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Capitalismo y porno-grafías

LUNES, 4 DE NOVIEMBRE DE 2013
EDUARDO NABAL ARAGÓN
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Anteayer la portada del Diario "El marca" (el más vendido en el estado español) era una gran foto de Cristiano Ronaldo o una copia más o menos degradada del futbolista en calzoncillos en un poster gigante y en blanco y negro de-mostrando unos escuetos slips en la gran ciudad . Una foto en blanco y negro pero cargada de connotaciones varias tanto por lo que se muestra como por lo que se oculta.

Capitalismo y porno-grafías Parecía, claro está, la portada de una revista del corazón o de un magazine gay de temática intrascendente. La objetualización del hombre (en este caso del hombre con éxito social y económico, y tantos admiradores como fieros detractores) hasta hace poco, al contrario que la destinada al público heterosexual, suele ser en posiciones más activas. Los bomberos salen desnudos en “divertidos” calendarios pero no dejan de ser bomberos en grupo.

El problema es que muchas mujeres consumen pornografía y están un poco hartas (sobre todo las lesbianas) del discurso histórico y algo desfasado de que la sexualidad femenina es más lenta o indirecta, más sutil o "maternal". Creen que lo que empieza siendo una crítica puede convertirse en un cliché, sin por ello valorar de un modo u otro el tipo de relación amorosa que es mejor o peor. Esto nos lleva al tema del post-porno hecho por y para lesbianas y con el tema del transgenerismo y la erotización de otras partes del cuerpo como posibilidades abiertas. Algo que gusta y no gusta al capitalismo tardío capaz de apropiarse de todo para olvidarse de ello o darle otro sentido. Si esas rebeldes del género y el sexo aparecen en un museo o espacio de arte moderno subvencionado –cada vez mas despolitizados y movidos por intereses espúreos- son más inofensivas que si cuestionan el hecho inevitable del erotismo hecho por y para hombres. Nos sitúa en el terreno de la espectadora consumidora de porno.

El éxito de una historia tan horrible como "Anatomía de Grey" lleva a pensar que mujeres heterosexuales quieren ocupar una posición hasta hace poco reservada (y muy reservada) al espectador gay. Hombres objetualizados. Sexualidad sin ambagajes. Nada de maternales cuidados o sumisión; disfrute, goce y se acabo. Claro que las lesbianas también reclaman que sus cuerpos pueden ser deseables, cambiantes o políticos o incluso que a las llamadas personas gordas o con algún tipo de diversidad funcional se les imponen unos patrones de belleza son construcciones socioculturales mantenidas por una iconografía sociohistórica y un interés económico en lo bello canónico y la ética del consumo y el individualismo feroz. Todo es muy complejo porque nadie calificaría a los calendarios de bomberos o jugadores de rugby como pornográficos sino como homoeróticos. El homoerotismo y el lesboerotismo surgen antes que la moderna división medica y cultural de lo homo y lo hetero y también tiene relaciones complejas con la construcción anatómica del varón o la mujer y su posición socioeconómica, racial o cultural como opuestos y/o complementarios, dentro del mercado laboral, el núcleo familiar o la forma de contar la historia. La labor de cuidadoras otorgada a las mujeres se ha roto por las mujeres profesionalmente activas pero el que sea el varón el que conduzca el carrito del “niño” o la “niña” no significa necesariamente que las labores domésticas se hayan repartido, ni siquiera que las jerarquías se hayan desgarrado un pelo. Ni siquiera entre parejas del mismo sexo, donde también empieza a ver divorcios, desencuentros y violencia. Pocos se creen ya los dicursos biologicistas que mantenían los orígenes genéticos de esto y aquello (la medicina desde el VIH o incluso desde el exterminio de las brujas y sanadoras ha revelado su carácter de dispositivo político masculinista y saturado de intereses empresariales) pero cada vez más insumisos/as del género o lo biomédico se atreven a pensar que la materialidad de sus cuerpos puede ser una página en blanco. Incluso que el sexo y la genitalidad son construcciones culturales igual que la posición de unas y otros dentro de la industria del porno o el trabajo de la prostitución con sus diferentes modos de funcionamiento y estigma.

Un trabajo en cadena pero que se oculta, negando la subjetividad de los/las que la practican. Decir “soy un cyborg” o “entrar en el baño de señoras” o celebrar el triunfo de una actriz o cantante, o preferir el Carnaval en vez de la Eurocopa sigue estando mal visto en determinados ámbitos y claro está no es lo mismo un pueblo que una gran urbe para los encuentros sexuales esporádicos. Esos que se hacen más frecuentes cuando la gente no se puede pagar una cara consumición. La gente en una ciudad como Burgos no tiene siempre claro que espacios (bares, parques, lugares de ocio) son o no potencialmente hostiles a las manifestaciones de afecto entre personas del mismo sexo. Incluso se encuentran con lo contrario (en el buen o en el mal sentido) de lo que esperaban. Debemos desmontar el mito de que la academia o el colegio (más aún con los amenazantes cambios del señor Wert) son lugares seguros para gente gay, lesbiana o bisexuales cuando en esas edades los roles de género se reafirman y cuestionan. Hay agresiones nocturnas- sobre todo en ciudades pequeñas- que no se denuncian por miedo a las repercusiones familiares o laborales o la inutilidad de todo ello. Lógicamente, a priori, uno está expuesto a oír más comentarios homofóbos o lesbófobos en una fábrica que en una librería o en una clínica veterinaria pero el conocimiento no es garantía de un modo de pensar mucho mas abierto. Las formas se cuidan pero los fondos, el heterosexismo, el racismo y los modelos de belleza o perfección corporal se mantienen o se refinan. Por eso muchos gays, lesbianas o maricas o bolleras mantenemos una posición ambivalente (aún hoy cuando también peligran) con los llamaros lugares "para nosotros" o incluso "creados por nosotros" (esta última posición, a priori, mucho más segura hasta hace poco) porque criticábamos la explotación y el mercado como base de una sociedad sexista y desigual y nos encontramos pagando un “impuesto revolucionario” por ser maricas o bolleras tomando bebidas a doble precio o pagando por entrar en una discoteca o pub “de ambiente”. Esos que, aún hoy, en el imaginario heterosexual existen y no existen. Si no hay ningún tipo de política anti-homofóbica o anti-lesbofóbica (ahí tenemos las tenebrosas declaraciones de Fernández Díaz o Ana Botella) como va a haberla en favor de la construcción de espacios lúdicos o redes de solidaridad.

Las campañas contra la violencia de género han sido un verdadero despropósito, no en la intención, sino en la naturaleza o iconografía del mensaje, reforzando la idea del género, victimizando a las mujeres (sin darles salidas de autoafirmación) y creando una categoría de "hombre de verdad" que nunca haría tal cosa. Algo que nos recuerda casi a las campañas de protección de animales. "Él nunca lo haría". O el aún peor “Si pegas a una mujer, no eres un hombre”. ¿Qué erés, pues? Algo que no está en ese binarismo que se refuerza. Así los varones antipatriarcales - generalmente de izquierdas- que trabajan, empujan la cuna y ven el futbol o las Olimpiadas de Socchi “nunca lo harían”. Sé que el tema es complejo y espinoso pero las leyes represivas contra la diversidad sexual (como la desatención a madres lesbianas o seropositivos sin papeles de una u otra orientación sexual, o el aumento de la edad de consentimiento) van a hacer difícil que si no son las propias mujeres o los propios grupos LGTBQ los que articulen una política de resistencia propia sean los agentes sociales, las ONGS o los partidos políticos los hagan por nosotros/ellas.
 

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