Hace ahora un siglo (6)

Por Eusebio Lucía Olmos
Pero, además de los directos, la guerra produjo en España determinados “efectos colaterales”, a pesar de su declarada neutralidad. Por una parte, las grandes ciudades españolas se fueron llenando de espías y extraños personajes extranjeros dedicados a turbios negocios. Por otra, la creciente necesidad que los beligerantes tenían de todo tipo de productos, obligó a los fabricantes de los escasos países neutrales – y España era el principal de ellos – a responder a tan gran incremento de la demanda, tanto de materias primas como de productos manufacturados, desde trigo, carbón, mineral de hierro o material para explosivos, hasta botas y mantas para los ejércitos, e incluso barcos de toda la gama de tonelajes. Eso, por no hablar de la industria armamentística propiamente dicha, en la que también algunos se habían metido de lleno, abasteciendo a ambos ejércitos indistintamente, a pesar de las directas e incongruentes consecuencias, pues se llegaría a proporcionar a los alemanes gasolina, grasas y pólvora, para que torpedearan barcos españoles llenos de víveres para los franceses. La nueva situación llegó a provocar que, tras las correspondientes transformaciones de muchas de sus empresas en industrias de guerra, comerciantes e industriales carentes de experiencia mercantil alguna en los medios internacionales, se vieran obligados a modificar y multiplicar de forma  rápida sus fabricaciones – sin las mínimas garantías de calidad en la mayoría de los casos – y, desabasteciendo, en buena medida y en muchas ocasiones, el mercado interior, ofrecer a los nuevos clientes todo lo que les demandasen.
Al mismo tiempo, se vieron rodeados de toda una pléyade de recién llegados, que se les ofrecían como subcontratistas, colaboradores, intermediarios en suma, para facilitar las gestiones necesarias para la puesta en los domicilios – fundamentalmente, de Francia e Inglaterra – de tan ansiosos clientes bélicos, de las mercancías deseadas. Enseguida aparecieron también especuladores y acaparadores, favorecidos por algunos políticos de escasa reputación moral que les posibilitaban permisos de exportación. Semejante alza de la demanda supuso un inmediato desabastecimiento del mercado interior, con el consiguiente y alarmante encarecimiento de sus productos, así como la multiplicación de los beneficios de las empresas favorecidas, que en ciertos casos pudo calificarse de fabulosos. Navieros y hulleros, sobre todo, se vieron especialmente beneficiados por la nueva y crítica situación económica internacional. Dicha elevación de los precios hizo, por ejemplo, que minas cerradas y abandonadas fueran de nuevo explotadas, aprovechando incluso los restos de polvo o fangos de carbón de las carreteras y caminos. Pero esta general bonanza económica se produjo no tanto por el crecimiento global del volumen de las exportaciones, sino por dichos incrementos de los precios, así como por el brusco descenso de las importaciones. Es decir, que además de enriquecer sólo a unos pocos, las importantes consecuencias económicas que la guerra europea estaba teniendo para España eran extremadamente desiguales, puesto que favorecía mucho más a unos sectores industriales que a otros, y más a las zonas urbanas industrializadas que a las agrarias, lo que aceleraba también la corriente migratoria hacia las ciudades.
Así pues, estas nuevas oportunidades de riqueza quedaron localizadas fundamentalmente en Cataluña, Asturias y Vizcaya, beneficiando a los propietarios vizcaínos de industrias manufactureras de hierro y acero, a los fabricantes de tejidos y metalurgia ligera catalana, así como a ganaderos, cerealistas, aceituneros, navieros y a los patronos de explotaciones mineras. Pero, en cualquier caso, los principales beneficiarios fueron siempre los especuladores, que facilitaban todo cuanto era demandado por los beligerantes sin preocuparse de las carencias que con ello provocaban en el mercado interno español. Productos agrarios, comestibles, materias primas y cualquier artículo que escasease era vendido libremente fuera de las fronteras sin que hubiera ningún tipo de restricción, a pesar de las teóricamente impuestas por los distintos gobiernos. España se había empezado a convertir en un oasis en medio de una Europa en guerra. Por las alegres y animadas calles de sus ciudades o sus hoteles repletos de viajeros huidos de sus países en guerra, pululaba un nuevo tipo de burgués, especulador o «logrero»«nuevo rico», en definitiva – que, a base habitualmente del contrabando, gastaba a manos llenas lo que tan fácilmente ganaba, y que fue, en buena medida, causa de la intensificación de los conflictos laborales que en estos años se padecerían. Estos nuevos «parvenus» daban muestras permanentes de las fuertes diferencias entre su nivel cultural y el económico, al que tan rápidamente habían accedido. Conducían modernos automóviles, vestían ostentosamente, frecuentaban los cabarets y modernos «music-halls» de Madrid, Barcelona o Bilbao, dilapidando los cuantiosos beneficios que sus operaciones mercantiles les reportaban. Solían hacerse acompañar por bellas y caprichosas «demi-mondaines», que personificaban buenos escaparates del estatus y la riqueza recientemente adquiridos por sus protectores. Y ciertos industriales no les andaban a la zaga, pues si la producción de determinados sectores aumentó de forma notoria, los beneficios no fueron reinvertidos en adecuar sus instalaciones o modernizar las mismas. Se pensaba únicamente en la obtención de importantes y rápidos beneficios, no en la transformación industrial que circunstancia tan favorecedora debería de haber acarreado.
Ni que decir tiene que esta bonanza económica no era, ni mucho menos, generalizada para todos los españoles. Los obreros que no habían perdido su puesto de trabajo como consecuencia del hundimiento del negocio de su patrón, no solamente no disfrutaban de ella, sino que sufrieron una brutal crisis de trabajo, y una permanente carestía y escasez de los productos de primera necesidad, como nunca se había conocido. Los trabajadores eran testigos de la buena racha económica de la que sus patronos estaban disfrutando, pretendiendo participar de ella para compensar la elevación del coste de la vida. Ello originó reivindicaciones salariales cada vez más insistentes, que generalmente eran atendidas por los patronos – a excepción de las relativas a la reducción de la jornada de trabajo –, con lo que se consiguió también que reconocieran a las organizaciones sindicales negociadoras, puesto que no querían ver interrumpido el caudal de entrada de sus beneficios con unas posibles huelgas que forzasen las demandas planteadas. Pero, a pesar de que las subidas salariales llegaron a límites hasta entonces desconocidos, su elevación no llegaba nunca a alcanzar la de los precios, contribuyendo además a acelerar la espiral inflacionaria. Los precios de las «subsistencias» crecían desmesuradamente, siempre por encima de las subidas salariales, sin que instancia alguna tratase de parar esta carrera, gravando impositivamente los ingentes beneficios que obtenían los menos para que pudieran repercutir en subvenciones que redujeran los precios de los productos que tenían que pagar los más. Algunos ayuntamientos llegaron a comprar pan en importantes cantidades para revenderlo al público, a precios inferiores, en puestos municipales. Aquel desigual reparto de la riqueza sería el caldo de cultivo propicio para originar los sucesos que ensangrentarían España antes de concluir el propio conflicto bélico europeo.

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