“Boss”, por Gonzalo González Carrascal.

Gonzalo González Carrascal.

Contempla tu semblante ajarse con el pasar de los días e intentahacerme creer, si acaso en algún momento te pensaste ser alguien, que sigues siendo el mismo. Cuenta los pelos de esa menguante cresta que quedan hoy en la duchamientras atusas y fijascon gomina el persistentereducto de la azotea. Observa las ojeras en cuarto creciente surgir, bajo las órbitas de los ojos,a medida que el astro de la mirada va declinandohacia las cuencas de tu rostro,al tiempo que cuentas los surcos que los días aran en tufrente. Ve pasar frente al espejo, en ese cotidiano ejercicio de humildad matutina, la mudanza de una vida. Contémplateen el azogue y dime. ¿Quién eres?

Masca la pregunta escupiendoengolado tu nombre. Como si significase algo. Como si a alguien le importara. Embebido en el mallado de las apariencias, te aferras ala ficciónde las identidades. De las permanencias impostadas. Falaces. Ridículas. Saturada de imágenes, tu atención–habituada a ser eclipsada por cuanto percibe- constata indefectiblemente que lo que parece es. Ficción sostenida -a pesar de su evidente fragilidad- por la aparatosa tramoya del convencionalismo, de la que depende la estabilidad de este endeble orden social. En cuyo seno buscas –como todos- confortable acomodo. La verosímil consistencia de una realidad sostenida a través del engaño alentado por una necesidad compartida.

Apuntaladodentro del traje, ves tu estima penderjunto a su etiqueta. Insensibilizado por la palmaria costumbre de ver disociada la capacidad del sujeto de su poder socialmente reconocido, acabas convencidodel credo común en lo aparente. Fe, ciega e inquebrantable, en este brillante refulgir opaco que alumbra nuestra común existencia-en todos sus planos-y difumina su más profundarazón de ser. La firme creencia en la liviandad de la auctoritas-expresión inherente de la propia capacidad particular de acción del sujeto y que sólo es fruto de su esfuerzoindividual-frente a la tanambicionada potestas–esa investidura transitoriade lo que se te asigna ser y que tan aparente peana resulta en el altar rendido al ego- como fundamento ontológico de lo que uno esencialmente es.Pues, ¿dónde–preguntas- radica lo que decimos ser sino en el reconocimiento del otro?

Reconocimiento–mutuo- quereposa, necesariamente, en los criterios de distinciónque dimanan de la moral que articula el entramado social al que el individuo pertenece. Y que condicionasu apuesta éticafrente a la concisa disyuntivaplanteada por Dwight Morrow.“Sólo hay dos tipos de hombre: el que quiere ser alguien y el que quiere hacer algo”. La que te acaba definiendo. Abrazar la capacidad intemporalque sólo el conocimiento otorga oabandonarse en la precariedad de la imposible construcción de una fingida permanencia. Cristalizándose a partir de aquíla concepción que, de sí y del otro, cada uno alberga. Definiendo el criterio de estima en el juego social. Y, por extensión, la naturaleza de la realidad de su entramado humanoe institucional. Su consistencia cierta o su mera aparienciafuncional. Integridad o farsa.

En la común aceptación de la ficciónsocial de las simulaciones-donde raramente alguien es quien pretende, donde el que sabe raramente es el que es- la función queda distorsionada por el cargo. La aptitud por la actitud. La capacidad por lanomenclatura. Subrepticia, una perniciosa moral lo anima. Eximente de responsabilidad, ante la incapacidad de respuesta plenamente competente del individuo, y de calamitosas consecuencias en el ámbito público. Donde su lógica selectiva nos aboca a la inadecuada aceptación de individuos desprovistos de las más elementalescapacidades para su cometido, pero que pertrechados de los símbolos del mando, se piensan capacitados para lo que ni en sueños lo están.

Mírate al espejo. Nuncaserásla imagen devuelta. Ni la que jamás logres aparentar. Sólo la resulta de tu capacidad arma la imagen del puzzle de tu vida. Tu solvencia.Esa es la sola legitimidad,frente a ti y ante los demás, de que dispones. Pues, pese a que tu identidad surja de una convención, lo quesea que eresjamás será resultado deconvención alguna.

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