La sesión parlamentaria de ayer fue verdaderamente surrealista. El Pleno del Congreso de los Diputados asistió a contemplar cómo un gobierno hacía de oposición y la oposición ponía cara de gobierno.
Cada vez que se le preguntaba algo al Presidente del Consejo de Ministros o a algún miembro de su gabinete, la mejor defensa fue un ataque a la oposición por su quehacer hace escasos meses de las labores propias del gobierno.
Es el riesgo que se corre si la oposición está formada en una buena parte por exministros del anterior gabinete. Pero, en ese estado de cosas, lo menos que se le puede pedir al nuevo gobierno es lealtad con la Cámara para explicar lo que están haciendo ahora, no lo que hicieron los anteriores.
Menos mal que Mariano Rajoy declaró solemnemente en su discurso de investidura que no iba a escudarse en la herencia recibida “a beneficio de inventario”. El mismo Rajoy que ante las dudas sobre la reforma laboral se limitaba ayer a hablar de la reforma laboral anterior.
El punto tragicómico, casi violento, lo puso Soraya Sáenz de Santamaría señalando en un tono con tacones que “la reforma laboral está a la altura de la gravedad de la situación que ustedes dejaron”. Perlas tales como que “el único empresario que bajó los sueldos a sus trabajadores fue el PSOE”.
El problema no es la falsedad o no de estas aseveraciones, el acaloramiento más o menos parlamentario, sino que el gobierno evita de esta manera entrar en los asuntos. Evitan confesar que incumplen su programa electoral en materia de impuestos o se contradicen con sus declaraciones previas relativas a que jamás abaratarían el despido en materia de normativa laboral.
Balones fuera como los de Cristóbal Montoro, a quien le preguntaron por el déficit y contestó –de donde vienes, traigo peras-, diciendo que con el gobierno socialista se perdió la credibilidad que ahora le falta a España.
La respuesta de Fátima Báñez, un cordero vestido de cordero, ha sido la crítica a la bancada socialista invitándoles a no dar lecciones sobre cómo se crea empleo. ¿De lo suyo?: nada de nada.
El propio Miguel Arias Cañete, acusado de no defender a los productos españoles, remitía a la Cámara a preguntárselo al señor Zapatero, el verdadero culpable de no dar la cara por los pepinos.
José Ignacio Wert contestó indignado poniendo encima de la mesa el inadmisible porcentaje de fracaso escolar que dejaron los socialistas, como si no estuvieran transferidas las competencias o esto, sencillamente, pudiera calificarse así.
Ana Mato, estupenda, culpabilizó al anterior gobierno de la situación de la sanidad en España, imaginándose que el Estado seguía manteniendo las competencias a este respecto, imaginación de la que ella misma es presa conforme no se da cuenta de lo que pasa en el garaje de su casa.
En fin, que nada sabemos de los planes del gobierno porque ayer la exoposición se dedicó a criticar al exgobierno.
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