La manifestación de ayer contra la reforma laboral tuvo el éxito garantizado en el deseo de todos los trabajadores de dar la cara frente a una pérdida de derechos que no sólo no genera empleo sino que nos aboca a la precariedad.
Por burda nunca le presté la más mínima atención a las campañas de desprestigio de los poderes establecidos, financiero o político, al sindicalismo de clase. Como un incesante gota a gota, desde determinados medios y gobiernos conservadores, las cátedras y algunos intelectuales a sueldo, fueron puestos a disposición de un objetivo evidente: la destrucción del sindicalismo de clase.
La fuerza de los trabajadores, más en tiempos de crisis y desempleo, reside en la unión, en la sindicación de sus intereses, en la defensa conjunta de sus derechos. Ése es el dique frente a los abusos y por lo tanto acción imprescindible para evitarlos. Por eso, para la patronal y para el gobierno conservador, es tan importante desligar al trabajador del respaldo de los convenios nacionales o provinciales y dejarle solo ante la voluntad del empresario.
Soledad que se hace más frágil en momentos en los que la bolsa de desempleo abruma a todos y cada uno de los trabajadores. El paro es una fuente inagotable para los malos empresarios con el fin de precarizar el empleo, para los intelectuales menos aprensivos para justificar pérdidas de derechos, para gobiernos conservadores para precarizar el mercado laboral.
En estos momentos en los que la reforma laboral de la patronal y del Gobierno de la Nación promueve una transferencia de renta de los trabajadores a las empresas y, vía tasa de ganancia, a los empresarios, con el fin de reducir costes frente a la crisis a costa (sólo) de los trabajadores, es precisamente el momento de estar todos unidos.
Es ahí donde las agresiones contra el derecho de manifestación o el papel de los sindicatos se multiplican. Hasta incluso el atentado (mediático) personal, la injuria, la ofensa, la mentira o, también, la calumnia.
Es evidente que los sindicatos como organización tienen sus defectos, menos probablemente que otras organizaciones económicas, sociales y políticas. Y es evidente que los emprendedores y empresarios más formados no tratan de dañar a los trabajadores sino de esperar que se recupere la demanda agregada en vez de deteriorar las relaciones sociales.
La manifestación de ayer no sólo es importante por el evidente rechazo de la contrarreforma laboral del Gobierno, sino por la unidad necesaria en un mercado laboral injusto destinado a promover la ruptura de la unidad sindical: nueve de cada diez nuevos contratos es temporal, tantas mujeres como hombres en el desempleo, jóvenes sin futuro (a veces) dispuestos a precarizarse o un escaso número de contratos para personas con alguna discapacidad.
Tan evidente como que existe una campaña de desprestigio de los sindicatos desde hace años, decenios, que tratan de sacarlos de la constitución, de eliminarlos del mapa, de reducirlos a la nada, con el único objetivo de dejar al trabajador en su soledad frente a un mercado laboral tan injusto como inoperante.
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