directora del Center of Aeronautical Training and Servicies de dicha universidad, entidad que se dedica a dar servicios al sector aeroespacial. A su vez participa activamente en redes europeas como euRobotics y la Plataforma Tecnológica Española de Robótica HispaRob.
El trabajo de esta joven investigadora cobra especial importancia en el campo de la robótica ya que desde hace una década se encuentra trabajando en el desarrollo de un robot humanoide llamado TEO, un robot bípedo y de tamaño y peso humano que está concebido como un robot asistencial que permite la mejora de la calidad de vida de las personas: manipula y transporta objetos, detecta arrugas en las prendas, plancha, mantiene el equilibrio si se le empuja…
Como dice la Dra. Monje su trabajo se centra principalmente en dotar a este prototipo de extremidades y elementos blandos en su anatomía para hacerles más seguros en la interacción con los humanos y también para que puedan acceder a espacios más pequeños con el objetivo de entrenarles también en tareas de rescate.
Como complemento a este trabajo específico en TEO también aplica la robótica blanda en el desarrollo de exoesqueletos para la rehabilitación de miembros dañados por accidentes cerebrovasculares como el ictus.
Esta noticia debería tener una relevancia y una difusión mayor de la que desgraciadamente ha recibido, por dos motivos fundamentales: ser un trabajo español y llevado a cabo en una Universidad pública.
El tercer motivo, no debería sorprendernos ni llamarnos la atención, aunque desgraciadamente para muchos todavía lo es: ha sido realizado por una investigadora, una mujer que se dedica a la tecnología.
Pero hasta que esto no ocurra siempre nos quedará la lucha de tantas mujeres y hombres que desde sus ámbitos profesionales y personales luchan como este pasado 8 de marzo para que la brecha tecnológica de género sea dentro de unos años algo puramente anecdótico.

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