En los últimos días, la violencia inusitada con que la Policía Nacional ha reprimido a los estudiantes de Valencia, ha desatado una ola de indignación y protesta por todo el territorio nacional, que por justa y necesaria, no puede acabar siendo una distracción para ocultar el origen del problema.
Lo que hoy sucede trae causa en los desmanes económicos del Gobierno de Francisco Camps en la Generalitat Valenciana, en sus aires de grandeza y en sus contratos millonarios y ruinosos con la Fórmula 1, por ejemplo. En su generoso reparto del dinero público, ese que piensan que no es de nadie, con las empresas de la trama Gurtel en Levante.
De aquellos barros del despilfarro vienen hoy los lodos de la escasez económica de las arcas públicas valencianas, que ha alcanzado cotas tan sangrantes como que unos chicos tengan que ir al Instituto con mantas porque no hay dinero para pagar la calefacción.
Hartos nuestros bachilleres de padecer los rigores del relente de la mañana, en medio del invierno más frío de los últimos años, en sus aulas sin calefacción, salieron a la calle a protestar cortando durante 10 minutos el tráfico en la puerta del IES Lluis Vives.
A esta más que justificada protesta en defensa de una educación pública del primer mundo, respondió la Policía Nacional en Valencia con una contundencia, una violencia, una brutalidad imposible de razonar ni de explicar.
A partir de ahí todos hemos podido ver en televisión la espiral de locura en la que se han montado la Delegación del Gobierno de Valencia considerando proporcionado pegar a unos críos que portaban como peligrosas armas sus libros de texto, el Jefe Superior de Policía de Valencia que llegó a llamar a la chavalería “el enemigo” y el Partido Popular en el Gobierno de la nación que entiende, consiente y casi disculpa que haya decenas de jóvenes heridos a manos de aquellos que están aquí para defenderles.
Mi indignación es hermana de la vuestra, tengo una hija de diecisiete años y me hierve la sangre cuando veo a un fornido anti disturbio empotrar a dos chicas de su edad contra un coche. Pero vuelvo al inicio de mi columna: que la gravedad de estas impactantes imágenes no nos hagan perder de vista el origen del conflicto que no es otro que la mala gestión, el despilfarro y hasta la corrupción que se ha instalado allá donde gobierna el Partido Popular.
La tan manida herencia de Zapatero no sirve en una Comunidad como la valenciana en la que los populares gobiernan hace décadas y en la que correas, bigotes y demás personajes siniestros campaban por los despachos de sus amiguitos del alma colmándoles de regalos y queriéndoles un huevo.
Y mientras nuestros niños, los españoles del futuro, formándose en aulas bajo cero, cubiertos con mantas, guantes y bufandas como si en lugar de vivir en la Unión Europea lo hicieran en una ex república soviética en mitad del Cáucaso (no digo bananera porque allí, afortunadamente para ellos, no hace frío).
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