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El Gobierno de la Nación han entrado en el dédalo de la política económica en el que, enredados en sí mismos, contradictorios e incapaces, han perdido toda coherencia con su programa, con las necesidades del país y consigo mismos.
Confuso cada día más, Mariano Rajoy justificó ayer una ley de estabilidad presupuestaria, no como necesidad al cierre de los mercados, sino como solución a la depresión de nuestra demanda agregada con el fin de crear empleo. No cabe mayor contradicción.
No sabe aún, reconoce, hasta dónde llevará la reforma laboral que los agentes económicos y sociales no han podido consensuar. Sólo sabe que le harán una huelga general –le molesta que le recuerden-, porque, sin duda, va a suponer una transferencia de renta de los trabajadores a los empresarios.
Parecerían unos mandrias los ministros de Mariano Rajoy -cuya tardanza en hacer las cosas, contundencia en aplicar las contrarreformas y el disimulado estilo de hacer lo contrario a lo que prometieron superan nuestras fronteras-, si no fuera porque sabemos que están tan sobradamente preparados como profundamente despistados.
En busca de una episiotomía de última hora aún no tienen meditada una reforma laboral que presentarán mañana viernes y que ha despertado no pocos disensos en el Consejo de Ministros. La reforma laboral es como un parto imposible, del que no sabremos nada hasta que quieran decirnos algo. Ni por asomo, ni un atisbo de por donde van los tiros, ni una línea coherente en el programa electoral, ni siquiera afirmación alguna en el Congreso, ni cuando eran oposición, ni en el debate de ayer.
Sólo sabemos, por boca del Presidente del Gobierno, que la reforma laboral que quieren presentar mañana no servirá para crear empleo mientras las condiciones persistan, situación que ellos mismos empeoran a partir de una ley de estabilidad presupuestaria que sirve para exactamente lo contrario.
Pedir flexibilidad en un país donde nueve de cada diez nuevos contratos es temporal es exactamente un sarcasmo. Exigir responsabilidad cuando hay más paradas que parados, en un momento en el que el desempleo juvenil es vergonzoso, cuando los discapacitados apenas son integrados en el mercado laboral, es, ciertamente, una estupidez.
Como el que pidió unos zapatos para cruzar el desierto y se encontró con ojutas para acabar rendidos sobre la arena, los españoles que votaron al Partido Popular comienzan a tener la desesperanza de saber que, como digo, hacen lo contrario a lo que prometieron o lo que hacen forma parte de la reacción más intransigente de la historia democrática de nuestro país.
Algún día se enterarán que la mejor reforma laboral es el crecimiento.
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