Hace ahora un siglo (2)

Por Eusebio Lucía Olmos.
En 1915, los compañeros asturianos propusieron hacer coincidir, junto con las tradicionales celebraciones del 1º de mayo, la que desde un principio dieron en llamar «fiesta de la flor roja», y cuyo objeto era recaudar fondos para ayuda de “El Socialista”, publicación diaria ya desde hacía dos años, pero que venía también padeciendo la crisis económica que asolaba el país. Las comisiones ejecutivas de partido y sindicato habían aceptado tal propuesta, pero la evolución de los acontecimientos políticos la habían hecho especialmente inoportuna, pues las diarias noticias que llegaban de los frentes de combate europeos dando cuenta de los miles de trabajadores que sucumbían en las trincheras habían aconsejado a muchas agrupaciones y sociedades obreras optar por suspender toda celebración, como expresión de sentimiento por las víctimas. Ni que decir tiene que los partidos socialistas de los países beligerantes hicieron pasar la fecha sin conmemoración alguna. No obstante, la Agrupación Socialista Madrileña decidió celebrar la magna manifestación proletaria de la mañana, suspendiendo la tradicional jira campestre vespertina en demostración de dolor por los obreros caídos.
La primaveral mañana inundaba Madrid de una luminosidad especial el domingo, día 2. A las 10 en punto, entre grandes aplausos de la multitud de trabajadores endomingados que ya esperaban impacientes en los alrededores de la plaza de Isabel II, llegaron los compañeros de Chamartín de la Rosa, precedidos de su bandera y cantando himnos obreros. Como todos los años, venían a pie desde su pueblo y con su llegada se puso en marcha la gran manifestación que, también como siempre, encabezaba la bandera de la Agrupación Socialista Madrileña. Marcharon por Arenal a cruzar la Puerta del Sol, para seguir bajando por Alcalá y torcer por Barquillo hasta llegar a la Casa del Pueblo, mientras un inmenso número de curiosos presenciaba el desfile a lo largo de todo el recorrido. Los quinientos compañeros encargados del orden de la manifestación habían llevado como distintivo un clavel rojo en el ojal, y los niños y niñas de las Escuelas Laicas que encabezaban la manifestación, portaban manojos de amapolas y florecillas que habían traído los obreros vecinos de los pueblos y las afueras de Madrid. Los miembros de las comisiones ejecutivas y del consejo de administración de la Casa del Pueblo que les seguían, lucían rosas rojas que las mujeres socialistas les habían entregado a cambio de un donativo. Luego desfilaban todas las entidades obreras, cuyos miembros formaban grupos tras sus respectivas banderas. Desde hacía unos años venía siendo habitual que, tras la bandera de la entidad organizadora, muchos simpatizantes, miembros sobre todo de las juventudes radicales y federales madrileñas, formaran parte de la manifestación obrera. Ese año se había recomendado que, siguiendo la costumbre de otros países, se circulase del brazo y en filas de diez o doce manifestantes, con objeto de dar mayor sensación de fraternidad. Las mujeres de la Agrupación Femenina Socialista ofrecían rosas y claveles a espectadores y manifestantes durante todo el recorrido, a cambio de la voluntad, hasta acabar con las existencias. Durante las dos horas que duró el desfile, se fueron cantando himnos y gritando consignas a favor del socialismo internacional y en contra de la guerra por parte de los más de 25.000 participantes, según aseguró la prensa del lunes.
Antes de llegar a la Casa del Pueblo, una comisión se acercó a la Presidencia del Consejo de Ministros para hacer entrega al jefe del Gobierno de las peticiones, que ese año se centraban necesariamente en los desastrosos efectos materiales de la guerra: la carestía de los artículos de primera necesidad y la escasez de trabajo; hambre y crisis obrera, en definitiva. “El Socialista” de días anteriores ya había publicado y comentado las peticiones, por lo que todos conocían en detalle las trece reclamaciones concretas. Los delegados mantuvieron con el señor Dato un detenido cambio de impresiones sobre lo solicitado, dándoles éste seguridades a los comisionados de la importancia que para el Gobierno tenían las cuestiones obreras. No obstante, pronosticó una mayor implicación en la guerra de Marruecos, como consecuencia de la posible anexión de Tánger, según él en defensa de los intereses generales del país, lo que produjo el inmediato rechazo de la representación obrera. A las doce y media llegó la manifestación a la Casa del Pueblo, entrando las banderas de cada agrupación y sociedad obrera en medio de grandes aplausos. Las calles de Góngora, Gravina, Piamonte y parte de la de Barquillo quedaron llenas por completo de manifestantes que rodeaban el edificio. Desde uno de los balcones, Besteiro dirigió la palabra a los congregados en nombre de Pablo Iglesias quien, por vez primera, no había podido acudir al desfile. El concejal y profesor recordó a los millones de obreros que en Europa no podían celebrar tal fecha por encontrarse en los campos de batalla, abogando por aprovechar la neutralidad española para conseguir las causas justas demandadas. Terminó criticando abiertamente la guerra de Marruecos y las apetencias de algunos sobre la posesión de Tánger.
Para la tarde se había programado la celebración de un mitin político, que serviría para que todo el mundo pudiera conocer el nuevo salón de actos recién inaugurado. Y no parecía sino que todos los asociados y simpatizantes habían acudido a la convocatoria, a juzgar por lo abarrotado del salón como del resto del edificio. Si bien no pudo erigirse por razones económicas el pretendido y grandioso Palacio de Cristal ideado por Mauricio Jalvo, los socialistas encargaron a este mismo arquitecto que levantara en el jardín de la Casa del Pueblo, que daba a la trasera calle de Gravina, un más modesto salón teatro en el que pudieran celebrar cuantas reuniones y asambleas atrajesen a una numerosa concurrencia. Disponía de capacidad para 3.000 personas y de excelentes condiciones acústicas, siendo su fachada similar a las de los modernos «teatros-cinema» que se erigían por doquier. Las obras, que de forma intermitente se habían venido llevando a cabo desde hacía seis años, concluyeron unos días atrás, habiéndose procedido a su inauguración, en cuyo acto se descubrieron sendos bustos de Carlos Marx y Pablo Iglesias que adornaban la embocadura del escenario. Pero, ciertamente, para celebraciones puntuales como aquélla no contaba con suficiente aforo. Entre los discursos pronunciados, el de García Cortés fue especialmente vibrante y provocó grandes ovaciones. El aplaudidísimo de Besteiro, que fue el último de los que se pronunciaron, precedió a la intervención coral del Orfeón Socialista, con la que se cerró el acto.
Efectivamente, el viejo Iglesias no pudo acudir a ninguno de estos actos, pues se encontraba desde hacía unos días en Valencia con su compañera Amparo y su amigo Inocente, quienes habían marchado a la ciudad levantina, a casa de la familia de ella, con intención de reponerse de sendos procesos catarrales que habían padecido, y del que el viejo amigo, a su llegada, había sufrido una recaída. A pesar de la precaria salud del «abuelo» del socialismo español y de la gran dedicación que la crítica situación política le suponía, la necesidad de acompañar a ambos convalecientes le impidió asistir a tan importante conmemoraciones. Los obreros madrileños se quedaron ese año sin constatar su inveterada costumbre de estrenar un sombrero en tan señalada fecha, así como la de verle continuamente saliendo y entrando de su privilegiado lugar en la cabecera de la manifestación, para comprobar el correcto orden y colocación de las distintas sociedades participantes. El fundador se había visto, incluso, obligado a renunciar aquella primavera a un apetecible viaje al que le habían invitado los compañeros del Partido Socialista Argentino, para que visitase aquel lejano país. Sin embargo, este 1º de mayo supondría para él un día de especial tristeza, puesto que, a consecuencia de la recaída, fallecería, precisamente ese día, su viejo amigo y protector, el platero Inocente Calleja, uno de los primeros internacionalistas españoles, cofundador y benefactor del partido y, hasta hacía algunos años, impresor también de El Socialista.

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