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Cuando se tiene el Gobierno de la Nación, la dirección de la mayor parte de las regiones y una inmensa cantidad de alcaldías, el partido acaba siendo un escaparate donde, como una pasarela, hacerse fotos y convertir la mercadotecnia en ideología.
El Partido Popular celebra en Sevilla un congreso que no augura nada nuevo para los conservadores españoles. A pesar de que tienen la responsabilidad de generar cuadros y propuestas que establezcan un marco ideológico, una orientación general, que haga coherente desde la organización política los gobiernos nacional, autonómicos y locales.
Los conservadores españoles, sin embargo, son más dados a evitar la confrontación ideológica, hacerse liberales por la noche y conservadores los domingos, sin rubor o reparo, defender que lo importante no es la ideología, ni siquiera las ideas, sino la gestión.
Esto acaba desnortando a los gobiernos que no saben si son un sumatorio de simples gestores, dudan si tienen inspiración cristiana, aparentan eficacia o nadan en la contradicción con el programa electoral que votaron la mayoría de los españoles.
El Partido Popular en Sevilla solo puede hacer soflamas y crear eslóganes, construir manuales de mercadotecnia ante la evidente imposibilidad de seguir defendiendo bajar impuestos tras la subida inopinada y perjudicial de estos a las rentas y a los ahorros de los trabadores.
Sólo en los discursos de plástico podrá envolverse una reforma laboral, lesiva a los intereses de los trabajadores, tras haber dicho, por activa y por pasiva, que jamás iban a abaratar el despido.
Por eso este es el Congreso que trata, no de apuntalar una base ideológica fuerte, que no reconocen, sino de empujar a Javier Arenas y a Mercedes Fernández a la presidencia de las Juntas de Andalucía y de Asturias respectivamente.
Por eso el propio Arenas, viendo el incendio formado, se ha apresurado a afirmar que la reforma laboral es matizable.
Se trata de una especie de mercado del acto político, una especie de concurso, “venga y haga usted su mítin”, en vez de un lugar, lo lamentamos, de discusión y diálogo, confrontanción y conclusiones. Y, para mayor abundamiento, los populares madrileños vienen bien calladitos a este congreso tras el varapalo sufrido en el anterior de Valencia, cuando cuestionaron a Rajoy, y, ahora, empero, las circunstancias les hacen tener que sentarse en aquella esquina al fondo a la derecha.
Lo más emocionante pasa por saber si a María Dolores de Cospedal le mueven el sillón los barones territoriales que, si bien hay, están ya acostumbrados a tratar de interpretar los silencios de Rajoy.
Pero, esto, sinceramente, no es ninguna broma. Un partido sin ideología, una organización recogelotodo, cuyo gobierno depende de que no vayan a votar los socialistas, no siendo determinantes, no es bueno para nuestra nación.
Los conservadores españoles tienen que hacer un esfuerzo más sincero y serio de rearme ideológico con el que podamos confrontar. No se trata sólo de remiendos y contradicciones, imposturas con el programa electoral, sino de crear una base ideológica en la que pueda apoyarse una buena parte del país, lealmente, frente a otra socialdemócrata. Podían empezar leyendo a Burke.
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